Línea de aliteraciones.
Es sábado. Soledad sale sigilosamente sin desvelar su escapada, sin avisar a los dos seres que sestean en los sofás del salón. Soledad sabe que desaprueban sus visitas sabatinas a la Sala Super Bingo. Pero ella también detesta sus estúpidos usos, y con eso compensa las odiosas censuras.
Ezequiel, su hijo, yace embozado en una frazada sucia. Su bocaza se frunce entre voraces acezos. Es un zagal zoquete y holgazán. Circula por la vida de zambra en zambra, sin más ambiciones que zambucar trapacerías y zampar a capazos. En el fondo es un zote, un zombi zanguango, un pedazo de zuro.
Pepe, el esposo, es un pancista despreciable. Polemista impertinente, un pollino paleto que reprueba cualquier apariencia de pensamiento positivo. Un promiscuo perezoso con predisposición a la pornografía, al deporte de poltrona y a otras pasiones perniciosas. Perenne desocupado, apacienta una panza que progresa sin pausa. Y su pene -pequeño, penoso y torpe- no le aprovecha ni para putero…
Mientras sale de casa piensa en la triste existencia que le ofrece la vida. Un puesto insignificante en una asesoría oscura. Aguantar a Ricardo, su jefe arrogante y rijoso, que requiebra a las secretarias inexpertas. Ella lo sufrió hace lustros, pero su firme rechazo, y una oportuna torta, resolvió el problema sin mayores contratiempos. Ahora respeta su resolución profesional , pero la trata con brusquedad y cierto rencor reprimido. Sí, al principio trató de cambiar de trabajo, pero pocas oportunidades hay para una mujer de más de cuarenta. Y que debe mantener a un pedazo de panceta y a un zascandil zamacuco.
Pero hoy es sábado, y los sábados libra. Al salir a la calle, Soledad siente el alivio sólo con oler el aire; le alegra la luz de la tarde, el color de los árboles. Su aliento se libera mientras deambula tranquila hasta la sala Super Bingo Alameda, en Alameda 25 bajo. Pero ella pasa de largo y se detiene en el 27. Llama al telefonillo, soy yo, te abro, y sube al segundo izquierda. Allí la espera Luis, un amigo complaciente con quien pasará una tarde de libertad y sexo sin limitaciones. Esa, y no la lotería para lelos, es su ludopatía real. Mientras su patética familia vegeta en la tarde del sábado, Soledad libera su libido y acumula ilusiones en el alma.
Cuando regresa, a la noche, la panza permanece postrada en la misma postura. Una peli porno en la pantalla de plasma y tres latas de cerveza sobre la mesita. Al menos se ha desplazado hasta la despensa. El zángano ya ha salido, volverá de madrugada. Entonces el pesado inoportuno le espeta con desprecio. Mira que eres tonta, toda la tarde en el Bingo. Por lo menos habrás ganado algo, ¿no?.
Poco, hoy estaba casi vacío y los premios han sido pequeños.Y solo he cantado una línea.
Realmente han sido tres líneas, cavila maliciosa al entrar en la alcoba para cambiarse de ropa.
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