Después de colocar la camita de Frida sobre las maletas, Adrián cerró la puerta del maletero con un suave toque, que inició un movimiento automatizado. La diminuta chihuahua que le había regalado a Marga por su cumpleaños, no le quitaba ojo a sus pertenencias, observando todo con la cabecita ladeada.
—¿Estás lista?
Marga miró dentro de su bolso para cerciorarse de que había cogido la lana con la que le estaba tricotando una rebeca a su futura niña y aplastó en vano el ovillo blanco contra el fondo para que no asomara.
—¿Y eso? -quiso saber él, señalando el bolso.
—Le estoy haciendo un chalequito a Frida para el invierno —mintió.
Al subir al coche familiar, Marga pisó con su deportiva algo blando, gomoso, que yacía al borde de la acera, y que cedió bajo la suela con un crujido de palillos de madera. Se obligó a mirar hacia abajo con angustia y vio su pantalón beige salpicado de puntos rojos y más abajo, el cuerpo borroso de una paloma, decapitada por algún vehículo. Asqueada, se limpió el camal y la zapatilla con una toallita higiénica para bebés. Tuvo el impulso de pedirle a Adrián que se quedaran en casa, pero lo frenó. Él estaba tan ilusionado con ese viaje... Llevaba toda la semana hablando del apartamento que había alquilado con vistas al mar, piscina, pista de tenis y spa.
Encontraron algo de tráfico en la entrada de la autovía del Mediterráneo. Probablemente algún accidente. Adrián enchufó la radio. Sonaba “Amor de hombre” de Mocedades. Esa canción unida al paisaje adusto que se proyectaba frente a ella como un espejismo, le trajo a Marga recuerdos de un verano en un chiringuito de Mojácar. Fijó su vista en el perfil de Adrián, que conducía impasible a su escrutinio. A pesar de la barba, seguía teniendo algo de estatua griega, con el espeso pelo blanco, rizado, la nariz grande y recta y la frente pronunciada, que daba a sus ojos una sombra misteriosa.
Un latigazo eléctrico le sacudió el vientre. Lo apretó contra sus brazos y miró por la ventanilla. Alicante 152 km. En el cielo, una nube en forma de embrión se iba disolviendo. Bajó el cristal para que el aire le diera en la cara. Frida, tumbada sobre sus pies, la observó entornando sus ojos saltones, como si le molestara el viento. Luego olisqueó la sangre de paloma de la zapatilla y volvió a acomodar su cabeza sobre el pie de Marga, que a su lado parecía absurdamente grande. De fuera llegaba un aire caliente, de secador de pelo, con un fuerte olor a podrido. Estarían abonando la huerta. Volvió a cerrar la ventanilla.
Alicante 115 km. El vientre le volvió a dar otro pinchazo y cambió de postura. Notó una ola de calor entre las piernas y tuvo la sensación de que la compresa se la había empapado. Ahora el calor le subía por el pecho y se lo tapó con las manos, como si quisiera apagar un fuego.
—¿Podríamos parar luego un momento?
—¿Ya? Pero si acabamos de salir...
—Necesito ir al baño.
—Sí, tranquila, pararé en la próxima área de servicio.
Adrián puso el intermitente que sonaba como un corazón de hojalata y fue reduciendo la marcha para tomar el desvío de la gasolinera. Marga salió del coche, seguida de Frida y estampó varias veces sus deportivas en el duro arcén del parking, mientras se frotaba las piernas.
Una vez en el cuarto de baño, Marga miró ansiosa el color de su compresa: seguía blanca, pero estaba muy mojada. La olisqueó antes de tirarla a la basura de al lado del váter y lo único pudo reconocer fue un tibio olor a pis. Se cambió la compresa y volvió al coche.
Adrián salió de la tienda con dos bocadillos y dos botellas de agua. Se sentaron en el coche con las puertas abiertas. Las cigarras iban marcando un crescendo que anunciaba el cenit del mediodía. Marga desenvolvió el bocadillo. Era de jamón. Lo sacó del pan, se lo guardó en el hueco de la mano y volvió a tapar el bocadillo.
—¿No te gusta?
—No tengo mucha hambre.
—Deberías comer algo, ya sabes lo que dijo el médico.
Marga le dió con disimulo a Frida el trozo de jamón. La perra luchó tenaz para tragárselo, mostrando sus pequeños dientes al fruncir el hocico, como si estuviera mascando un chicle rebelde. Luego estuvo relamiéndose durante mucho rato, mientras iba alternando una mirada suplicante entre su dueña y el bocadillo, que ahora estaba en la guantera.
