sábado, 13 de febrero de 2021

Rostov en primavera




Me detuvieron el 20 de noviembre de 1990 y he permanecido bajo custodia desde entonces. Quiero exponer mis sentimientos con sinceridad. Me hallo en un estado de profunda depresión, y reconozco que tengo impulsos sexuales perturbados, por eso he cometido ciertos actos. Anteriormente busqué ayuda psiquiátrica por mis dolores de cabeza, por la pérdida de memoria, el insomnio y los trastornos sexuales. Pero los tratamientos que me aplicaron o que yo puse en práctica no dieron resultado.


**


Soy todo lo que nunca quise ser. Cuando os situáis frente al televisor y escucháis con morbosa hipocresía noticias sobre unos padres que han retenido en un sótano a sus hijos durante veinte años, o sobre una madre que drogaba a su hija para que su padre la violara, pensáis que vosotros no seríais capaces de hacerlo. Seguramente no. O quizás si. 


Yo tampoco lo era.


Nací becado del Estado, mis madres fueron matronas de gesto adusto y leche fría. En el internado aprendí a resistir. A los siete años sufría crisis de ansiedad y me temblaban las manos - su padre debió ser alcohólico como casi todos en este maldito país de hielo y nieve, oí decir al médico-. El frío y el hambre me hicieron transparente en una nebulosa que clasificaba a las personas por el tono de voz, hasta que pude ver sus caras con esa revelación que se produce cuando te gradúan por primera vez la vista y te das cuenta de que ya nada es lo mismo. Quedé adornado con unas enormes gafas de pasta, graduadas de cristal oscuro -quizás las mismas que usaba Breznef los escasos días en que el sol lucía. Gafas huérfanas, inertes cristales cicatrizados de rayas. Dejé entonces de ser invisible y mi debilidad quedó expuesta a merced de los iguales. Gafas negras, negras pantallas de burlas. Quedé solo en el patio, solo en el comedor, solo en una pequeña caja de cerillas; cerillas apagadas a la espera de un roce, tan sólo un leve roce. Psicópata, sociópata, con esa cara blanca en el espejo apenas poblada de una tundra de ramas que se niegan a crecer. 


Salí del internado y en la academia cursé una ingeniería. Luego Olga quedó embarazada, no supe cómo, quizás bebimos demasiado y el alcohol o alguna droga me alegraron lo suficiente como para poder dejarla preñada, no recuerdo haberlo conseguido ninguna otra vez. La abandoné nada más nacer el niño, quién sabe si era mío. Descarté la ingeniería o ella me descartó a mí cuando le abrí la cabeza con la llave inglesa al gilipollas de mi jefe - de todos modos, los ingenieros en Rusia son como las moscas que se arraciman sobre un cuerpo muerto. Me dediqué a la enseñanza. Quizás fue intencionado -mi pequeña venganza con todos esos niños fantasmas que aprisionaron mi infancia-. Ahora era yo el que podía castigarlos -me gustan los castigos físicos; te hacen cómplice del mal-.  Decenas de niños y niñas llorando en mis rodillas con sus nalgas blanquecinas temblando bajo la regla. 


Demasiados niños, demasiadas niñas, demasiadas reglas. Fui apartado del colegio.


**


La consulta estaba en el sexto piso de un viejo edificio de los años sesenta sin ascensor, con gastadas escaleras y una pintura que en su día debió ser de un color parecido al blanco. En la puerta una reluciente placa, y grabado en letras negras: 


IVANNA SVENLAVA

Doctora en Psiquiatría


Llamé y al descorrerse la mirilla sentí la misma inquietud que tienes cuando entras por vez primera en un confesionario. 


- ¿Es usted Andrei?, me dijo. 


Abrió la puerta y se presentó tendiéndome la mano con firmeza. Era una mujer de pelo rubio apretado en una cola de caballo, guapa; demasiado joven quizás para ser psiquiatra pero con una mirada intensa, capaz de emitir un diagnóstico antes de que empezaras a hablar.


Asentí bajando los ojos temiendo que con sólo levantarlos pudiera descubrirme observándola mas allá de su cabeza.


- Túmbese, me dijo señalándome el diván y sentándose a mi lado con las piernas cruzadas. Podía escuchar el roce de las medias en su piel como un murciélago escucha el batir de las alas de un mosquito. Olía su perfume sin perfume. Colocada detrás de mí no veía su rostro, ella tampoco el mío. Una pared nunca te juzga. 


- Cuénteme su historia Andrei.


- Ya la sabe, respondí incómodo. Esto forma parte de mi rehabilitación, seguro que lo tendrá todo en ese informe, dije, volviendo la mirada a la carpeta que reposaba en sus rodillas. 


