sábado, 24 de octubre de 2020

Orientales


- ¿Celia Losada?
- Esa soy yo. Selia Losada, para servirles.

- ¿De dónde es usted?
- Española, pero nasida en Cuba, si es lo que quiere usté saber. En Las Tunas, en el oriente. Soy sien por sien isleña, pero pura oriental. Y española. O andalusa más bien. Treinta años llevo aquí en Sanlúcar, con 18 me vine acá.

- ¿Cuál era su relación con Shaiming Zhou?
- Enamorada. Enamorada perdía estaba del chino. Yo nunca supe cuál era su nombre real. Yo lo llamaba Sao Lin, que era como lo conosíamos todos en el barrio.

- ¿Le reconoce en esta foto?
- Sí, claro, es él. Mi oriental. Mi Sao Lin lindo. Qué salado era mi chino, inspector. Los dos éramos orientales, fíjese. Cada uno de su lado, eso sí, pero orientales.

- ¿Cómo se conocieron?
- En mi trabajo. Yo trabajo en el bingo de Santa Isabel. Ahí estaba siempre, todas las tardes, siempre en el mismo puesto. En la sala rosa, en su mesa de costumbre, al ladito de la mía. Lo estoy viendo: con su camisa celeste, su pañuelo azul en el bolsillo, su sombrero de ala corta. Lindísimo. Alto, espigado. Pura elegansia. Todo un dandy era mi oriental.
No tenía mucha suerte, eso sí es sierto. Pobresito, siempre quemando cartones. Los quemaba con sus fósforos, se los traía de casa, no le gustaban los mecheros. De supersticioso tenía también lo suyo.

¿Cuándo se empezó a estrechar su relación?
- Hará unos tres meses, más o menos. Desde la escayola. Le escayolaron las piernas por el accidente, ¿sabe usté? Le pusieron una silla de ruedas y en su casa no hay ascensor. Ya me dirá cómo se las apaña uno así. Así que ahí se fue Selia a subir escaleras y a llevarle la comida. Eso sí, le enseñé a comer como debe ser. Y enamoraíta perdía me dejó.

- Siga, señora Losada.
- Bueno, yo es que le he dao de comer prácticamente a todo el barrio de Santa Isabel. A todas las señoras que viven solas y también a los señores que no se saben haser ni una triste ensalada. La soledad es bien triste para algunos, sabe usté. Y así me gano yo un sobresueldo. A ver si se creen que con la que está cayendo es posible vivir solamente siendo la asalariada de un bingo. No señor. Y también ayudo a mi Sulaima y a su esposo. Y a mi nietesito que viene en camino. Todo el día subiendo escaleras y más escaleras. Deslomada llego a casa muchas noches, inspector, pero felis.

¿Y sabe por qué, inspector? Porque yo a esas señoras no les llevo solo comida. A la señora Lola, a la señora Felisa, yo les llevo el sabor de mi isla. Les llevo mi son, mi salsa; mi sangre oriental y mi sangre andalusa. Yo les canto y les bailo. Y me arranco por soleares si hace falta. Yo les llevo la alegría, porque la soledad es bien triste. Ya lo decía mi tocaya: que las penas se van cantando. Y no hay pena que el Blades, La Lupe o el Casanovas no nos la aleje bien lejos.

Así que cuando Sao Lin se rompió las dos piernas, yo le empecé a llevar la comida a él también. Y mi salsa y mi son, claro. Y no fue nada fásil porque tenía unas costumbres bien especiales.

- Siga.
- No tenía muy buen gusto culinario, mi oriental. Muy malos hábitos tenía. Malísimos. Enganchado estaba al salami, pero lo que se dise enganchado. Venga bocadillo de salami por aquí, venga bocadillo de salami por allá. Pura obsesión.
Y a las salchichas. El vicio de las salchichas me costó mucho quitárselo.
Mi oriental era de Sichuan, la tierra del picante. Cuando abría el frasco de plástico blanco, solo con oler ese líquido rojiso ya se te saltaban las lágrimas.
Decían que las salchichas aquí las hacían tan picantes como en su ciudad. Es que mi Sao Lin era picante para todo. Qué sensual, qué pasional que era. Pura lascivia la de mi oriental. No sé de dónde le habrá salido, yo suelo desir que se le calentó la sangre estando aquí.

- Señora, no necesitamos detalles, gracias. Siga. Y abrevie, si es posible.
- Yo le dije que esas porquerías me las quitara de la vista. Dios me libre. Yo hago comida cubana y andalusa. Frijoles, tortillitas de camarones, salmorejo, lechón asado, atún ensebollao, ropa vieja, papas aliñás. Y cuando me pongo estupenda pues asalto la pescadería con unos langostinos bien frescos y unos buenos salazones.

- Al grano, por favor. ¿Qué pasó durante la comida de ayer?
- Fue por culpa de la caldosa. Por la caldosa y por el son. El son de la caldosa. La cansión. ¿No la conocen?
- No. Siga, señora Losada.

- Después de desayunar solíamos quedarnos charlando en la salita de estar porque es la más soleada y entra un calorsito bien rico. Desde la ventana se ve el solar. Allí, en el solar, mi oriental me decía que me iba a poner mi casa de comidas. Porque yo le enseñé a comer con el corasón, a saborear y a condimentar como dios manda, a usar las salsas con cabesa. Y me dijo que me iba a poner una casa de comidas porque le había traído sabor a su vida. Así, como lo oye. Qué lindo era mi chino, inspector.

Pero ese día no se encontraba bien. Tenía sudores, malestar, síntomas de resfriado, pero muy ligeros, así que no me preocupé. Le dije que se echara sobre las sábanas y le preparé mi plato estrella: la caldosa.

- Siga.
- Yo soy de Las Tunas, el lugar donde nasió la caldosa. Es un plato que tiene hasta una cansión. Se toma al fresco, en la calle, para festejar. Yo lo tomé por última vez en el aniversario del triunfo de la Revolusión, antes de volar a España y de llegar a Sanlúcar.
La caldosa se hace con carne de res y de serdo, con calabasa, con masorcas de maís. También con plátano y con…
- Al grano, señora Losada.
- Ya se arrepentirá de no haber apuntado los ingredientes, inspector.
La caldosa es un plato que levanta a los muertos, por eso se la preparé a mi Sao Lin. Escuche, présteme atensión, que le voy a cantar un pedasito:

Un día allá en Las Tunas un viejito llegó a la fiesta de Don Kike.
Quería bailar, quería gozar, pero ya no podía caminar.
Entonces Don Kike le recetó una taza de caldosa.
El viejito de un golpe se la tomó, y enseguida se puso a bailar.


- Yo lo hice todo como siempre: la calabasa, las mazorcas… El toque justo de sal y las hojas de laurel. Una cocción sufisiente. Todos los pasos los hise a consiensia. Cuando estuvo listo, le llamé. Sao Lin se levantó de la cama y se sentó a la mesa. Y comimos. Tenía mala cara, pero nada alarmante. Fui a la cocina a por un poco de agua. Y cuando volví a la mesa, allí estaba mi oriental. Con la caldosa aún resbalándole por la boca, por su camisa celeste. Mi pobre oriental.


(Maura)

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