domingo, 29 de noviembre de 2020

NONAIT

EL MUNDO DE NONAIT (Delia) 

Érase una vez una niña llamada Delia a la que le gustaba quedarse a pasar algunos fines de semana en la casita del bosque con su Yaya. No estaba del todo aislada, a unos minutos andando había otros vecinos cerca y, a dos kilómetros, el pueblo. La Yaya vivía allí gran parte del año, aunque también le gustaba el bullicio que le daba otra vivienda que tenía en Valencia, cerca de sus tesoros, como llamaba a sus hijas y nietas. En la ciudad podía visitar librerías, cines, conciertos, alguna ópera, pasear por la playa... En su casita del bosque era distinto, los sonidos de los pájaros en la mañana, los aromas, las tareas sencillas de la casa, los animales que se acercaban a su puerta para ver si caía algo para comer, sentir sus propios pensamientos, cómo se ordenaban como los libros en una estantería…, todo ello hacía que se sintiera feliz. A Delia le atraía mucho estar en el campo, como decía su yaya. Podía correr sin coches o bicicletas por el medio. Gritar, sin que nadie le dijera que bajara la voz. Aunque lo que más le atraía era el bosque. En la pinada siempre encontraba algo que le llamaba la atención, buscaba piedras, huellas, animales entre los matorrales, en el río… El tiempo que pasaba allí, no le interesaba el móvil. Además en la mayoría de sitios no tenía cobertura y en la casa sólo en un rincón de la ventana que había cerca de la chimenea. La yaya siempre le aconsejaba que no se metiera en el bosque sola. Que había trampas de cazadores y que contaban los ancianos del pueblo que alguna persona que entraba no la habían vuelto a ver más. Así que lo primero que hacía Delia era jugar cada vez más cerca de ese lugar. Con la yaya sí que paseaba por allí, pero sin adentrarse mucho. Cogían flores, piedras, plantas aromáticas para infusiones, le enseñaba a coger setas que se podían comer, moras… Cuando caía el Sol y empezaba la noche se quedaban mirando el cielo. Allí parecía que las estrellas eran más grandes y estaban más cerca que en ningún otro sitio. Le enseñaba el Lucero del Alba, la Osa mayor, la estrella Polar que siempre señalaba el Norte, la Luna… y estrellas fugaces para pedir deseos. Esa mañana Delia, después de comer gachas con miel y un gran tazón de leche de cabra se dirigió al bosque, su propósito era entrar en él. Lucía un Sol que notó en su cara, dejó pasar unos instantes con los ojos cerrados notando el calor suave de sus rayos, el cielo prácticamente no tenía ninguna nube. Una última mirada a la casa por si la yaya miraba e inició el camino. La niña tiene 6 años. Quizás se piense que es poco tiempo. No menospreciemos ninguna edad, quizás no nos acordemos, pero la cabeza siempre bulle, aunque seas bebé. Ya entre los árboles se paró en medio de un claro en el bosque. A veces la naturaleza también genera sus plazas. Se puso justo en el centro y giró sobre si misma mirando todo a su alrededor. Rápidamente y sin saber cómo, se vio en medio de una niebla espesa. Pensó que si se movía un poco saldría de ella. Pero no fue así, la niebla se hizo tornado y la engulló, no sabría decir si para arriba o para abajo. La niebla se disipó tan rápida como vino y se encontró en un paisaje con sol sin nubes. Los colores muy vivos en todo lo que la rodeaba, como pintado con rotuladores. Lleno de mariposas, abejas con tutú que iban de flor en flor y seres pequeñitos revoloteando que parecían hadas. Por un momento deseó quedarse allí para siempre. Vio moverse una mata y se acercó. No podía creer lo que veía -¿Eres un duende? –le preguntó, viendo las orejas extrañas que tenía con forma redonda de ratón -¿Un duende? ¡No!, soy un tipotopo me llamo Pichí –la miró enarcando una ceja- ¿Y tú quién eres? -¡Oh! Me llamo Delia. ¿Dónde estoy? No conozco este lugar -Estás en Nonait -¿No nait? Suena a no noche. Lo digo porque estoy aprendiendo inglés en el colegio… -se calla parece que Pichí se ha molestado-. -Noche, noche… aquí no hay noche –dijo frunciendo el labio-. Aquí siempre está el Sol que lo