- Esto es sólo un papel, añadió, dejando encima de la mesa el montón de folios garabateados en un vano intento de mostrar confianza. Quiero saber su versión, sin tapujos, esto no es un tribunal. ¿Le importa que le grabe? Todo lo que me diga es estrictamente confidencial y queda protegido por la relación médico/paciente. 


- Mejor no, respondí. 


- De acuerdo, no se preocupe dijo ella -un ligero sonido mecánico a mis espaldas me hizo sospechar que me mentía-. Pero ¿que iba a saber ella?


Yo era un mar espejado, sólo podían ver la superficie. Nadie sabía nada de mí, nada de mis víctimas. Ellas tampoco lo supieron, pues qué define a una víctima sino la consumación de un hecho, un acto aleatorio: unas niñas jugando con la goma, dos adolescentes ocultos tras unos arbustos, un niño que te pregunta la hora. Nunca hubo causa, solo mi derecho de obtener placer; un éxtasis que solo podía saciar con el filo de un cuchillo. Ellos no sintieron nada. Nunca pudieron verme a través de sus cuencas vacías. Sus miradas quedaron perdidas en un limbo de apenas unos segundos de sorpresa. 


- Está muy tenso, añadió acercando las yemas de sus dedos a mis sienes, dándoles un suave masaje circular. Aquellos dedos expertos en despertar neuronas o quizás mi propia necesidad de redimirme, de no fingir más, de repartir mi peso con la complicidad de un mudo, hicieron que comenzara a hablar. 


Le hablé de mi infancia, de mi familia, del colegio, de los niños y de las niñas; si, sobre todo de las niñas. De mi incapacidad de obtener placer alguno sin causar daño - cuando solo se ha sentido dolor, vives en el dolor y solo el dolor puede saciarte -. Después guardé silencio, como el condenado espera la sentencia. La oí suspirar e intenté incorporarme, huir avergonzado.  Sin penitencia. Estaba equivocado. 


- ¡No se levante!, me ordenó mientras acercaba su rostro al mío. Sentí la calidez de su pecho sobre mi cara. Me besó en la boca, se quitó el cinturón y ató mis manos tras el diván. Chico malo… me susurró al oído mientras me oprimía el cuello con ambas manos. Se acopló sobre mí, acompañando el suave movimiento de su cadera con una ligera presión en la carótida que me acercaba al clímax, como un trago de cerveza que apuras en verano deseando que no se acabe nunca.


Las sesiones se repitieron varios días. Le conté todo. Ivanna acabó por descubrir como aquellos niños, aquellos adolescentes no fueron para mí mas que un instrumento; un instrumento de autoafirmación, el mismo que antes otros me habían aplicado. La vida no era mas que una vuelta al pasado, una sucesión de eslabones que te encadenan y te guían. Yo solo rompí algunos de ellos, pequeños cuerpos en formación que ya no sufrirían. Niños sin nombre, niños sin recuerdos, niños desmembrados en una sopa pegajosa y húmeda. Ivana, no se escandalizaba. Me pedía que le contara más y cuanto más le contaba, más intenso era el placer que ambos sentíamos. 


**


La tarde en el Teatro Musical Estatal de Rostov era preciosa, el cielo anaranjado de poniente, cúmulos de amapolas sobre del césped, cerezos en flor y castaños amarillos. A las afueras, un bosque tupido de árboles inmensos, en cuyo centro en un pequeño claro de tierra removida, crecen las lilas.  Siempre me gustaron las lilas. 


En la entrada hay aparcado un coche negro. 


Hemos llegado en taxi. Ivanna ha a reservado un palco. Una botella y dos copas sobre una pequeña mesa. La orquesta saluda y afinan los instrumentos. Tras unos segundos suenan los primeros acordes de la Obertura 1812 de Tchaikovsky. Truenos y relámpagos percuten en su mente, el piano son niños que juegan en un patio, trompetas que son gritos, los violines cuchillos, el bombo el golpe seco y duro, la viola es una sierra, y el olor de la gente, sangre y tierra. En el regazo de Ivanna hay un ramo de lilas; lilas frescas. En mis zapatos aún hay restos de barro.

Ivanna se ha acercado y se sienta en mi regazo sujetándome las manos a la espalda. Pero esta vez con algo metálico y frío, tanto como lo es ahora su mirada.  Reconozco esa mirada, pero no me resisto cuando escucho el clic de las esposas. 


-Al final no eres tan listo, me susurra al oído. 


Dos hombres fornidos han entrado. 


**


Paseo descalzo el último pasillo, los grilletes producen un triste tintineo. Los demás reclusos observan a través de los ventanucos de sus celdas, gruñen y gritan como un coro de cerdos camino del . Mando callar al cura cuando suenan los primeros acordes de “El cascanueces”, mi último deseo. Solo siento la música, ahora cada nota es el suspiro de un niño o una niña. Me cuentan sus secretos.



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