FIDELA
Era
primavera de 1979 , la última imagen que tengo de ella es con mi hija de mes y
medio cobijada en su halda, mirándose ambas a la cara y oyéndose pequeños
susurros mezclados con gorgogeos del bebé. Murió un mes y medio después.
Siempre
vestía igual, de negro, gris oscuro, con pequeñas rayas o cuadros de los mismos
tonos. Era como la vestimenta oficial de los pueblos, chambra con cuello
redondo, mandil siempre sobre la falda, moño trenzado en la nuca, pañoleta
envolviendo la cabeza, que en verano o dentro de casa dejada caer sobre los
hombros.
Desde que
murió su hijo a los 35 años, el pequeño de cinco, ya siempre vistió de luto. Fue
un accidente, conducía un tractor y se salió por la barandilla de un pequeño
puente, el chico que llevaba en el remolque pudo saltar a tiempo, él no. El tractor calló sobre él. Dicen… si le
pudo dar algo, insolación o simplemente se endormiscó, eran las tres de la
tarde. Fue un duro golpe para mis abuelos, también para mi madre que estaba muy
unida a él.
Era muy alta para ser mujer, se veía grande y entrada en carnes. No sabía leer. La sonrisa siempre estaba en su boca, los ojos pequeños se achinaban cuando lo hacía. La nariz totalmente chata, prácticamente sin tabique y pegada a la cara. Los mofletes siempre estaban rosados con pequeñas venillas dibujadas en ellos. De risa fácil y cuando lo hacía, se movía toda ella.
No supe
nunca a la hora que se levantaba. Cuando yo lo hacía ya estaba la chimenea
encendida, el puchero con la malta al fuego y cada uno de nuestros peroles de
barro, llenos de migas de pan, rociados con azúcar. La hora de acostarse era a
las nueve, todo lo más a las diez y era sí o sí, ya que la luz no llegaba al
final del pueblo y la bombilla se iba apagando poco a poco, quedaba el rescoldo
de la chimenea y las historias
Nunca veía
lo peor de las personas. Sus frases iban acompañadas de lo mejor de esa persona
o del sufrimiento que estaba pasando. La persona celosa o envidiosa, según ella
“Pues mira, hay que perdonarla. Bastante tiene, que no sabe ser feliz”. Si
hacía calor, retrasaba a la caída de la tarde el ir a segar el alfalfe para
los animales, porque ellos también iban a agradecer el cenar al fresco o
aconsejaba madrugar para que en el calor del día se descansara ya en casa.
Después de
comer, se hacía siesta. Yo mientras, me sentaba junto a ella en la habitación
de la entrada, cerca de la única ventana que tenía en una parte de ella,
mosquitera. Me daba un trapo para cazar las moscas que se engañaban con la
pequeña brisa y luz que entraba por ella. Entonces, empezaba su acicalamiento,
se peinaba. Era un ritual, se quitaba las horquillas, ponía la caja del
peinador entre sus piernas, primero deshacía el moño, las pequeñas trenzas,
pasando una y otra vez el peine por su pelo, que nunca imaginaba que podía ser
tan largo. El pelo recogido en el peine lo enrollaba lentamente y lo dejaba en
la caja.
La ventana
era en un primer piso y estaba a pocos metros de la carretera nacional
Teruel-Cuenca, donde se veían pasar bicicletas, coches, carros, personas… algún
autobús o camión. Más allá la chopera que serpenteaba y daba constancia del
recorrido del río Guadalaviar, llamado al final de su curso Turia. Al final,
las montañas. Allí era momento de confidencias, como por ejemplo que con 15 años tenía novio. "Vale ¿es formal? Pues traelo, que quiero conocerlo". Te quiero más a ti que al abuelo "No digas eso, menos delante del abuelo, se ofendería" Abuela, quiero vivir contigo "Tú tienes que estar en la ciudad, estudiar mucho y más adelante, cuando seas mayor, lo decides".
El abuelo
murió en abril de 1971 y mi madre para que no se encontrara tan sola, al
tiempo, le regaló una televisión. Una de las preguntas que surgieron por parte
de ella fue “¿Pues no dicen que la Tierra es redonda? Mira por la ventana ¿tú
ves la curva en algún lado? Pues eso”. O bien cuando era la misa del Domingo “Pero
¿Qué haces? Estírate la falda. Siéntate bien, cállate que estamos en Misa y el
cura se va a enfadar”. Con las películas no, pero en el Telediario si no
estabas de acuerdo con alguien y lo decías en voz alta, te llamaba maleducada.
Abuela que no te oye. “¿Qué no? Pues claro que te oye, lo que pasa es que no te
contesta”.
Esos ojos
vieron muchos desastres, cosechas perdidas y una guerra civil. Reclutaron a su
hijo el mayor. Nunca nos habló de esa etapa, aunque el pueblo a ocho kilómetros
de Teruel fue primera línea o el frente, como se quiera llamar. Unos le tiraron
la casa, vinieron los otros y se la tiraron también. Decidieron cambiar de
solar y construyeron otra. Quisieron fusilar a mi abuelo y cogió a cuatro de
sus hijos y se puso entre el pelotón y él, al final no lo hicieron. En la
posguerra hubo hambre. Dijeron de alguna mujer del pueblo que se había dedicado
a la prostitución. Ella nunca lo criticó, sólo decía “Al final sus hijos
comieron ¿no?”. Luego se volvía a nosotros los nietos y decía “Y vosotros, tenéis que
aprender a leer y aprender cuentas, para que seáis gente de provecho y tengáis
buenos trabajos”.
Delia
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