Los asteroides, a veces, se acercan. Aunque no contemplen aproximarse a la Tierra en su periplo por el sistema solar, puede que terminen irremediablemente por hacerlo a causa de enrevesadas conjunciones gravitatorias que alteran su órbita. Vistos de cerca, esta especie de desechos de la construcción planetaria resultan poco atractivos. Pero, si cruzan nuestra atmósfera, su destello vuelve mágica la noche.
No sé por qué me ha venido esta imagen a la mente cuando he pensado en él. Quizás por esa frialdad pétrea, tan suya. O por lo de desecho. O puede que sea porque volvió mágica una noche. Pero la magia y la destrucción pueden ir de la mano. ¿Acaso no fue un asteroide el que acabó con los dinosaurios en una Tierra más joven?
Aquel último día del año, el universo se empeñó en conspirar contra mí. Yo tenía que estar en otra parte. En otra ciudad. En otro mundo. Mis planes se rompieron por un viaje aplazado a última hora. Y ahí estaba yo, con una chistera de cartón happynewyear en la cabeza a juego con mi labial rojo de larga duración, perfecto para una noche eterna. Y ahí estaba él, en el extremo de la pista de baile hacia el que rodó mi chistera, más que harta –ella también– de los trasiegos de la conga de Jalisto. Toda una maraña de casualidades, de fatalidades.
Él habría pasado de largo en otras circunstancias, como muchas otras veces antes. Yo, también. Pero la noche densa, vibrante, etílica, que invitaba a desinhibirse, a acercarse al precipicio un poco más, dispuso el escenario ideal para que nuestros ojos, nuestros cuerpos, autómatas, se quedaran entretenidos más de la cuenta. La noche, desgastada, agonizaba lentamente. Me pregunto todavía hoy de dónde sacamos la energía para estirarla un poco más. Me pregunto todavía hoy qué habría sido de mí si nos hubiéramos desvanecido al alba y retirado dignamente, cada uno por su lado.
Cinco años después él está más cerca que nadie de mí. A medio metro. Así es como camina cuando vamos juntos, siempre a medio metro por delante de mí. A medio metro también en la cama. Cinco años después, tras haberme acostumbrado a respirar a través de él, a ver a través de sus ojos, estamos los dos sobre un mismo escenario representando cada uno una obra distinta. A medio metro. Yo, improvisando, sin guion.
He aprendido a callar mientras él agotaba las palabras. He descifrado los códigos del silencio y me muevo bien por él, del mismo modo que me muevo por la casa a oscuras, sin tropezarme con ningún mueble. El silencio del que cada vez nacen menos palabras solo se rompe cuando el WhastApp me avisa de que ha llegado un mensaje. Tengo mis grupos silenciados y a mis familiares con tonos sutiles. De los mensajes de mi marido me avisa el tono "cuco" (no hay que dejarse seducir por el canto de este pájaro, que pone sus huevos en nido ajeno y que, al nacer el polluelo, se deshace de los huevos y polluelos de su anfitrión, colonizando totalmente el nido).
♫ (cucú) No ceno en casa
OK ✓✓
Los corazoncitos rojos hace tiempo que se extinguieron de nuestros mensajes.
“Se ruega al propietario de un Mazda rojo con matrícula CXS 6388 que acuda inmediatamente a su lugar de estacionamiento en el segundo sótano...”
Me encuentro en la planta tercera de los grandes almacenes cuando oigo el mensaje por megafonía. Suelto la manga de la camisa DKNY que tengo en la mano y me dirijo con premura hacia las escaleras de bajada. A pesar de la mascarilla y del tamaño del ascensor, no me apetece encerrarme en él con más gente. El peregrinaje es eterno; hay que guardar las distancias y la escalera mecánica se mueve perezosamente. En la planta baja se interrumpe y tengo que buscar la bajada por otro lado.
Al final llego al segundo sótano. La zona de parking, lúgubre y más bien decrépita, contrasta con el brillo de las plantas superiores. Me quedo clavada al suelo, mirando a mi alrededor, buscando el vehículo bajo la luz mortecina. Meto la mano en el bolso con la esperanza de pulsar el mando del Mazda para que me guiñe los ojos y me encuentre él a mí. Las llaves del coche no están. De hecho, llevo un minibolso en el que solo caben un par de tarjetas, el móvil y la llave de casa. De hecho, no recuerdo haber cogido el coche. De hecho, nunca lo cojo para ir al centro, a tan sólo quince minutos andando de casa. De hecho ...
Cuando todo deja de dar vueltas y recupero el equilibrio salgo a la calle. A respirar su luz. Mi único pensamiento es que no puedo contarle esto que me ha pasado a mi marido. No podría soportar otra vez su condescendencia impostada. No pasa nada –me susurraría con palabras pegajosas– eres un poco despistada, nada más.
–Has debido de ser tú –me dijo cuando, al llegar casa de mi revisión anual en dermatología, le conté que no me habían atendido porque alguien había cancelado la cita. Yo no recordaba haberlo hecho.
–No pasa nada, damos una vuelta y cenamos –me sugirió cuando en la taquilla del teatro no estaban las entradas que había reservado dos semanas antes.
–Tengo el mensaje, mira –insistía yo.
Pero me dijeron que había habido una cancelación. Que comprobara mi cuenta y vería que había un reintegro con el importe. Y así fue. Pero yo no recordaba nada. ¡Joder! ¡Cómo no iba a pasar nada!
–¿Has visto mi libro? –le pregunto en otra ocasión–. El que estaba leyendo esta mañana.
Y el libro estaba en la estantería, donde suelo dejarlos cuando los termino, pero nunca antes.
Coleccionista de despistes. Así es como me llama últimamente. Pero esto del coche... ¿Es que el capullo de mi marido me quiere volver loca? (Recuerdo "Luz de gas", la película de Cukor.) No tiene sentido. ¿Estará jugando? ¿Y si el loco es él?
♫ (cucú) ¿Dónde estás?
Con Cris, en una terraza ✓✓
Miento sin pensar. Tengo que llamar a Cris enseguida, por si acaso, hace casi un año que no he hablado con ella.
♫ (cucú) ¿No ibas al Corte Inglés?
Cambio de planes ✓✓
♫ (cucú) OK
Paso la tarde callejeando por el centro. Mis pensamientos van dando tumbos de una esquina a otra. Me pregunto cuándo fue la última vez que tomé una decisión.
♫ (cucú) No iré a cenar
OK ✓✓
No ha pasado una hora cuando me llega otro mensaje.
♫ (cucú) Al final sí que ceno en casa
Yo no ✓✓
♫ (cucú) ?
Cenando fuera ✓✓
♫ (cucú) ?
Con Cris ✓✓
Otro cucú y dejo caer el móvil bajo las ruedas del primer autobús que pase.
Me dirijo sin prisa hacia casa. Lo veo llegar desde el otro lado de la calle, con el Mazda rojo. Entra en el garaje. Unos minutos después se iluminan las ventanas. Una hora después se apagan. Aun así espero media hora más. Abro la puerta. Él está a oscuras, en el salón. Enciende la lámpara junto al sillón. Me interroga con la mirada. Le contesto, con la mirada (todavía llevo la mascarilla). No entiende los códigos del silencio. La magia ha terminado. Solo quedan desechos.
–Vete a la mierda –le digo. Y cierro la puerta.

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