Alicante 98 km. Un camión con un sucio oso de peluche cosido al parachoques les adelantó echándoles un muro de aire. Adrián redujo bruscamente la marcha. Los ojos de Marga tropezaron con el peuco de ganchillo amarilleado, que daba patadas al aire, colgado del retrovisor. Había cogido mucho polvo, lo tendría que lavar. Marga frenó el bamboleo con sus dedos nudosos y luego lo volvió a empujar para que se balanceara aún más fuerte. En el espejo retrovisor vio la cara mofletuda de Anita, sentada en el asiento de atrás con su mono de peluche, mirando distraída por la ventanilla, mientras sus deditos contaban algo en el paisaje: pájaros, árboles, postes de teléfono. Su imagen era tan real que sintió la necesidad de agarrar la mano que Adrián tenía sobre el cambio de marchas. Justo en ese momento se oyó detrás la bocina de un coche deportivo, que iba pegado a ellos. Adrián murmuró un insulto y siguió a su ritmo. Marga volvió a mirar por el espejo retrovisor, pero Anita ya no estaba. Pobrecilla, su angelito. El vientre le volvió a dar un pinchazo y notó una tirantez incómoda en la parte de los riñones. Se cruzó con la mirada hostil de la conductora del deportivo, que por fin había conseguido adelantarles. Era una mujer de unos 50 años, elegante. Le llamó la atención su pelo perfecto y brillante. Parecía que llevara peluca, como las que presentan el telediario. También llevaba unos enormes pendientes de bisutería en forma de triángulo, que bamboleaban al mismo ritmo que el peuco de Anita.
Afuera el paisaje era cada vez más árido, casi desértico. Tenía que decírselo a Adrián. Ya no podía pensar en otra cosa que no fuera la sensación extraña de calor y humedad entre los muslos y la tirantez de su vientre, que le advertía de que algo no iba bien. Benidorm 45 km. Frida saltó sobre sus piernas como si hubiera olfateado su preocupación. Marga le acarició el lomo y la perra se volvió, ofreciéndole sus nueve tetillas rosadas. Se preguntó si también ella tendría cachorros algún día. Su vecina tuvo hace tiempo una hembra de caniche blanco. Se llamaba Fanny. Andaba hinchada como un balón, pero cuando un día le preguntó por la camada, resultó que no había tenido cachorros. Solo había sido un embarazo imaginario. Esa fue la primera vez que oyó hablar del algo así. Marga se imaginó el vientre flácido como un globo de goma deshinchado.
Adrián le puso una mano sobre la rodilla.
—¿En qué piensas?
—Me gustaría comprar una casa de muñecas.
—¿Una casa de muñecas?
—Sí, quiero aprovechar ahora que tengo tiempo.
—¿En qué piensas de verdad?
En el horizonte empezaron a surgir los primeros rascacielos. El calor difuminaba y rizaba los contornos del edificios, que parecían desenroscarse de la ladera de la montaña para atornillarse al cielo. Benidorm 2 km.
—¿Sabías que en la Biblia está escrito que a Sara, la mujer de Abraham, Dios le concedió el milagro de tener a su hijo Isaac a los 90 años?
—Marga... Deja ya de torturarte con esa historia del embarazo.
Marga sintió ahora la punzada en el pecho. No podía más. Tenía que decírselo o iba a explotar.
Adrián dio un frenazo frente a la verja del la urbanización “Florida” y miró a Marga a los ojos por primera vez desde que iniciaron el viaje.
—Dime qué te pasa, por favor.
—Creo que he roto aguas. —confesó Marga.
Adrián la abrazó muy fuerte y una lágrima le enturbió la vista que, por detrás de la nuca arrugada de Marga, alcanzaba hasta el mar.
—Venga, vamos arriba. Te serviré una copita de cava para que te relajes.
Subieron al ascensor en un silencio, tamizado solo por la leve versión acústica de “A summer place” y un falso olor a flores dulces. Adrián espiaba la mirada perdida de Marga en el espejo. Un sonido de campana les avisó de que ya habían llegado al piso 22. Al final del largo corredor, pegado a la puerta de su apartamento, había un gran cartel en forma de corazón, rodeado de rosas de plástico, donde se leía: “felices bodas de oro”. Marga acunaba a Frida sobre su brazo como a un bebé. Adrián la tomó de la otra mano y avanzaron a pasos cortos por el pasillo, como en una marcha nupcial hacia el altar.
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