Leo tenía veinte años cuando descubrió el placer que le proporcionaba desmembrar un cordero lechal, sentir la sangre viscosa secándose en sus dedos pegajosos.
Leo es un tipo inmenso, nadie sabe cuánto pesa. Le hacen toda su ropa a medida (delantales incluidos) en Valencia; no hay de su talla en la tienda del pueblo. Es inmenso y amable, un pedazo de pan, como decía su madre. Y delicado. La clientela –mujeres la mayoría– de "Carnes Leonardo" dice que, más que cortar, acaricia la carne con sus dedos regordetes. Conoce bien a las asiduas, les elige con esmero los cortes y les explica el mejor método para cocinar cada carne. Es, además, muy aseado. Mantiene a vísceras y desechos a raya para que la sangre no invada el mármol de su puesto, siempre resplandeciente. Al final de la jornada, limpia todas sus herramientas y las deja alineadas, como si se tratara de instrumental quirúrgico. La chaira a la izquierda, después el cuchillo de golpe y la hachuela, el cuchillo chuletero, el de despiece y el de esquinar, y otros más pequeños con hojas rectas y curvadas de diversos tamaños. Al final, el guante de malla inoxidable con correa y brazalete, su último capricho.
Leo no fuma, y solo bebe en ocasiones. Todos los días, después de comer y de dar la cabezadita se va al bar de la plaza. Se toma un café bien cargado y, si hay suerte con los turnos, echa la partida con Ramón, que es bombero en el retén del pueblo vecino –mucho más grande por ser cabeza de partido judicial–, o con Gabriel, el jardinero municipal, o con Regino, que trabaja como repartidor de gas. Después llega Antonio, que es albañil y suele tener jornadas más prolongadas. Todos, menos Leo –que empezó siendo un calvo de maquinilla y ahora es uno auténtico–, lucen canas, incluso Antonio, que es el más joven. Ninguno tiene pareja –al menos, que se sepa en el pueblo–. Los cinco son amigos desde hace una eternidad.
En ese pueblo nunca pasa nada. Cada casa alberga, al otro lado de la mirilla, sus demonios particulares, como en todas partes. Pero así, a grandes rasgos, desde cierta distancia, es un pueblo tranquilo, con poco movimiento. La gente joven, la poca que vive allí, apenas se deja ver, busca alicientes por los pueblos vecinos o por la ciudad.
En tiempos pasados hubo mucho más ajetreo. Un vecino reconvirtió un terreno a las afueras en una gran pista de baile; todos los fines de semana actuaba una orquesta. Con los años, evolucionó en sala de fiestas y, más tarde, en discoteca con varios ambientes, a la que acudía gente de toda la provincia. Pero las 'discos' de los pueblos pasaron de moda y cerró. Hace un lustro, el nieto del antiguo dueño volvió a abrir el local; ahora es bar de copas y karaoke. Nunca hay problemas de aforo. Casi todo el pueblo, si quisiera, cabría allí. Pero solo van parejas de cierta edad, la cuadrilla de viudas, algún que otro madurito con vejiga impredecible y, esporádicamente, alguna pandilla más joven de celebración. El local es como la última boqueada del pueblo antes de morir de decadencia.
Leo y sus amigos van al karaoke el último sábado de cada mes. Siempre actúan a medianoche y siempre cantan el mismo repertorio, aunque ninguno de ellos, excepto Ramón, domine el inglés. Los parroquianos reciben a Leo, Moncho, Biel, Gino y Tony (sus nombres artísticos, como dicen ellos) con una fuerte ovación. En el escenario se juntan un delantal, una guerrera medio comida por la polilla de cuando Gabriel hizo la mili, monos y cascos de varios colores, con un hacha de plástico, una paleta de albañil, una pistola de mentira y un cuchillo de carnicero.
Leo levanta sobre su cabeza con ambas manos, una de ellas forrada por la malla inoxidable, el cuchillo que ha cogido hoy de complemento mientras agita las caderas y da pasos acompasados con los de los otros cuatro, con movimientos gráciles que parecen reñidos con su inmensidad. Han empezado su actuación con "In the Navy", y han seguido con "Macho Man". Ahora están a punto de llegar a la apoteosis con "Y.M.C.A.", como es costumbre. De repente parece que se oyen algunos gritos al otro lado de la sala. Ellos no ven nada, deslumbrados por los focos que iluminan el escenario. Siguen contoneándose y cantando ajenos a las carreras de la gente por el fondo, que huye despavorida de unos enmascarados vestidos de negro que han entrado en el local agitando unas gruesas cadenas, y que ahora se dirigen al escenario vociferando "monstruos, maricones, hijos de puta, os queremos muertos..."
Leo ve cómo Antonio levanta la paleta para protegerse la cara, pero una cadena que alguien lanza le rodea el cuello y se enrosca en él por la inercia. El albañil cae al suelo agarrándose la cadena en un intento vano de aflojar la presión sobre su tráquea. Los monos multicolores se enredan con los ropajes negros. Leo solo acierta a levantar su cuchillo chuletero de 23 cm. Ni siquiera es consciente de haberlo empujado hacia la sombra negra, pero observa la punta triangular llena de sangre, que nota caliente cuando resbala hasta su mano. Descubre que todavía hay un placer mayor que despedazar animales muertos… Y entonces empuña el cuchillo con más saña y da otra estocada y otra... hasta que Gabriel y Ramón lo inmovilizan, y afloja la mano dejándolo caer.
Cuando le preguntan, Leo repite una y otra vez que no recuerda nada de esa noche. Con frecuencia tiene visiones de un gran charco de sangre –brillante bajo la luz de los focos– que inunda un escenario, junto a una masa informe negra. No puede revelar la extraña complacencia que siente al revivir cómo penetraba la hoja del cuchillo en esa masa sin nombre (alguien le ha dicho que esa masa tenía diecisiete años). No puede hacer partícipe a nadie de su abrumador deseo de reencontrarse con ese placer, incomparablemente mejor que correrse en la boca babosa de algún chapero de Velluters.

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