lunes, 12 de abril de 2021

Nobody Home


El día que me di mi primer beso con un chico, pasó a la historia en mi familia como "el día del robo".

Habíamos pasado el fin de semana en nuestro apartamento de Cullera y, como venía siendo habitual, mis padres discutieron durante todo el trayecto de vuelta.

Yo tenía 14 años y una resaca ligera que me mantenía apática ante los insultos que se lanzaban, el llanto de mi hermana y los puños cerrados de mi hermano. Tenía, también, un pequeño trozo de papel guardado en el bolsillo que acariciaba como si se tratase de un bebé de pajarito.

En el papel, estaba escrito: Sergio 3617475.

Cuando por fin llegamos, la puerta de nuestra casa estaba abierta. Nos han robado, dijo mi padre, llamemos a la policía, sugirió mi hermano. Pero no fuimos capaces de esperar y entramos en nuestro hogar haciéndonos tapón unos a otros, como un rebaño de ovejas. Estaba todo revuelto, parecía que una pandilla de gremlins hubiera celebrado una fiesta. Mi hermano corrió a recoger del suelo de su habitación una caja de condones. Mi hermana se apresuró en esconder un sobre con marihuana. Mi padre resultó contar con un arsenal de revistas pornográficas y botellas de Chivas Regal, e iba quejándose de que no estaban todas, y mi madre y yo nos sentamos muy juntas en el sofá y nos miramos con nuestras barbillas apuntando al suelo. 

Esa noche soñé que había un hombre desconocido al otro lado de la puerta de mi habitación. Durante años, esa imagen acudió a mis noches de forma recurrente. 

Dos días después, abrigada con mi bata de dormir y con el corazón acelerado, me encerré en la salita para llamar a Sergio. Quería contarle lo del robo, lo de la pesadilla. Quería volverle a ver. Y que me quisiera mucho. 

Su hermana fue quien descolgó el auricular y me comunicó, con desafección, que Sergio se había matado en un accidente de moto. El funeral ya había tenido lugar y había sido incinerado. ¿Qué día había muerto? El 17 de marzo, el día que nos besamos. El día del robo. 

Era la noche de San José y las fallas se quemaban. Lo vimos en la televisión y el fuego me hacía pensar en los labios de Sergio, que me habían recordado al acercarse a los míos a esas flores con forma de trompetilla, a un baño caliente con espuma, a las humedades íntimas. Me obsesionaba el cambio de temperatura que la muerte habría llevado a su piel, devorada después por las llamas. ¿Y qué sabía de él? Ni siquiera su apellido. Que vivía en Mislata, que le gustaba Pink Floyd, que tenía tres perros a los que adoraba, que sus ojos verdes eran los más bonitos del mundo, y su pelo, largo y suave. ¿Qué amigos le habrían llorado?, ¿se habría dado cuenta de que iba a morir o habría muerto de golpe?.

Acariciaba el trozo de papel con su teléfono y susurraba: que en el cielo te hayan recibido montones de perritos lamiéndote la cara, los pies, las manos. Que duermas entre sus lomos y suene Pink Floyd todo el rato.Y ponía canciones a todo volumen hasta que los vecinos venían a quejarse y yo, ojerosa y extraña, quitaba la música. 

Años después, "el día del robo" seguía siendo un tema de conversación común en nuestra familia, trayéndome de vuelta el recuerdo de Sergio y desarrollando en mí una tendencia de pensamiento catastrofista. 

Me había tatuado el triángulo de Pink Floyd y me había besado con muchos chicos desde "el día del robo", a quienes andaba regalando amor porque me atenazaba el miedo de que se mataran en el regreso a casa. Le había escrito a Sergio decenas de cartas explicándole cuánto me hubiera gustado conocerle y, cuando bebía, me daba por contar nuestra brevísima historia con la sensación de que mis oyentes no me creían, y es que ¿había existido aquel primer beso? ¿o lo había imaginado todo?.

Hubo una mañana en casa que, en cuanto al revuelo, nos recordó a todos al "día del robo". Mi padre ya había fallecido y mi madre repetía, "ay si esto lo hubiera conocido vuestro padre, qué mal uso le habría dado".  Fue el día que nos instalamos Internet. El chat mIRC se convirtió en mi entretenimiento diario. Mientras descargaba canciones, hablaba con unos y con otros. Antiguos compañeros de las clases de inglés y las estancias en Irlanda, desconocidos. 

Y entonces, un día, apareció él, un tal SergtheWall que me preguntó si yo era yo, si recordaba nuestro morreo en Cullera. Le pedí que intercambiáramos nuestros teléfonos móviles y, cuando me llamó, reconocí su voz al instante sin que esto me provocara un gran sentimiento. Le conté la conversación que había tenido con su hermana cuatro años atrás, intentando que entendiese que, para mí, estaba muerto. 

Qué cabrona, habríamos discutido o algo, yo qué sé. Yo no tenía tu número. 

Quedamos. Le recordaba mucho más guapo, los ojos más verdes, la voz más grave; le había elevado, nada menos, que al altar de los espíritus, y comparado con el Sergio que había creado en mi cabeza, el que estaba tomando cerveza conmigo solo era un tipo simpático, anodino, con una hermana sádica.  No le hablé de las cartas que le había escrito, ni de mi tatuaje. Y cuando nos abrazamos al despedirnos, no sentí nada. 

Pienso a menudo en el Sergio que murió, en su boca cálida convertida en ceniza. Al que resucitó nunca me lo he vuelto a cruzar, y la noche que quedamos, fue la última vez que tuve la pesadilla del hombre desconocido detrás de la puerta de mi cuarto. 

El día del robo se fue diluyendo entre acontecimientos más recientes, y ahora cuento la historia de mi primer beso entre carcajadas. 

Lo único que no ha cambiado es esta sensación de vértigo, de pérdida, como cuando roban en tu casa y te parece que no se han llevado nada y piensas sin parar, ¿qué es? ¿qué me falta?.














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