Roberto estaba apunto de cerrar la farmacia cuando vio a Jero acercarse. Percibió cierta agitación en su llegada.
_ Cerrando me pillas, ¿qué te falta?
_ Nada, nada, quería hacerte una consulta.
Es por el tema de las pastillas, las Recuerdox.
_ Pero, hombre, Jero, que las paredes del pueblo oyen, no me vengas aquí a hablar de esto, ¿que no las estás vendiendo bien?.
_ Se venden solas.
_ Pues eso, si ya te lo dije, me alegra haberte podido ayudar a conseguir un ingreso extra.
_ Te guardo tu parte, no se me olvida.
_ Claro, amigo, por eso hacemos negocios, porque nos entendemos. Vamos paseando, que si no quedamos raros, aquí plantados.
Jero levantó la mirada, se avecinaba tormenta. Roberto empezó a caminar, erguido, con cierto gesto de hastío, a su lado.
Las Recuerdox eran pastillas de diseño que generaban un recuerdo, el que cada uno quisiera, al día siguiente de haberlas ingerido. Te tomabas un par antes de dormir y pensabas en lo que querías recordar, así de fácil. La droga te ayudaba a concentrarte, evitaba las divagaciones previas al sueño, y al día siguiente, ese recuerdo era uno más de tu catálogo, una experiencia vivida; y aunque supieras que te habías drogado, nunca sabrías qué era lo que habías elegido recordar. Esa era la magia, que la pastilla jugaba con tu mente, eliminando todo lo relacionado con el proceso de elección y las reflexiones previas a la ingesta.
Jero se aclaró la garganta, volvió a mirar al cielo, que se había terminado de ennegrecer.
_ Roberto, que supongo que has visto lo del telediario, la madre esa que le dio una Recuerdox a su hijo.
_ Hostia, sí, vaya zumbada. El uso es personal, al que las compre se lo debes dejar bien claro. Si no se usan como toca, es un descontrol.
_ Ya, el tema es que no van precisamente con prospecto, y están saliendo muchos casos...de líos. Hay personas enganchadas, gente muy joven que ya no sabe lo que es verdad y lo que no. No sé si deberíamos plantearnos dejarlo estar.
Roberto le miró, casi con temor. Empezó a hablar de forma pausada, con mesura.
_ Mira, Jero, tú haz lo que quieras. Yo, mi parte, te la voy a cobrar igual, porque para eso llegamos a un acuerdo. Piensa en el bien que estamos haciendo a las personas que saben que van a morir y pueden comprar los recuerdos con los que quieren dejar el mundo. A las mujeres que nunca han tenido un orgasmo. Si no son más que un juego. No alteran la realidad. Bien usadas, funcionan como cualquier mentira de las que la gente se cuenta para sentirse mejor. Y además, Jero, que no obligamos a nadie a consumir. Si no eres tú, otro les sacará rentabilidad. Tú decides.
Empezó a llover, y un rayo les iluminó los rostros. Roberto continuó.
_ Jero, Jero, te estás haciendo mayor. Te pones muy emocional. Las drogas han existido siempre: setas, tripis, alucinógenos de todo tipo. Tú mismo, de adolescente, te fumabas un porro para desayunar. La gente quiere experimentar.
_ Pero es que el niño ese, el que se cree que ha violado a su compañera de clase, está traumatizado de por vida.
La carcajada de Roberto coincidió con el estruendo del relámpago.
_ Mira, te acepto lo de que a nadie le deben drogar sin su consentimiento, tú sabes que cuando estuvo lo del Burundanga, yo no lo fabriqué. Pero nadie le obligó al niño ese a fantasear con forzar a su compañera de pupitre. Y además, que los niños ya tenían traumas antes de que existieran las Recuerdox, por muchas razones, y teniendo madres con esas ideas, ¿qué podemos esperar?. La tía loca, le quería hacer creer que habían estado en EuroDisney, y el niño mientras cascándosela -se cogió la nariz para reírse con más decoro- Si es que parece mentira que tú, con lo que te hicieron sufrir tus padres, digas eso.
_ Mis padres estaban enfermos, no se elige tener Diógenes.
_ Tener hijos sí se elige.
Jero se empezó a abotonar la cazadora y no contestó. Roberto no estaba receptivo,y a Jero le resultaba imposible comprender que, teniendo la farmacia, corriera semejantes riesgos para ganar más dinero. Sintió la urgencia de alejarse de él.
_ Se está cogiendo, me voy para casa.
_ Sí, tío, empieza a calar. Dame un abrazo, no te vayas así.
Roberto abrió los brazos; largos, acogedores. Brazos de buen padre de familia. Pensó en decirle que, si se metía en algún lío, él respondería por él, pero dudó, y las palabras se le desmayaron en los labios sin haberlas pronunciado.
De vuelta en casa, la misma en la que había crecido con sus padres, ahora siempre impoluta y exageradamente ordenada, Jero se sentó en la terraza a fumarse un cigarro bajo el techillo. Las hojas de los árboles se movían como reaccionando al frío que les provocaban las gotas de lluvia, y en el caserón que se avistaba al fondo del paisaje, había un baile de luces de linternas de teléfonos móviles. Al regresar al interior, cerró bien los ventanales, y escuchó cómo la lluvia los golpeaba, cómo reclamando entrar.
Cogió una bolsita de Recuerdox y jugueteó con los comprimidos.
Veinte años atrás, Jero estaba sentado en ese mismo sillón, escuchando la música de la verbena del pueblo. Sonaba Loquillo cuando Roberto y los demás llamaron a su timbre para decirle que preferían que esa noche no les acompañase.
Pero ya hace tiempo que me has dejado.
Jero, no te lo tomes a mal.
Y, probablemente, me habrás olvidado.
Queremos poder bailar con las chicas.
Creía que podría olvidarte sin más.
Y tú tienes mala fama, por lo de tus padres.
Y, aún a ratos, ya ves.
Ya haremos otros planes.
Fue en ese instante que la suciedad de la casa se pegó a su ropa y su cuerpo, y entendió que no habría jabón que consiguiera perfumar su estigma.
¿Qué hubiera cambiado si hubiera ido a esa verbena? ¿Hubiera sido capaz de sentirse cómodo en un grupo de amigos, con una pareja? ¿Hubiera tenido el valor de marcharse del pueblo? ¿Habría sido lo suficientemente fuerte para evitar que Roberto le metiera en el ninguneo de drogas? Con el sentimiento familiar de estar enfadado consigo mismo, agarró todas las bolsas de Recuerdox, como la madre enfadada que engancha a su hijo travieso del brazo, abrió la tapa del water y empezó a dejar caer las pastillas de color rosa. Al llegar a la última bolsa, separó dos, se las tomó dando grandes tragos a su cerveza, y se fue a la cama pensando en lo bien que se lo había pasado aquel verano en la verbena con sus amigos.
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