— Dígame, ¿qué es lo último que recuerda?
Agustín tenía la boca seca y apenas acertaba a enfocar la vista sobre la silueta blanca apostada frente a él. Alcanzó a emitir un “nada” con un susurro afónico e intentó incorporarse, pero otra nueva figura le impidió hacerlo.
— ¿Qué me pasa?, dijo asustado.
— Ha tenido usted un accidente. Tiene que descansar, respondió el doctor.
Una vez acostumbrado a la luz pudo ver al médico. Parecía un tipo serio, de unos sesenta años con barba canosa y unas gafas rectangulares cuyas patillas se escondían entre un ramillete de patas de gallo. Tenía los labios prietos y la mirada gacha.
No augura nada bueno, pensó Agustín que intentó mover los dedos de los pies y de las manos sintiendo de inmediato el suave roce de las sábanas sobre sus yemas.
Suspiró. Podía moverse, oír y su visión ahora era perfecta.
— ¿Sabe usted cómo se llama?
— Agustín.
— Agustín que más.
— ¿Qué más que? El médico torció el gesto.
— Apellidos, estado civil, domicilio. Agustín le miró inquieto.
— Agustín.
— Ya, ya sé que se llama Agustín, pero… ¿no recuerda nada más?
— ¿De qué?, contestó alarmado. Algo no iba del todo bien.
— Mire, dijo el médico, lleva dos semanas en coma. Una patrulla lo encontró sin sentido en el arcén de una carretera. Agustín quiso saber más, pero antes de conseguir articular una nueva frase el médico ya había salido. ¿En coma? ¿Un accidente? ¿Cuándo?; cientos de preguntas abofetearon su mente dormida, produciéndole un repentino dolor de cabeza.
— ¿Puede darme un espejo?, preguntó a la enfermera. No recuerdo mi rostro.
— No sé si debo, añadió esta. Debería esperar a que viniera la psiquiatra.
— ¿La psiquiatra…? ¿Qué me ha pasado? Agustín sintió un calor intenso en la cara, como si la barba le hubiera crecido del revés y sus gruesos pelos le alfiletearan por dentro. Intentó levantarse, sentir algo tangible aunque sólo fuera el frio en las plantas de sus pies. Se mareó y una repentina tiritona se apoderó de un cuerpo que se negaba a obedecerle. La enfermera inyectó de inmediato un tranquilizante en el gotero. Los ojos empezaron a pesarle. Y todo volvió a desvanecerse.
**
El acompasado movimiento de los limpias sobre el cristal y la botella de JB que iba apurando a pequeños sorbos hacían que el tiempo transcurriera muy despacio, en otra dimensión, como si no fuera él quien estuviera al volante. Todo parecía haberse ido a la mierda.
Cuando entró en la habitación, Sofía acababa de salir de la ducha, estaba desnuda y sorprendida de encontrarle en casa antes de las ocho de la tarde. La cama deshecha y sobre la sábana una mancha aún húmeda. Sus miradas confluyeron apenas dos segundos en ese pequeño oasis entre un desierto de hilos blancos. Gritos neolíticos de macho alfa, de gorila sin niebla expelidos con la misma pulsión que una retahíla de ventosidades, salieron atropelladamente de la garganta de Agustín. Sofía, sin embargo, permaneció impasible, de pie, la toalla en el suelo y con una sonrisa maliciosa de Venus concupiscente. ¿Qué coño le hacía gracia? Ella se acercó al armario y descolgó una de sus chaquetas grises, extrayendo del bolsillo interior un colorido paquete de cartón. Agustín deseó fundirse con el parqué.
— Escoge uno, cielo. Así la próxima vez no mancharé la cama, le dijo en tono burlón, dejando alineados encima del colchón varios paquetitos de preservativos. Si encuentras la pareja te llevas el premio, añadió señalándose el pubis con el dedo índice. Agustín enmudeció, el bombeo de su propia sangre intentaba romper la malla de sus tímpanos -la vergüenza a veces supera el enfado, gritar o llorar, esa es la cuestión-. Se sentó sobre la cama, Sofía lo hizo junto a él -ella nunca perdía los nervios- ¿Tablas?, preguntó.
