Marisa está a punto de meterse en la ducha cuando suena el telefonillo. Es su hija, que viene a traerle naranjas. Justo hoy que tiene que arreglarse para su cita. Tiene el don de la inoportunidad. Dice que es que quería trérselas antes de irse a esquiar. Le han dicho que la vitamina C es muy buena para la piel. Su hija le pregunta si se va a ir con sus amigas a Benidorm para Nochevieja. Este año no va a poder ser, porque Conchi se ha roto la cadera. Y a ella no le gusta viajar sola. Es un coñazo.
—Oye, ¿y ese Jorge con el que fuiste cenar el otro día?
—Ha salido rana. Pero hoy he quedado con un tal Fernando que no pinta mal.
—Eres demasiado exigente, mamá.
—Bah, tontadas. Es que no hay nada que valga la pena. Lo hago por pasar el rato. Más te vale conservar lo que tienes, aunque sea regulín. El mercado a partir de los setenta está fatal.
—Ah, y acuérdate de decirle a Manuel que me ayude a bajarme la dichosa aplicación en el móvil, que yo no me aclaro.
—Sí, mamá, se lo diré. A ver si te sale novio por fin y nos dejas un poco más tranquilos.
Cuando a Marisa le contacta uno de sus
novios de internet, se pasa a veces toda la tarde sentada delante de la pantalla del ordenador, chateando con él, contándole que ella en realidad es
artista y que se ha apuntado a un curso de teatro para
mayores. Le gusta mentir un poco e inventarse cada vez un personaje.
Si el primer contacto ha ido bien, empieza el duelo de mensajes de móvil. Él le envía un vídeo muy bonito con fotos románticas de las capitales del mundo y música de Andrea Bocelli. Ella responde con un chiste que le ha reenviado una amiga suya, donde sale una mujer gorda en bikini comiendo pizza. Él le manda una animación donde un gato habla con voz acelerada y ella le pone muchos stickers con corazones.
Si los mensajes se mantienen constantes y no van en disminución, ya es un buen signo. De ahí pasa a la llamada, donde se escuchan las voces y hablan de temas cada vez más personales. Y cuando el candidato supera esa ronda, suele estar cerca el momento de conocerse en persona.
Si por fin queda con un señor, necesita mínimo cuatro horas para acicalarse. Ese día se ducha. De normal sólo se limpia por partes con toallitas desechables, que impregnan el baño con una mezcla de olor a colonia de bebé y orín rancio. Luego enchufa Radio Nacional y se pone manos a la obra. Primero se tiñe las entradas blancas y las cejas de perra vieja. Se pone los rulos para el volumen, se echa algo de spray en el desconchado de la coronilla. Luego se enfunda las medias reductoras, que le cuesta media hora subírselas y le estrujan las carnes para arriba, como cuando aprietas un tubo de dentífrico. Por último se maquilla, se viste y se echa un perfume que compró en el mercadito por solo diez euros y que es clavadito al de Chanel. Luego va a la entrada y se mira en un espejo gigante desde todos los ángulos.
Marisa tiene la casa llena de espejos y le gusta mucho mirarse. Se ve bien para su edad, siempre le echan diez años menos. Su periquito Roco también se pasaba el día mirándose al espejo, pero hace ya un año que se le escapó. Era muy gracioso. Le gustaba masturbarse con la campanilla que colgaba de su espejito. Se agarraba a ella y se movía muy rápido, ayudándose con las alas. Y, aunque Marisa estuviera en la otra punta de la casa, oía el cling-cling-cling-cling-cling y ya sabía que le estaba dando. Su nieto Manuel le preguntaba de pequeño:
—¿Por qué hace eso el pajarito, yaya?
—Está jugando.
Un día Marisa se decidió a comprarle
una pareja a su Roco. Pero resultó que no se llevaban bien y él no
le hacía ni caso. Prefería seguir masturbándose delante del
espejo. Incluso se lo comentó al veterinario, pero le dijo que a veces cuando han estado mucho tiempo solos, luego no consiguen conectar con los compañeros de jaula. Al final la periquita apareció muerta en la jaula y Marisa
la tiró a la basura, metida en un envase de yogur. Manuel se puso muy triste.
Ahora ve muy poco a su nieto porque siempre está estudiando o de juerga. Pero está guapísimo. Las chicas se quedan mirándolo por la calle. Ha salido a su abuela.
A la que ve muy desmejorada es a su hija, siempre tiene cara de cansada. Está envejeciendo mal. Ella a su edad estaba mucho más lozana. Tendría que comprarse una buena crema para el contorno de ojos y no esa barata que venden en el Mercadona. Pero nunca le quiere hacer caso. Es una marisabidilla. A veces le resulta insoportable, siempre con esa cara de perro apaleado. Parece que no sepa disfrutar de la vida.
—A ver que me centre. Jorge (Murcia), dentista, 69 años, escorpión. No. Aquí está. Fernando (Puzol), 71 años, profesor universitario, aries. —lee Marisa en voz alta. Últimamente ha empezado a apuntarse a todos sus ligues de internet en una libretita, porque le falla algo la memoria. A Pablo lo llamó Pancho el otro día y a Toño, que es viudo, le preguntó cómo estaba su mujer.
