domingo, 10 de enero de 2021

Tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada…

 

Tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada…

–¿Venga, cuando nos disfrazamos de Reyes Magos?

Para aquí. Delante de este bar. Quiero un carajillo de Terry.

– Y voy a comprar un perro que se parezca a la Golfi. Aunque a tu madre le joda.

– Tú te quedas en el coche que yo vengo enseguida.

– Vale papa, cálmate. Por favor.

Ahora saca la cartera de su bolsillo, me quiere mostrar algo.

– Mira, todavía me quedan tarjetas de visita.

Viajante de comercio. Letras negras en relieve sobre una cartulina blanca. Palabras que huelen a tabaco y traje de alpaca.

Hoy está más alterado de lo normal. Lleva todo el camino cantando esa dichosa canción “tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada, tengo una casita en mitad de la montaña”, mientras golpea con los dedos el salpicadero. Está nervioso, venimos del hospital y los resultados de las pruebas no han sido buenos.

Aún no he podido aparcar y ya quiere salir del coche. Acompañar a mi padre ha sido siempre lidiar con la impaciencia y la velocidad. Coger curvas en su antiguo Renault 6 y escorar. Pedir un benjamín de Champán en la barra de un puti-club y tocar una teta rápida antes de cenar en casa. Euforia. Velocidad y deseo.

 Ahora sus deseos están más alterados. Su cerebro se deteriora y él ha elegido enajenarse, abandonar su consciencia antes de presenciar su vejez. Abandonar, su forma de luchar con contra la biología.

 En su momento también abandonó a la Golfi. Una perra callejera que trajo a casa. Mi padre y la Golfi mantuvieron un idilio. Resultó ser un amor platónico. Un ser tímido de mirada sumisa. Alguien todavía más dócil que mi madre y al que mi padre besaba con pasión en la boca y le dedicaba un montón de carantoñas. En el sofá de casa le quitaba las garrapatas con un mechero y luego le ponía Betadine en las heridas. También le daba masajes y jugaba con ella moviendo sus patas para que hiciera gimnasia. Si mi madre se descuidaba, la perra podía acabar durmiendo en su cama.

Con los años la Golfi cayó enferma y mi padre dejó de hacerle caso. La abandonó en un rincón del comedor junto al equipo de música. Mi madre y yo tuvimos que llevarla al veterinario para sacrificarla.

Era su forma de sobrellevar la decepción. El abandono como venganza. Mi padre dejó de ir al Bar Parral porque un día se terminó la botella de Terry. También dejó de acompañar a mi madre a misa los sábados por la tarde. Tampoco fue al entierro su hermana, mi tía Clara.

Mi padre fue el último vaquero de la Calle Fuente de San Luís. Se afeitaba en la terraza de casa delante de un espejo con una navaja mientras fumaba un Chester Field sin boquilla. De vez en cuando escupía hebras de tabaco que se le pegaban a la lengua.

Éramos una familia de las llamadas clase media-baja en aquel piso de la Calle Fuente de San Luis nº73. Disfrutábamos de una terraza generosa, que olía a geranios y a jabón detergente que escupía una lavadora en guerra con mi padre. Él, sin resignarse, la desmontaba una y otra vez incapaz de encontrar la dichosa fuga. A cambio ella centrifugaba con movimientos desafiantes. En un arrebato, mi padre la desmontó y esparció sus piezas por toda la terraza. Ya no la volvió a montar. “Estás conmigo o estás contra mí”, era uno de sus lemas preferidos.

La terraza era testigo de nuestra vida familiar. Mis juegos, las plantas de mi madre y la gimnasia de mi padre, empeñado en hacer dominadas en una barra colocada en el techo.

A mi padre no le gustaban las cosas pequeñas ni mediocres. Como aquel árbol de navidad que compró, tan grande que no hubo manera de colocarlo en el comedor. Tuvo que instalarlo en la terraza, no sin antes hacer un agujero en el techo de uralita para que pudiera asomar su copa. Tenía su encanto, abrigarse y salir a la terraza para ver aquel árbol y contemplar el juego de luces intermitentes.

A mi padre le encantaba reparar cosas. Se pasaba horas metido en su pequeño taller improvisado en el patio de luces. A veces me pedía ayuda y le sujetaba alguna pieza mientras él la perforaba con el taladro o fundía estaño sobre ella con un soldador eléctrico.

El pasillo de casa estaba repleto de artefactos. Molinillos de café, planchas, secadores de pelo, toda clase de electrodomésticos que él reparaba fuera del trabajo como Viajante de Comercio.

En algún rincón de casa todavía hay algún aparato olvidado y esperando para ser reparado.

Mi padre ha sido un hombre de genio, incapaz de moderar su euforia. Ahora su pasado se está borrando a trompicones, los mismos que le impiden caminar bien.

Dese el coche lo veo venir con un perro bajo el brazo. Sonriente y algo desdibujado todavía conserva cierta arrogancia. En el fondo tengo la certeza que siempre supo que fue mi madre quien envenenó a la Golfi.

 

Paco Florentino


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