—¿Qué te pasa?
—Naaada.
—¿Estás segura?
Ella ni siquiera le devolvió la mirada. Mantuvo el cuerpo laxo sobre el sofá de polipiel, los brazos hinchados y ligeramente separados del cuerpo huyendo del sofoco del calor húmedo que lo impregnaba todo. Certificó que le había oído por el ligero y condescendiente entornar de ojos hacia el techo antes de que volviera a centrar su mirada en la tele. Estaba viendo uno de esos absurdos shows con gente que no invitarías a comer a tu casa en la vida, interrumpiéndose y dándose voces por cosas sin importancia.
Se levantó hastiado del sillón y fue hasta la ventana. Se asomó y miró las nubes densas y opresivas que venían del mar cargadas de plomo fundido. Nubes llenas de oscuros presagios que parecían querer saltar sobre la punta de los cuchillos de las torres que las amenazaban a lo largo de aquel pequeño trozo de costa. En la acera, bajo su torre, muchos, muchos metros más abajo, había uno de esos todoterreno blanco, enorme, repleto de luces led, con unos altavoces gigantes en el maletero atronando la noche con música reguetón. Podía ver a tres niñatos ingleses con vasos de tubo en la mano, apoyados en el coche. Iban vestidos de negros del guetto a pesar de ser de un blanco reflectante: gafas de sol, cadenas de oro, pañuelo en la cabeza o en la muñeca, pantalones cagaos y zapatillas de skater. Se entretenían molestando a todo el que pasaba por la acera y riendo en voz alta sus propias gracias mientras hacían gala de su estirpe de marineros borrachos. Escupió un par de veces con poca esperanza de acertarles.
Se imaginó pasando una pierna por encima del alféizar para posarla en la repisa exterior, luego la otra y se vio flexionando las piernas para saltar, cayendo en plancha, acelerando metro a metro, cada vez más deprisa y con más fuerza hasta caer en el techo del todoterreno aplastando al menos al gilipollas que estaba con medio cuerpo metido por la ventana del conductor manejando el equipo de música. Se imaginó el sonido del golpe, del metal doblándose bajo su peso, del estallido del airbag y el rasgar de los cristales propulsados como balas, arañando las paredes y el pavimento circundante. Imaginó como, alrededor, todos se agachan y meten la cabeza entre los hombros, como si así pudiesen protegerse cuando el cielo cae en pedazos. Acto seguido, la incredulidad, unos mirando a los otros, buscando una explicación a lo que no entienden, y enseguida, la reacción del cuerpo; la oleada de sangre y adrenalina, con epicentro en el corazón, que avanza encogiendo sus estómagos, cerrándoles la garganta y anegando sus cerebros de sustancias químicas, sin las que no serían capaces más que de balbucear atónitos ante la tragedia, ante el asco que les provocarían la sangre, los escombros, el olor químico del airbag y el ridículo cambio de paradigma al ver expuestas sus minúsculas vidas, seguras y protegidas, a la fría y angulosa certeza de los restos desgarrados de un cuerpo.
No se había dado cuenta pero estaba jadeando levemente con el torso inclinado fuera de la ventana mientras sonreía. Esos leves chutes de adrenalina le ayudaban a manejar los días lentos y pesados y aquel día necesitaba lo que fuera. Respiró profundamente con los ojos cerrados mientras se enderezaba. Antes de retirarse miró el reflejo del cristal. Ella seguía varada en el rincón del sofá con los brazos sobre la enorme barriga de ocho meses, sudando con el pelo pegado a las sienes y a la frente, boqueando por el peso del embarazo sobre los pulmones. Después de una semana agotadora se había empeñado en ir al piso de sus padres en Benidorm para pasar un fin de semana tranquilo. Para desconectar. A él no le apetecía nada, pero al final le había hecho cargar el coche hasta arriba de mierdas para dos días y ahora no tenía pinta de que fueran a salir ni a dar un paseo. 180 kilómetros de coche y maletas, caravana incluida, con una embarazada de ocho meses para ir a pasar un fin de semana tranquilo a un Benidorm lleno de ingleses borrachos. ¿Qué podía fallar?