Después de repasar la chuleta, coge el bolso, echa una última mirada en el espejo y se despide de si misma.
A Marisa le gusta quedar siempre en la terraza de una cafetería que queda cerca de su casa, en el centro. Más lejos no, porque le matan los pies. Allí se siente cómoda y siempre pide una Schweppes de limón nada más llegar. Fernando aparece puntual, con un periódico en la mano. Parece un hombre culto y con clase. Nada más verlo, Marisa se da cuenta de que tiene algo especial, algo que lo hace distinto. Su forma de mirar, de pasarle la mano por la espalda al acompañarla al asiento, sus silencios, sus preguntas, sus expresiones. Le gusta y mucho. Pero no quiere que se le note demasiado por miedo a espantarlo. Ya sabe cómo funcionan estas cosas.
En la cafetería hablan mucho rato y se les olvida hasta cenar. Ella se sincera, cosa poco habitual. Le habla de su dura niñez de postguerra en Zaragoza. Él le cuenta que su madre le abandonó y que le tocó trabajar a los dieciséis años para poder costearse más tarde los estudios.
Cierran la cafetería y se van paseando muy lento por las calles oscuras y vacías hasta el aparcamiento. A Fernando le basta una mirada de de reojo para hacerla reír. De repente ella nota un roce en su mano, pero aún no está segura de si ha sido casual. Se detienen. Se miran.
—Oye, Marisa...
—Dime.
—¿Te puedo pedir un favor? Podría subir un momento a tu casa para ir al baño. Está ya todo cerrado y aún me queda más de media hora en coche hasta mi casa.
—Sí, claro, no faltaba más —responde ella concentrada en disimilar su asombro.
Al principio le parece una torpe excusa para intentar llevársela a la cama, pero lo del apretón resulta ser cierto. E incluso cuando ella le ofrece una copa, él la rechaza, argumentando que tiene que conducir y que mejor se pone en marcha para no dormirse en la carretera.
En realidad, ella no hubiera tenido ninguna objeción si él la hubiera abordado, pero le parece un detalle muy elegante que no se aproveche de la ocasión, ni se lance en la primera cita.
Esa noche Marisa casi no pega ojo, embriagada por una sensación que hacía tiempo que tenía olvidada. Repasa todas las palabras que intercambiaron, las miradas, las risas, esa mano cálida en su espalda, esa voz grave, que hacía vibrar el banco de madera, donde estaban sentados. Finalmente se duerme imaginando posibles escenarios para su próxima cita.
Pero Fernando no le vuelve a llamar. Ni al día siguiente, ni al otro, ni una semana más tarde. Ella le manda algún mensaje, pero él no contesta. Marisa piensa que igual ha perdido su móvil o le ha pasado algo, a estas edades uno nunca sabe. Todos los días se mete en la aplicación de citas y mira su perfil, mira sus fotos, revisa las conversaciones del chat. Hasta que un día ya no encuentra su perfil. Se ha borrado.
Unas semanas después, le llega una factura de 10.000 euros de un cajero automático en Galicia. Debe de ser un error. Ella nunca ha estado allí, aunque le gustaría. Siempre quiso hacer el camino de Santiago, pero no quería ir sola y con lo que le duelen los pies, ya no va a poder ser en esta vida.
Tendrá que llamar al banco para aclararlo, pero no encuentra su tarjeta Visa por ningún sitio. Ha buscado ya en todos los bolsos, cajones y chaquetas. Hace mucho tiempo que no la usa. Concretamente, desde la cita con Fernando. Y ahí es cuando empieza a atar cabos. Se acuerda de que le extrañó que tardara tanto en salir del baño, y pensó que igual tenía problemas intestinales como ella o que le costaba mear por la próstata.
Marisa marca el número de la policía con dedos temblorosos. El cierre metálico de su pulsera choca a intervalos contra la carcasa del teléfono, emitiendo una cadencia que parece un mensaje en morse.
Una voz masculina responde. Marisa cuelga.
Varios meses más tarde lee una noticia en la prensa que capta su atención. Han detenido a un tipo que se hacía pasar por profesor universitario y que estafó a más de un centenar de mujeres mayores a través de varias plataformas de citas por internet. Luis Gimeno Sanchís, ese era su nombre real. Marisa vuelve a cerrar el periódico y coge aire de nuevo, como si estuviera subiendo unas escaleras muy empinadas y tuviera que hacer un alto en el descansillo. Luego acaba de leer la noticia hasta el final, pero ya no se entera de nada.
Marisa ha estado casi un año sin utilizar la aplicación de citas que le instaló su nieto. Pero justo hace un par de días la volvió a abrir sólo un momento. Sólo por saber si siguen anunciándose los mismos carcamales de siempre. Y resulta que hay un hombre de abundante pelo blanco y rizado, libra, diez años más joven que ella, que no está nada mal. En su perfil pone que le gusta la vela y que tiene un barco. Es ingeniero.
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