domingo, 29 de noviembre de 2020

Otto (Paco Florentino)

 

Otto

Se encuentra participando en un congreso de científicos a las afueras de Berlín cuando una melodía arranca a Otto del sueño. No acierta al primer intento, si al segundo. Coloca su índice en un círculo de la pantalla y el móvil deja de sonar.

Sobre el techo negro de la habitación hay dibujado un firmamento y las cortinas le arropan con motivos astrofísicos. Otto está rodeado de constelaciones y planetas. -En este hotel se cuidan los detalles, piensa.

Se aproxima a la ventana y cierra los ojos. Intenta acostumbrarse a un sol arrogante e insolente. Agacha la cabeza sometido ante las dentelladas de luz y estira un brazo, bosteza, mete una mano en el calzoncillo y se palpa los testículos fríos. Son las seis de la mañana. Otto esta solo frente a una ventana hinchada de luz. Desde allí puede leer una pintada que alguien ha dejado en un muro:

¿WER HAT UNS DIE NACHT GESTOHLEN?  (¿Quién nos ha robado la noche?)

No es una pregunta, es la expresión taxidermista de un grito disecado. Un interrogante que persigue a media humanidad y que todavía no tiene respuesta. Los expertos no se ponen de acuerdo.

Otto enciende la televisión. Un portavoz del gobierno alemán habla sobre un Congreso de científicos. Interviene el jefe del servicio de emergencias climáticas y asegura que se trata de un fenómeno aislado y de corta duración.

La presentadora muestra disturbios en las calles. La ciudadanía está dividida. Unos apoyan la postura institucional y el resto piensa que el gobierno miente, el fin del planeta está próximo. Los eufóricos solares contra los negacionistas siniestros defensores de la noche.

La versión oficial informa que se trata de un desfase de fuerzas astrales, los campos magnéticos se han desequilibrado transitoriamente provocando que la tierra deje de orbitar para mantenerse fija en el espacio. Ya no existe matrimonio entre día y noche, solo hay días infinitos.

Los informativos del canal de noticias ZDF transmiten desde la puerta de un Club Berlines, antes conocidos como catedrales de la electrónica underground. Ahora se han convertido en un símbolo de resistencia climática. Capillas de adeptos y principales santuarios de culto de la añorada noche. Afters repletos de gente en trance sumidos en oscuridad y música.

Otto apaga el televisor. Antes de abandonar la habitación, coge el imán con forma de estrella fugaz pegado a la puerta del minibar y lo introduce en su bolsillo.

A la salida del hotel Otto tropieza con un vagabundo que pregona el fin de la humanidad. El viejo grita con un megáfono mientras dirige sus gafas de sol polarizadas a un cielo inflado de luz. Se aleja arrastrando un carrito de la compra como un astronauta acompañado de su equipo móvil de supervivencia.

Otto se dirige al Berlín Congress Center, allí debe exponer frente a un foro de expertos las consecuencias del nuevo orden cósmico. Otto es biólogo, se siente cansado y absurdo de tener que explicar una nueva enfermedad “el síndrome de la euforia solar”. Mientras físicos y astrónomos solo hablan de física quántica, fotones y rayos gamma, Otto intenta mentalizar a la sociedad sobre las consecuencias biológicas de un sol inmortal, sin ocaso.

Los ciclos menstruales, las mareas y el crecimiento de las plantas están alterados por completo. Las relaciones personales se han transformado. La presencia constante del astro sol ha modificado nuestra conducta y la forma en que nos relacionamos.

Tan importante es la presencia perpetua de la estrella solar, que la fuerza de la gravedad, ese pegamento invisible que nos une a la tierra se está debilitando. Este nuevo magnetismo provoca que las personas dejen de tener los “pies en la tierra”, hay cierta ingravidez personal. La humanidad se ha vuelto más liviana. Demasiado ligera en la toma de sus decisiones.

Por otra parte, hay animales que se van excitando hasta que mueren de estrés lumínico. Otros, como los hámsters, se niegan a dar más vueltas sobre sus rodillos hasta que no llegue la noche.

Otto es alto y ligeramente cargado de espalda, síntoma de cierto abatimiento existencial. Camina mirándose la punta de sus zaparos. Alguien ha pintado en el pavimento algo que simula una vía láctea. Pasa delante de una guardería decorada con lunas de cartulina que los niños han recortado y le sobreviene una sensación de melancolía. Otto está agotado, tanto hablar del sol y de días infinitos, siente que su vida también se va disecando.

La vía láctea le conduce por las calles de Berlín hasta detenerse frente a un club, Dunkle Utopie (Oscura utopía), indica el cartel de la fachada.

Otto ya no da más de sí, piensa que es momento de hidratar sus ideas. Antes de entrar mete la mano en el bolsillo y aprieta fuerte el abridor en forma de estrella fugaz.

En el interior, música dramática y apocalíptica. Un terremoto electrónico, donde unos cuerpos se restriegan con otros. Un ruido cegador acompañado de convulsiones epilépticas de luz negra que resalta los dientes, la caspa y el blanco de los ojos.

Al fondo del local, un desconocido reparte estímulos químicos en forma de media luna. Otto se dispone a participar de la Liturgia drogadicta y se aproxima al extraño. Abre la boca y recibe la comunión química. Comienza la eucaristía cósmica y el viaje por las sombras. Otto pasa las horas entregado a una orgía de ensoñaciones lunares.

Es tarde y Otto abandona el club con la esperanza de abrazar una noche de alquitrán. La realidad le golpea de nuevo, a la salida, un arponazo de luz lo ciega de tristeza. Llora.

 

Paco Florentino


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