Apretó el perfil de la ventana mientras aspiraba con fuerza el aire caliente y húmedo en busca de alivio. La repentina entrada de tanto oxígeno le mareo levemente. Cerró la ventana y le dijo a su mujer:
—Cariño, ¿Te arreglas y vamos a dar un paseo y a cenar algo?
—Uff —dijo ella haciendo ademán de incorporarse sin conseguirlo. —Estoy molida. No tengo ni hambre. Prefiero ponerme el pijama y quedarnos tranquilos aquí y ver una peli o algo.
El la miró hierático, de pie, sus ojos se volvieron vidriosos, dejó de escuchar y se cobijó en su interior. Metió las manos en los bolsillos, encontró las llaves y las apretó con fuerza hasta que se clavaron en su mano produciéndole un punzante alivio.
—Claro cariño. Tienes que estar muerta. —dijo acercando el ventilador y apuntándolo hacia ella. —Lo mejor será que descanses. No te preocupes que pongo algo de picar y voy a sacar a Nelly.
Nelly era la perra de sus suegros. Se habían marchado de vacaciones a Cancún, para celebrar su reciente jubilación antes del parto, y se la habían enchufado durante 20 días. Fue a la cocina e investigó en los armarios y puso unos nachos con salsa de guacamole y unas tostas con queso fresco y mermelada de tomate aliñadas con aceite y orégano. Por suerte sus suegros siempre tenían bien surtido el piso, especialmente desde que pasaban allí casi todo el tiempo. Lo dejó todo en una bandeja sobre la mesa, frente a ella que pareció no darse cuenta. Se quedó quieto, a su lado, mirándola mientras ella seguía atenta al guirigay de la tele. ¿Qué cojones le importaban a ella aquellos loros? ¿No podía dar las gracias o al menos hacer un gesto de reconocimiento? ¿No veía lo que se esforzaba? Volvió a respirar profundamente, se giró y fue al baño, harto. Necesitaba parar. Se miró al espejo y se mojó la cara. No valía la pena. Sin pestañear, sacó del neceser el paquete de pastillas y cogió cuatro. Volvió a la cocina y sin importarle que ella lo viera las corto encima de la tabla de madera con el cuchillo. Primero en medios, después en cuartos y luego las apretó varias veces en el mortero hasta pulverizarlas. Echó la mitad en un vaso de zumo de tomate al que añadió limón, hielo y unas gotas de vodka y de tabasco y guardó la otra mitad en una servilleta de papel.
Volvió a pasar por su lado, dejó en la mesita junto a ella el zumo con un posavasos, una pajita y una sombrilla de papel rosa. Nada otra vez. Ni una palabra, ni un gesto. Nada. Sólo la tele. Así que mirando al vaso retomó su decisión y fue a por Nelly. Habían dejado a la perra en la terraza del dormitorio mientras deshacían las maletas para que no se arrugara toda esa ropa que por lo visto no iban a utilizar. Abrió la terraza para cogerla y volvió a oír aquella música infame. Se asomó rabioso con la idea de escupir de nuevo, pero se detuvo y se agachó junto a la jardinera al ver una pequeña piedra blanca semioculta en la tierra. La cogió y la lanzó con todas sus fuerzas hacia el coche de los niñatos.