ilumina todo. Dicen los mayores que en algún lugar sí que se mueve el Sol de sitio y desaparece, pero aquí no. Le cogió la mano y estiró de ella. Ella empezó a llorar, y él le dijo -No llores ahora. Yo te diré dónde tienes que llorar. Se acercaron a un lugar lleno como de tiendas de campaña, pero más grandes. Abrieron una especie de puerta y se asomaron dentro. Había multitud de haditas llorando dentro de sus jaulas pequeñas. Las lágrimas caían como en un embudo y eran recogidas por un gran tonel. -Aquí puedes llorar y te recogerán el agua que mana de tus ojos –le dijo a la niña que lo miraba horrorizada -Yo no quiero llorar más. Quiero salir de aquí –la llevó fuera y le explicó que el agua y todo líquido era un bien muy preciado ya que el Sol lo secaba todo-. Entraron en otra tienda. Aquí había más tipotopos. Todos estaban trabajando, hacían sombrillas preciosas de colores y sombreros de todas las formas y tamaños. Y le explicó: -Al salir al exterior nuestra piel se resiente con el Sol, por eso debemos cubrirnos la cabeza y el resto del cuerpo. Te noto cansada ¿quieres que te lleve a una cueva para descansar? -¿Una cueva? Me dan miedo las cuevas. No me gusta la oscuridad. Quiero volver con mi yaya Pichí, se puso triste. Quería seguir enseñándole el resto del poblado. Deseaba que la niña se quedara. Podía ser muy bueno que viviera con ellos, sobretodo por la cantidad de lágrimas que podían acumular de ella. Se quedó en silencio a lo largo del camino. La acompañó al mismo sitio donde la había encontrado. Ella se acercó a él y lo abrazó diciendo: -Puedes visitarme cuando quieras. Yo te enseñaré los atardeceres y el amanecer. La Luna y las estrellas. El sonido del agua y poner los pies en el río. Donde vivo tiene también muchos colores como aquí, pero son más como pintados con acuarelas. Colocó los pies en el mismo sitio que antes los había puesto. Le envolvió la niebla y cuando se disipaba oyó una voz a lo lejos. -¡Deliaaaaa! ¡Deliaaaa! Contéstame por favor. ¿Dónde estás? -Aquí, yaya. Aquí. La mujer aceleró el paso hacia la voz de su nieta. -¿Porqué te has adentrado en el bosque sin nadie que te acompañara? No lo vuelvas a hacer, me he asustado mucho. La niña miró la cara de su yaya, tenía lágrimas en sus ojos, y dijo: -A Pichí le hubiera gustado recogerte las lágrimas en un cuenco precioso -Pero ¿qué dices? -He estado en Nonait, allí no se pone el Sol -Cariño ¿tienes fiebre? –dijo tocándole con la mano la frente-. No digas eso. Sería terrible que el Sol no se escondiera La cogió en brazos, la niña apoyó la cabeza en el hombro de la yaya. Y le dijo: -Lo sé -¿Cómo vas a saberlo tú? –dijo la yaya-. Dicen los sabios que si la Tierra dejara de girar sería una catástrofe, la mitad del planeta se quedaría en el día y la otra mitad en la noche. Se perdería la gravedad. Seríamos atraídos por el Sol poco a poco. -¿Qué es la gravedad Yaya? -Es como un imán que te hace mantenerte de pie –la yaya inició el camino hacia la casa- por ejemplo la mesa sobre sus cuatro patas, nosotros sobre las dos piernas, también podemos ir a gatas como los animales… Mira cuando tú te caes, siempre alguna parte de tu cuerpo es atraída por el suelo ¿verdad? En tu caso como te mueves tanto son las manos o tu culo jajajaja La niña rió también y dijo: -Yaya yo siempre querré ver los atardeceres contigo, desde tu sillón verde-azul, porque desde ahí se ven de colores -Mira cariño –le contestó- no hace falta verlos desde el sillón gírate y mira. Hoy es de color rosa, lila, azul e incluso hay reflejos amarillos. -Si yaya, pero cuando en el colegio digo a mis amigos que el Cielo no es solo azul, no se lo creen y se rien. -Tranquila, eso es que no se paran mucho a mirarlo. Algún día lo harán y dirán -¡Qué razón tenía Delia! La niña bostezó. La yaya abrió la puerta de la casa. Se sentó en el sillón verde-azul. Recostó a Delia en su halda y las dos se quedaron mirando cómo se escondía el Sol a lo lejos Y colorín colorado, este cuento se ha acabado

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