lunes, 1 de marzo de 2021

EL OCASO DE LOS RECUERDOS

 Ismael está sentado en su silla de madera mientras recuerda. Mucho ha visto y vivido y ahora le gusta sentarse en el porche al sol a ver su vida en el mar. Recuerda cuando siendo joven tuvo que embarcarse para ganarse la vida. Recuerda viajes a extrañas tierras, hombres que lo llevaron a un paso del infierno, hombres que desafiaron a Dios hasta el límite de pagarlo con sus vidas arrastrando a otros consigo. Él anduvo por ese filo pero pudo regresar y disfrutar de una vida rica gracias a esas experiencias.  Ahora, al final ya, se sienta en su porche frente al mar y talla figuras con la madera que llega a la playa para que los turistas las compren en la tienda de souvenirs de su hija. Le gusta pensar en que esa madera viene de barcos como el suyo, hundidos y destrozados por algún monstruo que aún flotan en la inmensidad azul del mar. Mirando al horizonte, Ismael se queda dormido.


    Edmond sonríe al sol de la tarde sentado en la terraza de su palacete en Janina. Ve a su amada Haydee venir por el camino sonriendo y jugando con los perros. Cada vez piensa menos en sus viejos fantasmas, pero días como hoy, en que entrevé el final del camino, le gusta hacer cábalas sobre lo que habrá sido de Mercedes. Aquel nombre que en otro tiempo bastaba para alegrar su corazón, para dar a su furia un único objetivo y que hoy, ya lejano sólo le trae recuerdos de la negrura que pudo albergar su alma. Sabe que no queda mucho pero puede decir sin lugar a dudas que ha vivido. Apura el Chardonnay que queda en la botella mientras siente como poco a poco la modorra de la tarde y el vino van ganando la carrera.


    Sancho sentado en el poyo a la puerta de la casa, a resguardo del sol bajo el emparrado, espanta las moscas mientras mira la polvorienta llanura ondular como si en un ensueño ardiese sin llama alguna. Mira también de vez en cuando sus manos callosas de dedos anchos y piensa en la gloria pasada. Se revuelve incómodo al pensar que no se hizo la miel para la boca del asno pero que el que no llora no mama y que aunque viento, mujer y fortuna son mudables como la luna, hay quien nace con estrella y quien nace estrellado. Y él no puede quejarse pues buena vida arrugas tiene y el ya tiene unas cuantas. Echa de menos a algunos amigos, sobre todo a Alonso. Muchas tardes piensa en cuando salían a hacer los caminos a suerte o a muerte y ríe sólo. Otros días, los peores, se ve casi sin darse cuenta en la linde del pueblo, donde los molinos, con las riendas del borrico en la mano, y tiene que hacer de tripas corazón. Por los hijos, ya se sabe. Vuelve del paseo a casa y ya está la mesa puesta. Huevos, patatas, panceta y chorizo le entran por los ojos. Sin embargo, él come un trozo de pan con queso y un vaso de vino aguado. De postre una pera. Al final, está claro que Dios da pan a quien no tiene dientes. Con lo que él había sido.


—Mamá, el abuelo se ha vuelto a quedar dormido.

—Si le has dado ya la pera recoge la mesa, por favor.

—Sí, se la he dado casi entera. Hay un montón de libros por el suelo. No sé para que se los das si no los puede leer, sólo acaricia los lomos y cuando se queda dormido se le caen.

—No sé, hijo, pero siempre que lo hago los acaricia y sonríe feliz. Es que tu abuelo aunque él ya no se acuerde fue un gran lector. Incluso llegó a escribir un par de libros. Siempre decía que los libros son como píldoras de memoria de vidas y tiempos que no hemos vivido… Decía que quien lee vive muchas vidas. Yo creo que por eso sonríe cuando los toca. No sé si vuelve al tiempo en que los leyó, o recuerda las tramas o sólo le gusta el tacto del lomo, pero los libros le hicieron siempre feliz. Podrías probar a leer alguno.

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