Tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada…
–¿Venga,
cuando nos disfrazamos de Reyes Magos?
–
Para aquí. Delante
de este bar. Quiero un carajillo de Terry.
– Y voy
a comprar un perro que se parezca a la Golfi. Aunque a tu madre le joda.
– Tú te
quedas en el coche que yo vengo enseguida.
– Vale papa, cálmate.
Por favor.
Ahora saca la cartera de su bolsillo, me
quiere mostrar algo.
– Mira, todavía me quedan tarjetas de
visita.
Viajante de comercio. Letras negras en relieve sobre una
cartulina blanca. Palabras que huelen a tabaco y traje de alpaca.
Hoy está más alterado de lo normal. Lleva
todo el camino cantando esa dichosa canción “tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada, tengo una casita
en mitad de la montaña”,
mientras golpea con los dedos el salpicadero. Está nervioso, venimos del
hospital y los resultados de las pruebas no han sido buenos.
Aún no he podido aparcar y ya quiere salir del
coche. Acompañar a mi padre
ha sido siempre lidiar con la impaciencia y la velocidad. Coger curvas en su
antiguo Renault 6 y escorar. Pedir un benjamín de Champán en la barra de un
puti-club y tocar una teta rápida antes de cenar en casa. Euforia. Velocidad y deseo.
Con los años la Golfi cayó enferma y mi padre dejó de hacerle caso. La abandonó en un rincón del comedor junto al equipo de música. Mi madre y yo tuvimos que llevarla al veterinario para sacrificarla.
Era su forma de sobrellevar la decepción. El
abandono como venganza. Mi padre dejó de ir al Bar Parral porque un día se
terminó la botella de Terry. También dejó de acompañar a mi madre a misa los
sábados por la tarde. Tampoco fue al entierro su hermana, mi tía Clara.
Mi padre fue el último vaquero de la Calle Fuente de San Luís. Se afeitaba en la terraza de casa delante de un espejo con una navaja mientras fumaba un Chester Field sin boquilla. De vez en cuando escupía hebras de tabaco que se le pegaban a la lengua.
Éramos una familia de las llamadas clase
media-baja en aquel piso de la Calle Fuente de San Luis nº73. Disfrutábamos de una terraza generosa, que olía
a geranios y a jabón detergente que escupía una lavadora en guerra con mi
padre. Él, sin resignarse, la desmontaba una y otra vez incapaz de encontrar la
dichosa fuga. A cambio ella centrifugaba con movimientos desafiantes. En un
arrebato, mi padre la desmontó y esparció sus piezas por toda la terraza. Ya no
la volvió a montar. “Estás conmigo o estás contra mí”, era uno de sus
lemas preferidos.
La terraza era testigo de nuestra vida familiar. Mis juegos, las plantas de mi madre y la gimnasia de mi padre, empeñado en hacer dominadas en una barra colocada en el techo.
A mi padre no le gustaban las cosas pequeñas ni mediocres.
Como aquel árbol de navidad que compró, tan grande que no hubo manera de colocarlo
en el comedor. Tuvo que instalarlo en la terraza, no sin antes hacer un agujero
en el techo de uralita para que pudiera asomar su copa. Tenía su encanto, abrigarse
y salir a la terraza para ver aquel árbol y contemplar el juego de luces
intermitentes.
A mi padre le encantaba reparar cosas. Se
pasaba horas metido en su pequeño taller improvisado en el patio de luces. A
veces me pedía ayuda y le sujetaba alguna pieza mientras él la perforaba con el
taladro o fundía estaño sobre ella con un soldador eléctrico.
El pasillo de casa estaba repleto de
artefactos. Molinillos de café, planchas, secadores de pelo, toda clase de electrodomésticos
que él reparaba fuera del trabajo como Viajante de Comercio.
En algún rincón de casa todavía hay
algún aparato olvidado y esperando para ser reparado.
Mi padre ha sido un hombre de genio, incapaz de moderar su euforia. Ahora su pasado se está borrando a trompicones, los mismos que le impiden caminar bien.
Dese
el coche lo veo venir con un perro bajo el brazo. Sonriente y algo desdibujado todavía
conserva cierta arrogancia. En el fondo tengo la certeza que siempre supo que
fue mi madre quien envenenó a la Golfi.
Paco Florentino

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