domingo, 10 de enero de 2021

FIDELA (Delia)

 

FIDELA

Era primavera de 1979 , la última imagen que tengo de ella es con mi hija de mes y medio cobijada en su halda, mirándose ambas a la cara y oyéndose pequeños susurros mezclados con gorgogeos del bebé. Murió un mes y  medio después.  

Siempre vestía igual, de negro, gris oscuro, con pequeñas rayas o cuadros de los mismos tonos. Era como la vestimenta oficial de los pueblos, chambra con cuello redondo, mandil siempre sobre la falda, moño trenzado en la nuca, pañoleta envolviendo la cabeza, que en verano o dentro de casa dejada caer sobre los hombros.

Desde que murió su hijo a los 35 años, el pequeño de cinco, ya siempre vistió de luto. Fue un accidente, conducía un tractor y se salió por la barandilla de un pequeño puente, el chico que llevaba en el remolque pudo saltar a tiempo, él  no. El tractor calló sobre él. Dicen… si le pudo dar algo, insolación o simplemente se endormiscó, eran las tres de la tarde. Fue un duro golpe para mis abuelos, también para mi madre que estaba muy unida a él.

Era muy alta para ser mujer, se veía grande y entrada en carnes. No sabía leer. La sonrisa siempre estaba en su boca, los ojos pequeños se achinaban cuando lo hacía. La nariz totalmente chata, prácticamente sin tabique y pegada a la cara. Los mofletes siempre estaban rosados con pequeñas venillas dibujadas en ellos. De risa fácil y cuando lo hacía, se movía toda ella.

No supe nunca a la hora que se levantaba. Cuando yo lo hacía ya estaba la chimenea encendida, el puchero con la malta al fuego y cada uno de nuestros peroles de barro, llenos de migas de pan, rociados con azúcar. La hora de acostarse era a las nueve, todo lo más a las diez y era sí o sí, ya que la luz no llegaba al final del pueblo y la bombilla se iba apagando poco a poco, quedaba el rescoldo de la chimenea y las historias

Nunca veía lo peor de las personas. Sus frases iban acompañadas de lo mejor de esa persona o del sufrimiento que estaba pasando. La persona celosa o envidiosa, según ella “Pues mira, hay que perdonarla. Bastante tiene, que no sabe ser feliz”. Si hacía calor, retrasaba a la caída de la tarde el ir a segar el alfalfe para los animales, porque ellos también iban a agradecer el cenar al fresco o aconsejaba madrugar para que en el calor del día se descansara ya en casa. Cuando tenías pus en la garganta te enseñaba a frotarte las gobanillas, si lo que tenías era un parón o flato te enseñaba a hacer masaje en sentido de las agujas del reloj en la parte baja a la izquierda de la barriga. O para la tos fea te hacía vahos de tomillo (también bebido) o de vis vaporu (también frotado)

Después de comer, se hacía siesta. Yo mientras, me sentaba junto a ella en la habitación de la entrada, cerca de la única ventana que tenía en una parte de ella, mosquitera. Me daba un trapo para cazar las moscas que se engañaban con la pequeña brisa y luz que entraba por ella. Entonces, empezaba su acicalamiento, se peinaba. Era un ritual, se quitaba las horquillas, ponía la caja del peinador entre sus piernas, primero deshacía el moño, las pequeñas trenzas, pasando una y otra vez el peine por su pelo, que nunca imaginaba que podía ser tan largo. El pelo recogido en el peine lo enrollaba lentamente y lo dejaba en la caja.

La ventana era en un primer piso y estaba a pocos metros de la carretera nacional Teruel-Cuenca, donde se veían pasar bicicletas, coches, carros, personas… algún autobús o camión. Más allá la chopera que serpenteaba y daba constancia del recorrido del río Guadalaviar, llamado al final de su curso Turia. Al final, las montañas. Allí era momento de confidencias, como por ejemplo que con 15 años tenía novio. "Vale ¿es formal? Pues traelo, que quiero conocerlo". Te quiero más a ti que al abuelo "No digas eso, menos delante del abuelo, se ofendería" Abuela, quiero vivir contigo "Tú tienes que estar en la ciudad, estudiar mucho y más adelante, cuando seas mayor, lo decides".

El abuelo murió en abril de 1971 y mi madre para que no se encontrara tan sola, al tiempo, le regaló una televisión. Una de las preguntas que surgieron por parte de ella fue “¿Pues no dicen que la Tierra es redonda? Mira por la ventana ¿tú ves la curva en algún lado? Pues eso”. O bien cuando era la misa del Domingo “Pero ¿Qué haces? Estírate la falda. Siéntate bien, cállate que estamos en Misa y el cura se va a enfadar”. Con las películas no, pero en el Telediario si no estabas de acuerdo con alguien y lo decías en voz alta, te llamaba maleducada. Abuela que no te oye. “¿Qué no? Pues claro que te oye, lo que pasa es que no te contesta”.

Esos ojos vieron muchos desastres, cosechas perdidas y una guerra civil. Reclutaron a su hijo el mayor. Nunca nos habló de esa etapa, aunque el pueblo a ocho kilómetros de Teruel fue primera línea o el frente, como se quiera llamar. Unos le tiraron la casa, vinieron los otros y se la tiraron también. Decidieron cambiar de solar y construyeron otra. Quisieron fusilar a mi abuelo y cogió a cuatro de sus hijos y se puso entre el pelotón y él, al final no lo hicieron. En la posguerra hubo hambre. Dijeron de alguna mujer del pueblo que se había dedicado a la prostitución. Ella nunca lo criticó, sólo decía “Al final sus hijos comieron ¿no?”. Luego se volvía a nosotros los nietos y decía “Y vosotros, tenéis que aprender a leer y aprender cuentas, para que seáis gente de provecho y tengáis buenos trabajos”.


Delia 

 

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