Por no mencionar al
perro*
¿Tú nunca has tenido el presentimiento de que algo va a
salir irremediablemente mal? No me refiero a una premonición solemne, a una
profecía seria en plan: “Este país se va a la mierda”. O: “El calentamiento global acabará con la
civilización tal como la conocemos”. O: “No sé de dónde va a salir el dinero de
mi pensión cuando me jubile, dentro de no se sabe cuántos años”. Siempre me ha
asombrado ver cómo aceptamos la amenaza de problemas realmente graves sin
pensar demasiado en ellos, supongo que preferimos ignorar lo que no podemos
cambiar.
No. Me refiero a presentimientos sobre cosas cotidianas sin
importancia, a pequeños fracasos que provocan minúsculos fastidios,
aparentemente nimios, pero no exactamente nulos… vamos a llamarlos fastidios infinitesimales.
Algo que por sí mismo no tiene entidad -chico que más da, no te vas a enfadar
por una cosa tan tonta…- hasta que compruebas que la suma de infinitas minucias
provoca un fastidio claramente finito, capaz de joderte el día. O la vida.
Pues llevo una semana con el presentimiento de que este
viaje a Benidorm va a ser horrible. Que su contribución a mi cuenta de infelicidad
personal va a superar el tope asumible. Que va a pasar algo tremendo.
Que no debería haber venido.
Ya ves tú qué importancia tendrá un fin de semana en
Benidorm. Relajo y tal. Y encima en un marco incomparable, una habitación
cojonuda en la planta 48 del Gran Hotel Bali, el más alto de Europa. ¿qué más
quieres?
-Venga anímate. Ahora que por fin podemos salir de Madrid, ¿no
te apetece una escapadita a la playa? Para tomar el sol y ponerme un poco morena.
En la barriguita también. Es la última oportunidad antes del parto; luego no
podremos hacer nada más durante un tiempo.
En eso tiene razón, calculo que dejaremos de hacer cosas normales
durante un tiempo de… ¿unos 25 años? Pero hay que ser positivo; después de este
año tan raro, es bueno salir y oxigenarse un poco, disfrutar de la vida,
gastar….Y tampoco es tan malo un fin de semana en la playa. Y en un hotel tan
singular, ¿por qué no?
Porque no lo veo claro.
Y no es solo porque piense que no se me ha perdido nada en
Benidorm. Ni porque no quiera gastarme 500 euros por dos noches (eso sí con
vistas panorámicas al mar, desayuno y cena romántica incluidos; y admiten
perros, qué monos). O porque aborrezca las discotecas, los turistas del IMSERSO,
los turistas ingleses, o cualquier clase de turista. Ni porque odie las playas que
tienen rascacielos, o las que no los tienen, las sombrillas y las tumbonas, el olor
a pollo frito, a pizza margarita, a goffre y a protector solar. Es que no me apetece
vivir todo eso con una mujer que me parece una extraña. Mi mujer embarazada de
8 meses.
Por no mencionar al perro.
La salida según lo previsto. Los atascos parecen minuciosamente
programados por un experto en teoría de colas. Tan previsibles que, de no
producirse, los echaría de menos. Y, de propina, un número indefinido de paradas
a mear. El embarazo achica espacios, ya se sabe. Y el perrito, que también
tiene sus necesidades y está nervioso ahora que espera un hermanito. No es
culpa suya que se maree y vomite en la tapicería del coche. Pobrecito.
El hotel es caro, pero aparente. Y la habitación, espectacular,
para que voy a negarlo. Dos camas dobles pegadas y terraza amplia con unas
vistas impresionantes al mar. Creo que nunca he dormido en un edificio tan
alto. Y todo preparado para Cyril, su zona para dormir y para comer, para hacer
pipí y popó, servicio de guardería y de paseo...
-¿Ves lo que te decía?, si quieres un buen servicio, tienes
que pagarlo. Qué bien vamos a estar los tres.
Cyril y yo no estamos tan seguros. Nos conocemos
La primera cena romántica no está mal; como cena, digo. Aunque
hay música en directo. Siempre me he preguntado cómo será la vida de las vocalistas
de los restaurantes de los hoteles caros. Las he visto en cualquier país del
mundo y en todos me parece estar en la frontera entre dos mundos paralelos que
podrían llegar a interactuar, pero que apenas se rozan fugazmente, como en una
mirada con el rabillo del ojo. Los clientes conversan, intentan seducirse o
meditan enfrascados en su propia soledad. La vocalista canta como si su voz se propagase
por otra dimensión, mientras mira, sin esperanza, a ninguna parte. Entre las
mesas pululan camareros serviles, como en una danza ritual al son del piano.
El ambiente me deprime profundamente. Me recuerda que yo
también estoy en un mundo paralelo, en el que cada día escucho canciones que no
me interesan, interpretadas por alguien a quien realmente tampoco puedo ver.
