domingo, 29 de noviembre de 2020

Nubosidad Variable





El reloj marca las 23:00 y el sol entra a través de los visillos. Me levanto, me enfundo en mi elegante traje de algodón nuevo, cojo mi sombrero y el parasol que tanto me ha costado encontrar a mi gusto y me lanzo a la calle. Me encanta la nueva moda: las gafas de sol, los tejidos frescos, los rickshaws motorizados que te llevan por toda la ciudad... Es el eterno verano. Salgo corriendo hacia la avenida. Necesito encontrar a Leslie. Seguro que estará en uno de los garitos con aire acondicionado de la avenida, así que cojo el primer Rickshaw que pasa y me dirijo hacia allí.  Aunque claro, nunca se sabe por que, todo esto del verano sin fin ha acabado por trastocar vidas y costumbres. Antes, solíamos practicar remo y vela entre semana, cuando no había nadie, pero ahora la playa está repleta todos los días del año, mañana y noche. Especialmente los fines de semana. Así que dudo que Leslie o cualquiera de nuestro círculo se aventure por allí ahora. Desde lo que denominamos la gran avalancha, casi todos hemos vendido los barcos que teníamos atracados en la ciudad, con gran beneficio por que no decirlo, para trasladar las reuniones a los garitos del centro, a los clubs o a las fincas en la montaña y así alejarnos del calor y de la chusma invasora y poder volver a ser lo que siempre hemos sido: Exclusivos. 


    Os juro, aunque la mayor parte no me creáis o digáis que exagero, que todo esto del verano perpetuo ha sido culpa de Leslie. Nos conocimos hace apenas dos semanas, justo el día que rompí con Karen ¡Oh, que animal tan encantador! ¡Tendríais que haberla visto! En fin… Tuve la suerte de que, al ser Leslie pariente lejana de los Lauton, viejos socios de papá en la capital, me enviaran a buscarla al aeropuerto como recibimiento. Bueno pues, como os decía,  fue justo cuando ella bajó las escalerillas de su pequeño jet , cuando la quincena de vientos locos y racheados que habíamos tenido que soportar sin tregua paró. Así, de repente. Se que pensáis que puede ser una casualidad, pero no estabais allí para verlo. Si hubieseis estado, habríais visto como, a pesar de que estaba soplando un aire del demonio, que obligaba a todo el mundo a ir sin sombrero y con ropa ajustada para evitar que se hinchase y saliera volando, ella atrevida se aventuró a salir del avión con una falda campana, e inmediatamente, el viento como si le tuviese miedo, paró su aullido y se fue dejando un cielo limpio de nubes. Además, y no quiero parecer presuntuoso, pero me atrevería a asegurar que fue justo después, cuando levantó sus ojos azules sonriéndome, cuando además de dejar de soplar aquel viento huracanado, el sol se paró. Sí, se paró. En seco. Incluso juraría que salio un breve arco iris, aunque eso sí que no puedo asegurarlo, pues ya no pude apartar los ojos de ella. Estaba hechizado. Y así fue, desde aquel momento, el sol ya no ha vuelto a ponerse. Yo lo llamo, claro, el efecto Leslie. Ya han pasado casi 15 días desde que llegó y el mundo está patas arriba, pero quien puede preocuparse de eso estando ella en la ciudad. Lo cierto, es que desde que llegó, nos tiene a todos comiendo de su mano mientras revoloteamos a su alrededor. Se hizo con el control de la situación en seguida: Un par de invitaciones por aquí, una fiesta por allá ¡ét voilá! Dos días después de llegar, absolutamente todos comentaban su forma de vestir y sus exquisitas y sutiles maneras de la capital, tan relajadas. 


    Por fin el Rickshaw llega a la avenida y le mando parar. Lanzo al vuelo unas monedas al conductor, extiendo el fantástico parasol nuevo y salto desde el pescante hasta la mitad de la acera, orgulloso como un gato al evitar pisar el alquitrán caliente. Entro en el primer bar que me sale al paso. Está lleno de gente que evita el calor de la calle y disfruta bulliciosa de la música, las bebidas y el aire acondicionado. Pido un martini y me acomodo en una mesa pequeña que acaban de dejar libre. Leslie no está aquí, pero ya se sabe que en la vida no hay que tener prisa por llegar, sino que hay que disfrutar el camino, así que tras varias luchas enconadas por quien invita a la siguiente ronda consigo terminar la copa y escapar ileso de los lestrigones, las brujas y los cíclopes que habitan esa encantadora cueva. Victorioso, con la cabeza bien alta, la corriente me lleva al siguiente bar donde se repite la operación. Dos bares más tarde, cuando empiezo a encontrarme realmente cómodo en el traje recién estrenado, entra corriendo Sandy Schumacher y mira con urgencia por toda la sala buscando a alguien. Me intento hacer transparente a base de mirar fijamente a través del cristal que da a la calle pero no tengo suerte. Me ve, se acerca a mi mesa con la sangre agolpada en las mejillas y se sienta frente a mí sin siquiera saludar, hablándome muy deprisa.

