Al principio todo era oscuridad. Tan sólo un leve parpadeo de un guión sobre una pantalla negra. Con un ligero click todo empezó a tomar sentido. Decenas de caracteres en un idioma incognoscible se fueron adueñando de la pantalla. Al fin, un gran logo en forma de W iluminó de azul la habitación.
Jacinto se acomodó en una silla que más bien se asemejaba al asiento de un piloto de fórmula uno. Hoy era un gran día. Mejor dicho, hoy era el gran día.
Encendió la pequeña cámara adosada a la pantalla y dirigió el puntero del ratón a la ventana de Chrome: su ventana al mundo; comprobó el router: las tres lucecitas verdes estaban encendidas. Le entró hambre y pidió en Glovo un desayuno continental. Tardarían unos veinte minutos en servírselo así que le daba tiempo a darse una ducha, la primera en ese mes.
Heliana estaba tomando el sol en la terraza con su bikini años treinta. Desde ahí veía gente pasear por el malecón y enormes coches multicolores que de vez en cuando pasaban tosiendo bajo su terraza. El ruido en la calle era casi música: voces, radios encendidas y el pitido de algún claxon conformaban una nana que invitaba a sestear.
Heliana cerró los ojos vencida por el ligero sopor de la tarde, una tarde húmeda y salada. Margarita, su abuela, la observaba desde la remendada mecedora. Ella también tuvo ese cuerpo, pero hace muchos años ya de eso. Ahora era una vieja centenaria, que no paraba quieta, una marioneta hecha de huesos, como decía su nieta. Margarita había cuidado siempre de Heliana desde que su madre la abandonó por un gringo que vino a la isla; un comunista ilusionado con Castro, que nada más sentir en su trasero las primeras restricciones, regresó a su país junto a su estrenada mujer para seguir disfrutando del odiado capitalismo. A Heli la dejaron al cuidado de Margarita, con la promesa de “regresarla” una vez asentados. De eso hacía ya veinticinco años, pero Margarita era un junco fuerte sobre el que resbalaban las tormentas; la vida para ella era una caricia, una silla en un portal, un baile en la calle con la camisa pegada de sudor o lluvia, un chupito de ron o un puro habano. "Hay que dejalse lleval, mi niña; la vida es como en viento, sopla y sopla y nosotros somos cometas..."
La abuela le llamó desde la cocina.
—Ya voy, ya voy, mi wey.
Jacinto estaba nervioso, le picaba la camisa, le apretaba el pantalón y le rozaban los zapatos -se había olvidado de comprar los los calcetines-. Estaba claro que encargar un traje en Aliexpress no había sido una idea afortunada. "Los chinos tallan corto" le había advertido su madre. A través de Zoom tecleó los enlaces y poco a poco fueron apareciendo pequeñas pantallitas con los invitados.
—Oye, ¿y no es un poco pronto para esto?— le preguntó su cuñado Juan.
—Es la diferencia horaria, aquí son las diez; pero allí son las seis de la tarde—,respondió Jacinto.
Varios cuadritos se fueron abriendo quedando alineados en dos filas arriba en la pantalla.
—Parece una orla—,bromeó Jacinto mientras pasaba lista mentalmente. Estaban todos.
—Comparto pantalla, añadió. Tras unos minutos de: "yo no oigo", "no te veo", "espera que te envío de nuevo el enlace", "es la conexión", "ahora reinicio", se abrió la página:
“CARIBEAN’S WEDDINGS”
Mas que una iglesia era un teatrillo infantil con coloridas guirnaldas -habían otras ubicaciones, pero Jacinto había elegido esa en atención a su madre que era de misa diaria-. Sonó el inicio de la marcha nupcial, y como por arte de magia, se adosaron las caras de los invitados a los cuerpos de los asistentes virtuales a la ceremonia. La rechoncha cara de Jacinto hizo lo propio con el recorte del novio. Lo ves Lorenzo, nuestro hijo debería haberse puesto a régimen, parece un Chupa-Chup.
—Te lo dije Heli, vas a llegar tarde. Son ya las seis.
—Una novia se hace esperar—, contestó Heli, mientras se colocaba el mantelito de ganchillo sujeto con alfileres en la cabeza y ajustaba a su espalda el último corchete del corsé. —Voilá, mamita ¿qué te parese tu terronsiiitooo de asúúúcar? Margarita se mordió los labios para no contestar.
Quemado por los rayos UVA apareció la imagen del sacerdote oficiante -de carne y hueso, para dar cierta veracidad a la ceremonia-. Tenía un pelo extrañamente amarillo peinado a modo de merengue y no paraba contar inapropiados chistes verdes enlatados en un americanizado castellano. Miró su reloj e inició un ligero bailoteo de flamenca de clausura en un último intento de entretener a los virtuales invitados. La música y los chistes cesaron cuanto hizo su entrada la novia. La figurita avanzó por la pantalla y se situó junto a la de Jacinto. Una nube de corazoncillos rodearon a los contrayentes. Jacinto soltó una lagrimita. Terminado el oficio, en apenas dos minutos, el símil de cura terminó con la consabida fórmula:
—“Jaucinto”, puedes ver a la novia.
Heliana se incorporó frente a la cámara. Se descubrió el improvisado velo; el resto no hizo falta descubrirlo. Su cuerpo llenó la pantalla cubierto tan sólo por un conjunto de atrevida lencería blanca. Jacinto apretó el botón del micrófono para silenciar el murmullo de los invitados. Mientras, Margarita estratégicamente situada en una silla fuera del alcance de la cámara comenzó a cantar con voz cavernosa “La Negra Tiene Tumbao.... y no camina de lao,...” Heliana bailó frenéticamente, como poseída en un ritual budú. Jacinto se vino arriba y pasó a compartir la pantalla, imitando un patético baile de robot oxidado.
El contador de dólares situado en el margen izquierdo de la pantalla quedó parado en una decepcionante cifra. La conexión terminó con un cursi certificado de matrimonio imprimible en pdf. Heli contrariada miró triste a su abuela . Ésta le animó:
—Mañana por la tarde—. A Margarita le volvió a crujir el estómago y el piloto del congelador recobró vida.
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