Marta conversa animada mientras yo me desdoblo. Ella habla de los planes para
mañana, de un desayuno tranquilo y del primer baño en el mar, de un paseo por
la playa. Yo pienso en la cadena de malas decisiones y negaciones personales
que me han llevado a este punto de no retorno. Y aquí estamos, disfrutando de una
cena deliciosa en un hotel maravilloso, mientras esperamos un hijo que yo no
quiero y que no va a arreglar nada.
-Vamos ya a la habitación, el pobre Cyril está solito. No me
dirás que no es una ricura de perro.
Tampoco tan rico, pienso. Una vez probé en Seúl una sopa que
se llamaba bositang o algo así, hecha con carne de perro: nada del otro mundo.
En el restaurante de un hotel con piano y vocalista, claro. Sin embargo, comparto su opinión:
-Es un perro muy gracioso. Y te hace mucha compañía cuando
estoy de viaje.
-Viajas demasiado, ya se lo he dicho a papá. Me parece bien
que confíe en ti, pero ahora que vamos a tener un niño, necesito más atención.
Seguro que te puede encontrar un puesto igual de bueno, pero sin tener que ir siempre
de aquí para allá.
Claro que puede, cómo no va a poder. Papá lo puede todo.
Puede casarte con quien quiera, tener nietos cuando le plazca. Y si necesitas
compañía te compramos a Cyril. Y si no es bastante, aquí estoy yo. Qué mas dará
lo que hago en la empresa, si todos conocen mi empleo real. Oigo a mi otro yo
contestar amable:
-Bueno, ya hablaré yo con él, Marta; ya sabes que no nos
gusta mezclar la familia y el trabajo.
Cyril nos
echaba tanto de menos que, al vernos, se ha meado en la puerta de la habitación.
Por la emoción, ya sabes. Me pregunto si sería capaz de estamparlo en la
ventana con un chut certero. En vez de practicar mis habilidades futbolísticas,
llamo al servicio de habitaciones. Me avergüenzo por fuera y por dentro cuando
la asistenta limpia la meada. Me parece indigno que una persona sirva a un
perro. Solidaridad entre siervos, supongo. Marta lo ve natural.
Estamos cansados y nos acostamos pronto. Marta se despierta dos o tres veces, yo me hago el dormido. Antes del alba es ella quien duerme
profundamente. Entonces me levanto con cuidado y, al meter los pies en las
zapatillas, compruebo con asco que están frías y mojadas. Cyril también se ha
despertado esta noche. Salgo a la terraza descalzo y sin hacer ruido. Cyril me
acompaña. Vistas excelentes, un amanecer impresionante. Cyril me huele los
pies, un perro reconociendo a otro. Intercambiamos miradas de colegas; al fin y
al cabo, servimos a la misma dueña. Pero él puede mearse o vomitar donde quiera
y yo sólo puedo ser cortés. Por el horizonte el sol ya ha salido del todo. Abajo,
cuarenta y ocho pisos más abajo, la piscina del hotel y las tumbonas minúsculas,
ahora vacías. Calculo mentalmente la duración de la caída, desde esta terraza tan bonita, de una zapatilla meada, de un perro o de una
mujer embarazada...
Digamos que son cincuenta pisos, a tres metros por piso,
ciento cincuenta metros. El tiempo es la raíz cuadrada del doble de la altura,
dividida por la gravedad, o sea, trescientos metros dividido por diez, más o
menos, la raíz cuadrada de treinta…
Cyril, precioso, ¿no te gustaría aprender a volar?
Marta se asoma por la puerta de la terraza y me pregunta
impaciente
-¿No está Cyril contigo?, no lo encuentro dentro…
Estoy apoyado en la barandilla de la terraza mirando al vacío, y me vuelvo
para contestar, a la gallega, con otra pregunta que formulo y respondo yo
mismo:
-¿Sabes cuánto dura la caída de un bullgdog francés desde el
piso 48 de un hotel hasta la piscina? …Unos cinco segundos y medio...
Marta me mira con la cara desencajada mientras Cyril sale
trotando de detrás de una silla de la terraza. Está contento, pero no mueve la cola porque no tiene
cola que mover.
Aunque, en su caso, es algo de nacimiento.
Álvaro
*El título de este relato y el nombre y la raza del perro
están sacados de una novela de Connie Willis. Es una novela de ciencia ficción
humorística que trata de viajes en el tiempo y que me leí hace más de veinte años.
Me gustó mucho. A su vez, la autora copió el título de otra novela de humor
mucho más antigua, escrita por un tal Jerome K. Jerome, publicada en 1889, cuyo
argumento desconozco por completo. Nunca la he leído, ni creo que lo vaya a
hacer a estas alturas.

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