—¡Oh, John! no sabes como me alegro de verte.

—¿Es porque soy judío? —digo muy serio interrumpiendo su parloteo.

—No, por que iba a… ¿Eres judío?

—Se ve que no necesitas dinero.

—No, claro que no —dice extrañada —Sólo estaba buscando a los del grupo, bueno… a Leslie. Es que quería invitarla a mi casa el fin de semana para que la conocieran papá y mamá.

—Por supuesto. Entonces lo que necesitas es un guía. Yo estaba pensando en volverme a casa, pero ya sabes que por ti hago lo que sea. Termino la copa y te acompaño.

—Gracias, John, pero date prisa o tendrá otros compromisos que atender.

—No creo que sean tan importantes como el que le vas a proponer, Sandy. Estará encantada de ir. Al fin y al cabo las comidas de tu madre son famosas en todo el valle —digo guiñándole un ojo mientras me levanto, cojo el sombrero y el parasol y le tiendo el brazo para que se agarre.

—Eres un sol, John. ¿Verdad que vendrás tu también? Ya sabes que a papá le encanta verte —dice poniendo morritos.

—Es posible, Sandy, es posible —contesto sin darle importancia y saliendo del bar andamos calle abajo parándonos en las cristaleras de los bares a ver si vemos a Leslie. El sol ilumina nuestro paseo como un potente foco y nuestra graciosa y elegante figura se multiplica al pasar por todas las superficies reflectantes que están instalando por todas partes para evitar la radiación solar. Vernos debe ser encantador, lástima que la calle este tan desierta.


    No tenemos que deambular mucho hasta encontrarla. Está en la terraza cubierta de la azotea del Darling´s. Nada más salir del ascensor, le hago un gesto discreto a Carlo, el camarero, para que me sirva un martini. Allí está ella, al fondo, de pie, sola. Contemplando la ciudad a sus pies, apoyada ligeramente en la barandilla junto a una mesa alta. Elegante, con una falda lápiz negra y camisa blanca. Las gafas de sol blancas y negras cerradas en el hueco de la mano y apoyadas suavemente bajo la barbilla. La línea blanca del cuello destaca bajo el pelo recogido y la pamela. Parece recién salida de una vieja película italiana. No he visto un animal tan hermoso en mi vida. Sandy se suelta de mi brazo y vuela a su lado posándose solícita en la barandilla. Ella se gira sorprendida, como si despertase. Se da la vuelta y apoyándose con los codos hacia atrás en la barandilla le lanza a Sandy el alpiste de su sonrisa mientras me mira de arriba abajo, aquilatándome, sonriendo de medio lado. Noto como el tiempo se ralentiza levemente y una sensación de vacío en el estómago. Me salva Carlo, que llega con mi martini en su bandeja. En cuanto me tiene a su alcance Leslie, se acerca mucho, lentamente, alza una mano como si me la ofreciese para besársela y antes de que pueda reaccionar la baja metiendo el índice y el corazón en mi copa para hacer pinza y robarme la aceituna. La sostiene brevemente sobre la copa, para que a la aceituna y a mi nos caigan un par de gotas, y se la mete en la boca sin dejar de mirarme a los ojos, dejándola sobre sus labios rojos unas décimas de segundo más de lo decoroso. Lo justo para que se note un poco más el calor del sol nocturno y empiece a apretarme el cuello de la camisa. Luego me mira con sus ojos brillantes, divertida y la muerde orgullosa con los incisivos. Trago saliva, y por un momento me siento como la aceituna: sólo, húmedo y con un agujero en el centro. Sandy sigue parloteando, pero yo al menos no soy capaz de escucharla. Los atronadores latidos de mi corazón se rebajan al acompasarse con las primeras notas de una trompeta que intenta convocar la melancolía de un atardecer que nunca llega. "Alone Together" de Chet Baker. Sonrío triste. Es la historia de mi vida. 
    Leslie acepta la invitación de Sandy y se la quita de encima con elegancia antes de invitarme a dar un paseo. Nunca he sido más feliz que ahora, paseando de su brazo bajo el sol de madrugada, oyéndola reír. Pasamos la noche juntos en el viejo apartamento que tiene su familia frente a la marina. Es maravilloso. 
    Cualquiera diría que esta mañana tendría que estar contento y os juro que lo estoy. Bueno, lo estaba, al menos hasta que he visto a Vivian salir de la boutique del hotel Central cargada hasta arriba de bolsas y se le ha roto un tacón. Se lo que me vais a decir, pero es que, en el justo momento que en que el tacón se ha roto, me ha mirado a los ojos sonriendo y el sol ha arrancado de nuevo. Han aparecido las nubes como por arte de magia y ha empezado a llover. ¡Ay, qué efímero es todo! Bueno, por lo menos el parasol que tanto me había costado encontrar sirve de paraguas. En la previsión dan al menos 15 días de lluvias.

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