Rafael conoció a Amanda a través de Tinder y se citaron para comer un domingo.
Él eligió un local relativamente elegante y se arregló con disimulo. Planchó su camisa algo apresuradamente e hizo unos estiramientos tras haberse colocado sus pantalones pitillo demasiado ajustados. No obstante, apenas hubo empezado a caminar hacia el restaurante, decidió que la cita sería un fracaso. Podía salvar el hecho de no haber comprobado el tiempo y esconder los círculos de sudor que se habían dibujado en sus axilas no quitándose la americana. Con suerte, el restaurante tendría aire acondicionado y su temperatura se regularía. Pero no habiéndose cortado las uñas, era imposible terminar con Amanda en la cama. Sus pies de la talla 47 no eran precisamente atractivos sin las uñas aseadas. Este pensamiento le torturó durante todo el camino hasta el punto de sentir que sus fauces crecían dentro de sus sneakers hasta tropezar con el tope y rasgarlas.
Utilizó Google para localizar un alehop o una tienda de chinos en la que poder adquirir un cortaúñas, pero no había ninguna a una distancia razonable y no quería llegar tarde. Se relajaría pidiendo un vermut al llegar.
Rafaaaa -exclamó ella al verle entrar- alargando la última vocal como si saludase a un viejo amigo.
Estás muy guapa -le respondió él mientras retorcía los dedos dentro de sus zapatillas con temor a que ella pudiese adivinar sus garras-.
Los dos primeros martinis aliviaron la tensión entre ambos, que rápidamente empezaron a flirtear y a preguntarse sobre sus relaciones y citas de Tinder anteriores.
Cuando escogieron, como plato principal, el entrecot a la plancha, a Rafael le oscureció otro pensamiento ¿Era posible que no hubiera apagado la plancha de la ropa en casa después de haberse estirado la camisa? ¿Qué podía pasar si se la había dejado encendida? ¿Y si su gatita se acercaba y se quemaba? Se sirvió vino tinto con algo de compulsión para alejar esas ideas de su mente. Seguramente la habría desenchufado y debía tranquilizarse.
La comida estaba deliciosa y la segunda botella de vino sabía aún mejor que la primera. Desde luego, no saldría barato. Rafael comprobó su crédito en la app de La Caixa aunque recordaba haberlo hecho por la mañana. Estaba bastante borracho y decidió que se bebería un vaso de agua, pero en su lugar, vio como Amanda engullía un tiramisú mientras él disfrutaba de un par de copas de orujo de hierbas. No le gustaban los postres y no le había agradado que ella comentase que siempre necesitaba culminar las comidas con algún dulce. Pidió otra copa de orujo mientras reflexionaba sobre lo injusto que era su parecer. Amanda merecía su tiramisú.
Rafael pagó y ambos se sonrieron.
Podríamos ir a la fábrica a tomar un gintonic -propuso él-
¿Qué es la fábrica? Vengo poco a la ciudad.
Rafael esperaba a alguien que estuviese un poco más al día de los sitios de moda. No obstante, era una chica muy guapa, y también agradable, y quería que terminasen juntos en su casa, así que le dijo que era un sitio nuevo que le gustaría mucho y, por el camino, enlazaron sus manos y se dieron algunos besos.
Dos gintonics más tarde, a Rafael, Amanda ya no le parecía guapa ni mucho menos agradable. Era imposible que no le hubiera mencionado que tenía una gata. Si de hecho estaba seguro de que salía con ella en alguna de sus fotos de Tinder. Ella le estaba poniendo una excusa y una terrible. Hay gente que tiene alergia a los gatos ¿pero a quién podría darle miedo su adorable Daisy?
No puedo estar con alguien que no quiera a los animales.
Y yo no quiero estar con un borracho.
Fin de la cita.
Rafael sintió tristeza y alivio, y tras haber ayudado a Amanda a conseguir un taxi, fue casi corriendo hasta su casa, donde comprobó que la plancha estaba apagada, acarició a Daisy, y se cortó las uñas con tanto placer como si estuviese teniendo un orgasmo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario