Mala hierba
Todo cambió el día que murió él tío Fidel. Salió de casa sentado en una silla de madera, transportado por mi tía Vicenta y mi primo Pepe. Ya nada fue igual en esa familia que me acogía todos los veranos.
Recuerdo la imagen de aquella tarde. Fue mi primer contacto real con la muerte. Un pensamiento que hasta entonces rondaba dentro de mí y que tomó la forma del tío Fidel. Blanco, rígido con la cabeza caída, llevado en volandas por una extraña comitiva fúnebre que atravesó el corral y desapareció por la puerta. A mí me dejaron en casa de la vecina.
Ni rastro de mi primo Pascualín.
Al día siguiente, el velatorio. Murmullos y viejas de negro. El cuerpo de tío Fidel estirado en una cama, en una habitación que hacía años que no visitaba.
Mi
padre vino a recogerme, nos despedimos de mi tía Vicenta y me abrazó fuerte. De
vuelta a Valencia, se acabaron las vacaciones.
Después de los años, regreso hoy al pueblo. Hay pocas cosas que me resultan familiares, quizás lo único, el cementerio.
-Paquito, la tía se ha muerto, hace tiempo que perdió
la cabeza, no te preocupes, ya no era ella. -El entierro es mañana a las dos.
Esas fueron las palabras que salieron del teléfono. Mi
primo Pepe, siempre tan serio y parco, pero tenía razón, mi tía Vicenta ya no fue
la misma desde aquel verano. Quiero pensar que no murió sola en la residencia. Que
al menos, en el último momento, le acompañaron de sus muñecas.
Era una familia ensamblada por la energía de mi tía Vicenta. Ella era ancha y robusta, sonrosada. Mi tío Fidel, un hombre pequeño y enjuto. Militar de carrera. Debajo de su frente resaltaban unas cejas pobladas. Más abajo, de su nariz, asomaban unos pelos que sacaban de quicio a mi tía.
-Pareces una morsa, ven aquí que te corte esos pelos
de la nariz, por Dios, repetía mí tía y Fidel le dedicaba una mirada cómplice y
asentía con un pequeño movimiento de su enorme frente acantilada.
Se querían, pero hacía tiempo que ya no dormían juntos. Al poco de nacer Pascualín, mi tío decidió que tuvieran habitaciones separadas. Él se fue a un pequeño cuarto en la planta baja de la casa y mi tía se quedó en la habitación de matrimonio en la planta superior, que con el tiempo se convirtió en un improvisado taller de costura. Mi tía cosía vestidos y accesorios para las Nancy. Todas las semanas venía una furgoneta de la fábrica de muñecas Famosa a llevarse lo que mi tía cosía.
Mi primo Pascualín tenía una colección de muñecas Nancys en su cuarto con todos los modelos de vestidos que durante años había cosido mi tía.
El protagonista de la casa era mi primo Pepe, ese
verano aprobó una plaza de bombero. Era alto y robusto, y cuando
salía uniformado por la puerta, hasta las vecinas se asomaban a la calle para verlo.
Mi primo Pascualín dibujaba muy bien, mi tía decía que era un artista. Tenía obsesión por los palomos. Los dibujaba en todas las posiciones y de todas las formas y tamaños posibles. Algunos incluso los dibujaba con vestidos de la Nancy.
Cuando mis tíos no estaban en casa, Pascualín fumaba unos cigarros largos de boquilla dorada mientras se miraba al espejo dejando salir el humo lentamente de su boca. Lo que más me gustaba de Pascualín era su enorme estuche de lápices perfectamente ordenados por colores, no podía dejar de mirarlos.
En la biblioteca del pueblo se estaba fresquito y yo acompañaba a Pascualín, me quedaba en el pasillo de los tebeos y él se sentaba en una mesa con su amigo Cosme al que le enseñaba sus dibujos.
Pascualín y Cosme llevaban camisas de floreadas, mi tío Fidel decía que eran unos descarados.
Después del incidente de aquella noche, ya no volví a acompañar a mi primo a la biblioteca.
La habitación del tío Fidel estaba junto al corral de los palomos y allí pasaba las horas leyendo el periódico y escuchando la radio en una mesa camilla por la que asomaba una omnipresente escupidera. Cuando arrancaba a toser, movía con una pierna ese artefacto lleno de serrín y lo situaba debajo de su boca dejando caer lentamente el escupitajo. Siempre acertaba.
Hacía tiempo que el tío Fidel estaba enfermo, le costaba respirar y sé movía lento, pero eso no le impedía salir al corral y quitar las malas hierbas. Las arrancaba con furia, como cuando alguien planta una simiente y no crece como se espera.
Caudete era un pueblo áspero de calles polvorientas, con poco asfalto y tormentas de granizo. Hasta los columpios del parque eran de hormigón armado. Habían sido donados por el “Tejaino”, constructor y primo lejano de mi tía Vicenta. El “Tejaino”, era dueño de un taller y un concesionario de coches y también de la única gasolinera del pueblo. Su verdadero nombre era Joaquín, aunque todos lo conocían por el “Tejaino”, por su afición de pequeño en ir por los tejados del pueblo cazando pájaros. Luego los pintaba de colores y los vendía los sábados en el mercado. Ahora recogía coches accidentados en la carretera con su camión grúa.
Caudete era el oeste salvaje. Se convivía con la crueldad. Los niños jugaban a cazar animales y la muerte sucedía sin tragedia, de un golpe seco. La pedrada de un tirachinas, el perdigonazo de un rifle de aire comprimido o la violencia de un cepo.
En
el Quiosco de la plaza, los más jóvenes compraban cigarros sueltos y se los
fumaban como si tuvieran prisa de llegar a viejos.
Por la noche en el pueblo reinaba el silencio, y un baile de semáforos en ámbar
Todo cambiaba en la semana de fiestas. “Moros y Cristianos” que comenzaban con la “Noche de retreta. Euforia, alcohol y carreras de jóvenes. Chicas persiguiendo a chicos. Papeles cambiados en la oscuridad de los callejones.
El primer beso es algo más que un beso. Es algo metafísico. Inés era un chicle de clorofila con suave envoltura plateada. Miradas sostenidas y dos lenguas nerviosas que chocaban. Sobrevolaba un sentimiento de pecado y profanación.
Nada que ver con el encuentro con la “Cati” en la piscina hacía dos semanas. Vino a buscarme una amiga suya para decirme que nos veríamos detrás de los vestuarios.
-Ven
pa cá, chiquito Valenciano. Me dijo. Yo me acerque obediente.
-Tócame
las tetas y sácatela.
Mientras con una mano le tocaba las tetas, con la otra me la saqué del bañador bien empalmada. La “Cati” tenía unas tetas enormes, pero yo no podía dejar de mirar una pequeña sombra debajo de su nariz. Algo parecido a un difuminado bigote.
-Anda
y guárdatela que todavía tienes poco rabo. Y la “Cati”, desapareció.
Fue
un verano lleno de impulsos y sentimientos encontrados. Al recordar embellecemos algunos hechos. Llenamos de
romanticismo una épica criminal como la afición de los jóvenes del pueblo a
cazar pájaros. Subir a los árboles y atacar los nidos. Llevarse las crías que
piaban desconsoladas.
Ahora en este cementerio repleto de nichos, la tía Vicenta y el tío Fidel vuelven a dormir juntos.
Me
despido de mi primo Pepe y ni rastro de Pascualín.
Paco Florentino
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