Otto
Se encuentra participando en un congreso de científicos a las
afueras de Berlín cuando una melodía arranca a Otto del sueño. No acierta al
primer intento, si al segundo. Coloca su índice en un círculo de la pantalla y el
móvil deja de sonar.
Sobre el techo negro de la habitación hay dibujado un
firmamento y las cortinas le arropan con motivos astrofísicos. Otto está
rodeado de constelaciones y planetas. -En este hotel se cuidan los detalles,
piensa.
Se aproxima a la ventana y cierra los ojos. Intenta acostumbrarse
a un sol arrogante e insolente. Agacha la cabeza sometido ante las dentelladas
de luz y estira un brazo, bosteza, mete una mano en el calzoncillo y se palpa
los testículos fríos. Son las seis de la mañana. Otto esta solo frente a una
ventana hinchada de luz. Desde allí puede leer una pintada que alguien
ha dejado en un muro:
¿WER HAT UNS
DIE NACHT GESTOHLEN? (¿Quién nos ha robado la
noche?)
No es una pregunta, es la expresión taxidermista de un grito
disecado. Un interrogante que persigue a media humanidad y que todavía no tiene
respuesta. Los expertos no se ponen de acuerdo.
Otto enciende la televisión. Un portavoz del gobierno alemán
habla sobre un Congreso de científicos. Interviene el jefe del servicio de
emergencias climáticas y asegura que se trata de un fenómeno aislado y de corta
duración.
La presentadora muestra disturbios en las calles. La
ciudadanía está dividida. Unos apoyan la postura institucional y el resto piensa
que el gobierno miente, el fin del planeta está próximo. Los eufóricos solares
contra los negacionistas siniestros defensores de la noche.
La versión oficial informa que se trata de un desfase de fuerzas
astrales, los campos magnéticos se han desequilibrado transitoriamente
provocando que la tierra deje de orbitar para mantenerse fija en el espacio. Ya
no existe matrimonio entre día y noche, solo hay días infinitos.
Los informativos del canal de noticias ZDF transmiten desde
la puerta de un Club Berlines, antes conocidos como catedrales de la
electrónica underground. Ahora se han convertido en un símbolo de resistencia
climática. Capillas de adeptos y principales santuarios de culto de la añorada
noche. Afters repletos de gente en trance sumidos en oscuridad y música.
Otto apaga el televisor. Antes de abandonar la habitación, coge
el imán con forma de estrella fugaz pegado a la puerta del minibar y lo
introduce en su bolsillo.
A la salida del hotel Otto tropieza con un vagabundo que pregona
el fin de la humanidad. El viejo grita con un megáfono mientras dirige sus
gafas de sol polarizadas a un cielo inflado de luz. Se aleja arrastrando un
carrito de la compra como un astronauta acompañado de su equipo móvil de supervivencia.
Otto se dirige al Berlín Congress Center, allí debe
exponer frente a un foro de expertos las consecuencias del nuevo orden cósmico.
Otto es biólogo, se siente cansado y absurdo de tener que explicar una nueva
enfermedad “el síndrome de la euforia solar”. Mientras físicos y astrónomos solo
hablan de física quántica, fotones y rayos gamma, Otto intenta mentalizar a la
sociedad sobre las consecuencias biológicas de un sol inmortal, sin ocaso.
Los ciclos menstruales, las mareas y el crecimiento de las
plantas están alterados por completo. Las relaciones personales se han
transformado. La presencia constante del astro sol ha modificado nuestra
conducta y la forma en que nos relacionamos.
Tan importante es la presencia perpetua de la estrella solar,
que la fuerza de la gravedad, ese pegamento invisible que nos une a la tierra se
está debilitando. Este nuevo magnetismo provoca que las personas dejen de tener
los “pies en la tierra”, hay cierta ingravidez personal. La humanidad se ha
vuelto más liviana. Demasiado ligera en la toma de sus decisiones.
Por otra parte, hay animales que se van excitando hasta que
mueren de estrés lumínico. Otros, como los hámsters, se niegan a dar más
vueltas sobre sus rodillos hasta que no llegue la noche.
Otto es alto y ligeramente cargado de
espalda, síntoma de cierto abatimiento existencial. Camina mirándose la punta
de sus zaparos. Alguien ha pintado en el pavimento algo que simula una vía
láctea. Pasa delante de una guardería decorada con lunas de cartulina que los
niños han recortado y le sobreviene una sensación de melancolía. Otto está agotado, tanto hablar del
sol y de días infinitos, siente que su vida también se va disecando.
La vía láctea le conduce por las calles de Berlín hasta detenerse
frente a un club, Dunkle Utopie (Oscura utopía), indica el cartel de la fachada.
Otto ya no da más de sí, piensa que es momento de hidratar
sus ideas. Antes de entrar mete la mano en el bolsillo y aprieta fuerte el
abridor en forma de estrella fugaz.
En el interior, música dramática y apocalíptica. Un terremoto
electrónico, donde unos cuerpos se restriegan con otros. Un ruido cegador acompañado
de convulsiones epilépticas de luz negra que resalta los dientes, la caspa y el
blanco de los ojos.
Al fondo del local, un desconocido reparte estímulos químicos
en forma de media luna. Otto se dispone a participar de la Liturgia drogadicta
y se aproxima al extraño. Abre la boca y recibe la comunión química. Comienza
la eucaristía cósmica y el viaje por las sombras. Otto pasa las horas entregado
a una orgía de ensoñaciones lunares.
Es tarde y Otto abandona el club con la esperanza de abrazar
una noche de alquitrán. La realidad le golpea de nuevo, a la salida, un
arponazo de luz lo ciega de tristeza. Llora.
Paco Florentino
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