— ¿Tablas? Aquel ofrecimiento enervó a Agustín que se enrocó sobre la mancha. La maldita mancha, como si el amante de su mujer se hubiera corrido directamente sobre su cara.. No, él no estaba dispuesto a olvidar.
Llevaba toda la noche conduciendo sin rumbo alguno. Empezaba a tener sueño y algo parecido a la conciencia empezó a encogerle el estómago. Intentó ahogarla dando un nuevo sorbo a la botella.
**
Agustín despertó sentado en una silla y sin saber cómo había llegado a ella. Frente a él, una mujer de unos cincuenta años. Pelo rizado, casi blanco y un cuerpo desbordado por una carne flácida que apenas había conocido el ejercicio. Rostro amable y bondadoso. En su regazo, un pequeño espejo. Le tendió la mano, pero Agustín no podía apartar los ojos del espejo.
— Elena, psiquiatra de planta, se presentó. Es normal que quiera verse si no sabe quién es. Tome, no tenga miedo. Agustín cogió el espejo y le dio la vuelta. Había una foto en blanco y negro pegada en el anverso.
— ¿Y esto?
— Esto no, cariño. Éste, es Gary Grant. Puede que no lo reconozca, quizás sea demasiado joven para usted, también era demasiado viejo para mí, pero siempre estuve enamorada de él. Pasé parte de mi juventud viendo sus películas: Charada, Con la Muerte en los Talones…
— Ya, pero esto no es un espejo, sólo es una foto. Este no soy yo.
—¿Y quién lo dice? Todos podemos ser quien queramos ser. Especialmente usted.
— ¿Y por qué yo?
— ¿No se da cuenta? Usted es un lienzo en blanco. No recuerda nada, salvo su nombre. No sabe quién es, de donde viene, si es rico o pobre, si está casado o soltero... Sólo tiene que dejar transcurrir un tiempo sin que nadie pregunte y podrá ser quien quiera. Agustín se sintió abrumado. No comprendía nada. ¿De verdad que esa señora de aspecto maternal era psiquiatra?
**
Los faros del coche dibujaron una sombra deslumbrada que se tapaba los ojos con la mano a modo de visera. Agustín frenó en seco y el coche derrapó sobre el asfalto mojado, deteniéndose tan sólo a unos centímetros de aquella silueta indefinida. Hacía frío. Agustín bajó la ventanilla.
— ¿Le ocurre algo?. Un rostro agrietado y cetrino con barba de dos días se asomó por la ventanilla. Le resultaba familiar esa mirada ligeramente descolocada que sonreía abiertamente al ver la botella de JB en el asiento del copiloto. Agustín aligerado de prejuicios y sin cautela alguna por efecto del alcohol le abrió la puerta.
Necesitaba hablar con alguien; y aquél peregrino con el símbolo del ying-yang cosido en la mochila que cargaba a la espalda, parecía ser el interlocutor idóneo.
El individuo entró en el coche y señaló la botella.
—¿Puedo? Agustín asintió y aquel tipo dio un largo trago, un trago sin fin, un trago de desierto, apurando casi toda la botella.
— ¡Eh, déjame algo! protestó.
El sujeto emitió un estruendoso eructo a modo de respuesta. Agustín paró el automóvil y le ordenó bajarse. El caminante sujetó la botella por el cuello y la rompió en la cabeza de Agustín. Un bautismo etílico y sangriento le nubló la vista. Apenas pudo ver un ligero resplandor naranja, cuando su acompañante acercó la llama del mechero a su cara. Notó olor a pollo soflamado, y el calor intenso en las mejillas y la falta de aire le hicieron suponer que era él quien se estaba cocinando. Saltó del coche y rodó por el asfalto intentando apagar las llamas. El individuo salió del coche y se situó frente a su cuerpo inmóvil.