Bajó en el ascensor con la perra en brazos cuya piel temblaba con rápidos movimientos espasmódicos. Le puso la correa, salió del portal y sonrió al ver que aquellos putos gilipollas habían bajado la música y estaban como locos mirando hacia el edificio y al perfecto agujero redondo que había dejado la piedra en la luna delantera. !Qué os jodan!, pensó satisfecho. Se dirigió a una pequeña placita que quedaba entre varios de los enormes edificios donde había unos pequeños árboles con cuadrados de césped. Entró en la plaza un chico joven fumado un cigarrillo, ya no fumaba casi nunca por lo del embarazo, pero hoy lo necesitaba y se acercó a pedirle uno. El chico lo miro de arriba a abajo y con una media sonrisa le constestó: “No fumo” y siguió andando sin prestarle ninguna atención. Se quedó de piedra. Si todavía hubiera sido un chaval grande o con pintas, pero aquel adolescente no era más que un crío friki y delgaducho con pinta de estar todo el día jugando a la consola. No tenía ni media ostia. ¿Qué se había creído? Se quedó sentado, frustrado y pensativo. No debía volver a casa en un rato, así que decidió irse a tomar algo y disfrutar la noche ahora que tenía tiempo. Mientras esperaba a que Nelly se aliviase, se le acercó una chica en mallas que venía de correr. Cascos, camiseta ceñida reflectante, coleta alta, zapatillas impolutas. Estaba tremenda. Le preguntó muy simpática por la perra y le dijo que siempre había querido tener una así mientras la acariciaba. Intentó dirigir la conversación hacia la vida de ella. Ella hablaba tranquila mientras jugueteaba con Nelly que estaba encantada con la chica. Le parecía verla receptiva y se iba hinchando como un pavo, creciéndose cuando ella reía sus comentarios. Justo en el punto en que empezaba a aletear su fantasía, entró en la plaza un hombre con un rottweiler. Alto, delgado pero de espalda y brazos fuertes. Vestía vaqueros gastados, deportivas y camisa por fuera, aunque se veía que no era ropa barata. Ella lo saludó con un gesto y se acercó. El hombre tensó el brazo sujetando con más fuerza la correa del perro cuando este olfateo a Nelly en la distancia. A él no le dirigió más que un pequeño vistazo mientras se acercaba con una brillante sonrisa en el cuadrado mentón mirándola a ella. Saludo con un educado hola y cogió de la mano a su chica dándole un beso en el cuello y preguntándole si había terminado de correr.
Mientras la pareja hablaba, él miraba hacia el insidioso reflejo que le devolvían los cristales del edificio. Ella en el cristal del medio con un cielo irisado de fondo, como una diosa que parte el mundo en dos. En el cristal de la izquierda él y Nelly y en el de la derecha aquel hombre y su perro. Tuvo que morderse el carrillo por dentro cuando ella despareció del cristal del medio y dijo “¡adiós, Nelly!” sin ni siquiera mirarlo, como si fuese un secundario que hubiese venido para entretener su espera. Con el sabor a óxido de la sangre en la boca, dio la vuelta y fue a grandes zancadas con Nelly hasta la entrada del edificio. Bajó en el ascensor hasta la planta de los trasteros y abriendo el de sus suegros la dejó allí encerrada y salió de nuevo a la calle.
El mundo le incitaba, le tentaba y reprendía con sus luces de colores, le recordaba que todo aquello estaba puesto allí para ser conquistado, para tomarlo, pero ¿Quién era él? ¿Qué derecho tenía? ¿Qué había hecho con su vida? Lo único que su vida tenía de bueno eran las migajas que sus suegros le dejaban disfrutar. Su piso en Benidorm, el coche que le habían regalado a su mujer, el chalet cerca del suyo donde les dejaban vivir por un alquiler ridículo. Sabía que aunque no le odiaban, en el fondo, no es lo que ellos hubiesen esperado para su hija. Su suegro esperaba alguien más como él mismo, emprendedor, listo, con fuerza, pero él a lo más que había llegado era a trabajar como fijo en una cadena de electrodomésticos, donde su trabajo, después de los dos primeros meses, tenía el único aliciente de esperar la hora de salida. Había rechazado los ofrecimientos de su suegro de trabajar en su empresa por orgullo, por demostrar que no le hacía falta ni su dinero ni su apoyo, aunque ni lo uno ni lo otro dejaba de colarse por todas las rendijas de su vida: Las vacaciones, los regalos de navidad, la ropa que su suegra le compraba habitualmente a su hija y los regalos que le hacían a él: un reloj, un par de trajes, unos zapatos de piel, gemelos de plata, corbatas de seda, abrigos elegantes. Regalos calculados para que tuviera algunas piezas de calidad con las que aparecer presentable en los eventos familiares. Regalos con los que disfrazarse de lo que no era. Eso es lo que había hecho su suegro: Disfrazarse. Levantar aquella empresa viniendo del arrollo y abandonarlo sin mirar atrás, travestirse para que no supieran de donde venía, como si le avergonzara. Cada vez que se ponía algo de todo aquello veía en su cabeza las alpargatas llenas de polvo de su padre cuando volvía de la huerta, después de trabajar en el taller o los fines de semana y sentía como si lo estuviese traicionando aceptando aquellas migajas, vistiéndose con aquellas ropas.
