Tenemos que hablar
“Ahora que la mierda ya me llega hasta los ojos…”
Espaldamaceta
Sentado en el avión, el billete me recuerda que vuelo de Londres dirección al aeropuerto de Alicante. Todavía estoy aturdido. Cuatro semanas de seminarios y cursos de catas. Los sumelliers estamos de moda. Me gano la vida con mi olfato. Como dice Sara, quizás el sentido que más tengo desarrollado.
No dejo de recordar la última llamada que tuve con ella, -tenemos que hablar, le dije. Hace más de un mes que no nos vemos. Estoy nervioso. Me pongo los auriculares y cierro los ojos. Busco una play-list que me reconforte.
Antes de despegar un mensaje aparece en el móvil “have a nice flight honey, i love you”. Le devuelvo un beso y borro la conversación. No sé, si existe algún emoticono para la culpa.
Casi sin darme cuenta aterrizamos en Alicante. Al bajar del avión un sol caníbal me golpea. Agacho la cabeza y miro la sombra que me persigue. Nada que ver con Londres. Allí no hay tantas sombras, tampoco hay tanto sol.
Llego con el ánimo revuelto y demasiados remordimientos arqueando mi espalda. Camino rápido por la terminal para no pensar, quiero coger mi maleta y que un taxi me lleve lo antes posible a Benidorm. Sara me espera en el Hotel.
Pregunto en la recepción y me indican la dirección de la piscina. Algarabía, gritos y chapuzones. Madres con niños en él agua y padres bebiendo debajo de las sombrillas.
Tumbada en una hamaca, el bikini de Sara exhibe con
naturalidad una barriga desafiante. Una plenitud de vida que solo tienen las
embarazadas.
-Muy bien, pero muy agotador.
-Pues venga, comemos rápido en el buffet del hotel y
subimos a la habitación.
-Te quiero.
Mientras comemos, Sara no para de hablar. Me cuenta todas las cosas que ha comprado y la reforma de la habitación. Está eufórica. Yo estoy ensimismado, no dejo de mirar a nuestro alrededor. Demasiadas personas con platos de comida amontonada. Gente diversa y glotona. Yo solo acumulo sentimientos que no puedo digerir. No sé qué hacer, si subir a la habitación o intentar decírselo aquí mismo.
Subimos a la habitación, Sara quiere sexo. Me tumbo en la cama y ella lo pone casi todo. Se coloca encima de mí y descansa su barriga sobre mi esternón. No deja de besarme. Mi nariz se pierde en una constelación de pecas que recorren la exuberancia de sus senos y cierro los ojos. Llegan los orgasmos y algunas contracciones. Placer, dudas y miedo.
Salgo del cuarto de baño, Sara sigue tumbada en la cama. Su cuerpo desnudo parece el dibujo de “El Principito”. La boa que se ha tragado un elefante. Como te comes algo entero sin masticarlo. El libro lo cuenta, “sin moverse y durmiendo durante los seis meses que dura la digestión”. Yo llevo ocho y sigo sin digerirlo.
Cuando ese elefante salga de su tripa, me destruirá. Pisoteará todo lo que tengo. Así que estoy decidido. Me siento al borde de la cama, miro su barriga y los anárquicos pelos de su pubis. Y si se lo intento explicar ahora. Pero no puede ser, ella tan hermosa y vulnerable, yo tan cabrón.
-Sara cariño, tenemos que hablar.
-Vale, pero qué te parece si lo hablamos
cenando en un chino. -Hace mucho tiempo que no vamos. Me hace mucha ilusión.
-Vale. Me parece un buen plan. Me arrugo ante su energía.
La Muralla Feliz, indica el letrero en colores rojo y dorado de la fachada. Entramos en un restaurante silencioso, una iluminación tenue favorece la intimidad.
Un círculo de platos y más platos. Demasiados sabores. Demasiados pensamientos recurrentes hurgando en mi cordura. Demasiadas contradicciones. Demasiado licor de lagarto en mí estómago. Hago malabarismos para que no se me enrede la lengua.
Pido la cuenta y una camarera sonriente nos trae unas galletas de la suerte. Sara impaciente rompe la suya para sacar la tira de papel, pero se detiene antes de leerla.
-Venga Bruno, tú primero.
Yo muerdo la mía, la galleta dice “mira a los ojos a la persona que tienes enfrente y deséale en silencio los mejores propósitos para los dos”. Hago caso a todo menos a decirlo en silencio.
-Sara, tenemos que hablar.
Paco
Florentino

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