— Esto te aliviará, le dijo mientras se desabrochada la pretina y orinaba sobre su cara. ¡Ah, y agradéceselo al whisky! Si llego a estar seco... te abrasas. Quizás volvamos a vernos, añadió. Luego subió al coche, arrancó y se despidió haciéndole una peineta por la ventanilla.
**
Agustín estaba tumbado en la camilla cubierto por con una ligera bata verde, un gorro verde, unos peucos verdes y un equipo médico uniformado de verde, sobre una pared verde -demasiada clorofila para no ser primavera-. El cirujano le saludó con palabras tranquilizadoras que dichas en un quirófano suenan como el eco certero de la muerte. Su mirada estrábica y el tono de su voz le resultaron inquietantes, y si no llega a ser por la lavativa que le habían puesto antes de entrar, se habría vaciado por completo encima de la mesa. Lo último que alcanzó a ver, antes de que los focos le cegaran por completo, fueron el gorro y la mascarilla con extraños motivos tribales que llevaba el cirujano.
— Ahora comenzaremos la intervención. Le hemos puesto anestesia, cuente hasta diez.
Agustín inició la cuenta, hacia atrás, como queriendo despegar de nuevo: diez, nueve, ocho…
Una gitana con aspecto de psiquiatra le echaba las cartas: un nacimiento abrupto a los cuarenta años, ¿copas o bastos? ¿oros o espadas? Pero la baraja no escondía palos, sólo fotos, fotos en blanco y negro. Cadáveres de viejas estrellas de Hollywood en apretadas cajas, cabezas que reposan sobre pequeñas almohadas blancas con puntillas, entre ellas hay una en color. Agustín sabe que sólo se sueña en blanco y negro; el destino ha decido y la escoge: Brad Pitt le sonríe. Cazadora de cuero y gafas “Rayban”, va paseando con su Harley por una sinuosa carretera al borde de un acantilado sobre un mar azul intenso. Las chicas le saludan ¿o le gritan? Hay una serpiente enorme en el camino..
Una enfermera le susurró algo al oído. Su voz resonaba en la cabeza de Agustín a treinta y tres revoluciones. Abrió los ojos y ahí estaba de nuevo ese curioso cirujano con cara de Saladino.
— Bueno Agustín, hemos terminado. Dentro de cinco días veremos el resultado. Todo apunta a que será usted todo un dandy. Agustín, no podía hablar ni parpadear, tan solo recordaba su sueño y repetía en silencio como un mantra: Brad Pitt, Brad Pitt…
**
Transcurridos cinco días Agustín esperaba inquieto. Elena sentada junto a él, le sujetaba la mano. De pie el mismo cirujano, esta vez ataviado con una colorida chilaba, que le daba un aspecto de africano deconstruido.
— Ahora voy a quitarle la venda, dijo con la emoción de un mago antes de sacar un conejo de la chistera. Agustín sintió la caricia del frío en sus mejillas al despegarse suavemente la tela húmeda de aceites. Ya no le quemaba. El cirujano le descubrió completamente el rostro y tomó cierta distancia para contemplar la perspectiva de su obra. Parecía satisfecho.
— Perfecto, ahora es cosa suya, le dijo a la psiquiatra. El médico cogió su mochila en cuya parte trasera tenía bordado el símbolo del ying-yang y se despidió agitando la mano. Me voy a caminar un rato, mañana pasaré a ver cómo va el paciente, añadió.
— Adiós Pedro. Yo te aviso si hay cambios.
¿Dónde he visto antes esa mochila? se preguntó Agustín en un vano intento por recordar algo.
— ¿Está preparado?, le interrumpió Elena acercándole el espejo.
Agustín nervioso como un niño que abre su primer regalo, lo cogió con mimo dándole la vuelta. El reflejo le devolvió el rostro de Brad Pitt en una gastada foto en blanco y negro.
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