Esto no iba a seguir así, esa noche pensaba quemar la ciudad, pasárselo en grande, así que enfiló la avenida hacia la terraza de uno de los restaurantes más exclusivos de la zona, se sentó en una mesa y pidió un güisqui doble. En cuanto el camarero se metió para traer su copa las puntas de los rascacielos hirieron a las plomizas nubes de muerte abriéndolas en canal, desventrándolas contra el paseo marítimo. En apenas segundos se desató un monzón sobre la ciudad. El viento arreció y lanzaba la lluvia en oleadas contra la tierra. El toldo amenazaba con salir volando mientras los camareros trataban de atarlos con cuerdas. Corrió hacia el interior del restaurante empapado tratando de proteger el güisqui con la mano y cuando la retiró para abrir la puerta le cayó un chorro de agua del toldo que estaban recogiendo junto a la puerta dentro del vaso. Se quedó parado mientras los últimos rezagados entraban en el restaurante por el hueco que él acababa de abrir dejándolo a un lado. La puerta se cerró y un enorme trueno sonó como un cañonazo haciendo vibrar los cristales. Levantó la cabeza del vaso y vio a todos agolpados a través del cristal mojado. La lluvia goteaba por su pelo mientras le miraban de soslayo resbalando sus ojos por él, como si no estuviera allí mientras él los observaba. Rió enseñando los dientes y tiró el vaso contra el suelo frente a la puerta. Ahora sí lo miraban, ceñudos, reprobándole como si se hubiese saltado una raya imaginaria o le hubiese quitado el juguete a un niño. Levantó una mano y les apuntó con el dedo, mientras el agua escurría empapando su polo y sus vaqueros, dejando su pelo lacio y pegado al cráneo, goteando por sus cejas y su nariz. Iba a chillarles pero se vio reflejado en el cristal chorreando como un muñeco de hielo que se deshace ante un incendio. Se sentía exactamente así, deshecho. Le asustó ver el reflejo de alguien enfadado con el mundo, triste y patético. Le asustó sobre todo la mirada triste y rencorosa de perro abandonado que le devolvía el ser del espejo. Bajó el dedo y confundido agachó la cabeza , levantó con dignidad el cuello del polo y se dio la vuelta para volver paseando como si no pasase nada hasta el apartamento. Por la calle solo había algunos coches que levantaban olas al pasar mientras huían a los garajes y multitudes apelotonadas en los cristales de las tiendas, bares y restaurantes que lo veían procesionar en silencio, cabizbajo y andando despacio sobre los charcos acompañado por el lamento de los truenos.
Cuando llegó al portal estaba extrañamente tranquilo. Recogió a la perra y subieron dejando perdido el ascensor. Entraron a la casa. Fue a la alacena de la cocina, le puso un barreño con agua y un cuenco grande con comida. Mientras lo hacía se dio cuenta de que lloraba. Dejó a la perra encerrada dentro de la habitación y volvió a la cocina. Abrió un zumo de tomate y lo metió en el vaso de la batidora, le añadió medio litro de vodka, el zumo de medio limón, un chorrito de tabasco y el resto de las pastillas. Lo batió y se sentó aún chorreante en el sofá junto a ella. Le dio un enorme trago al zumo y se acomodó para ver la tele. Seguía en el mismo canal pero le daba igual lo que fuera. Un rato después pensó que el programa no estaba tan mal, que incluso podría cogerle el gusto. A medida que le vencía la modorra apoyó su cabeza en ella., echó una manta por encima de los dos y dejó la tele puesta de fondo. Se dejó mecer por la respiración rítmica de ella y mientras se dormía pensó que mañana sin falta llamaría a su suegro por lo del trabajo.

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