- ¿Adónde vamos, pues, señorita?
- A la estación de autobuses, por favor.
Me acomodé en el asiento de atrás y mientras rastreaba en el salpicadero el lugar del taxímetro tropecé con unos ojos que me miraban en el retrovisor. No sabría decir dónde ni cuándo, pero ya había sentido antes esa forma de mirar.
Deseé no haber cerrado nunca esa puerta amarilla.
- Tengo un autobús para Santa Marta a las 19:00 h. Llegaremos a tiempo, ¿no?
- Cierto, señorita. No se preocupe.
Dejamos atrás las fachadas de colores del centro histórico con sus calles empedradas y, tras unas cuantas vueltas, salimos al Eje central bordeando el Parque Bolívar. Las farolas comenzaban a iluminar la acera y los vendedores de arepas barrían de sus parrillas las brasas aún humeantes.
- ¿De dónde es usted, señorita?
- Soy española.
- Sí, y eso ya se entiende, pues. Pero española ¿de dónde?
- Soy de Madrid.
“Y ya está bien. No sigas la conversación. Corta aquí. Dile que se limite a conducir.”
“Eso, como si fuera mi chófer. No, es mejor ser amable. ¿Y si se enfada qué?”
- Ah, de Madrid. De la capital, pues. Linda, linda Madrid.
Mi primo hace seis años que está allá. Encontró un buen trabajo y luego conoció a su esposa. Hizo una familia, pues. Ay no, el Camilo ya no se regresa. Y cómo se va a regresar con lo lindas que son las mujeres españolas, ¿ah?
“Ya está. Ahí lo tienes. Solo tenías que haber hecho una llamada antes de meterte en el taxi. Una puta llamada. Era fácil, joder. ¿Sabes adónde está yendo esto? Lo sabes, ¿verdad?”
“No está pasando nada y no va a pasar nada. Es un juego y en media hora se va a acabar. No pasa nada, ¿vale?”.
- Ay, el Camilo. Qué grande mi parce.
Y usted, ¿de cuánto es que está acá?
- Un mes.
- Poquito tiempo lleva, pues. ¿Y vino nomás así solita?
- Sí. Bueno, no. Estoy trabajando aquí. Con otras personas. Y vivo con más gente. O sea, vine sola, sí, pero vivo y trabajo con más gente.
Cuando al desembocar en la Circunvalar oí caer las primeras gotas sobre los capós amontonados, sentí como si me hubieran quitado a traición los ruedines de mi pequeña bicicleta. Hacía un minuto que había comenzado a llover, cinco que había dejado a mis espaldas el último paisaje conocido, y diez que había parado un taxi en la calle de una de las ciudades más peligrosas del mundo.
- ¿Sí vio que recién está lloviendo? Si continúa más duro capaz que no lleguemos a la hora, señorita.
- ¿Cómo que no? Tenemos que llegar.
- Y. Aquí cuando llueve es tenaz.
- Haga lo que pueda, vaya por otra carretera, haga lo que sea, pero tengo que llegar a la estación y tomar ese autobús.
- Pero me sea amable, señorita. No se me enoje usted.
“Genial. Solo faltaba que, además del aguacero, cabrees al taxista. Cada vez mejor, di que sí. Lo estás haciendo muy bien”.
“Basta. Déjame en paz. Estoy nerviosa y me estás poniendo más nerviosa”.
“Ahora la culpa la voy a tener yo. Sabes que aquí llueve todas las tardes, sabes que hay que llamar por teléfono. Lo sabes. ¿Qué esperabas que ocurriera? Te mereces lo que te pase”.
- No me enojo, caballero. Disculpe. Solo le digo que, por favor, haga usted lo que le sea posible para llegar a tiempo. Quizá podamos ir por otra ruta o acortar por otro lado.
- ¿Y me diga usted cómo, señorita? Si usted me dice cómo hacer, yo, con mucho gusto, me salgo de este trancón, pero me diga usted. Y, si es que sabe dónde estamos. ¿Sabe usted dónde estamos, señorita?
A las violentas sacudidas del parabrisas, se incorporaron los chillidos del claxon, intercalados por los hijueputas que profería el hombre de los ojos en el retrovisor estirando la “e” como si fuera un chicle de fresa.
Despegué los ojos de su pregunta y me arrimé a la ventanilla, pensando que así aumentarían mis posibilidades de atravesarla. Al otro lado, la ciudad se desteñía e iba a parar, junto con mi esperanza, a una alcantarilla cualquiera.
- Señorita, ¿sabe usted dónde estamos? ¿Señorita?
- No, no lo sé.
- No sabe dónde estamos, pues. Y entonces me diga usted qué vamos a hacer. Si usted no sabe dónde estamos, entonces me sea buena ahora, señorita.
Yo no sabía dónde estaba ni dónde había visto antes esa mirada. No lo sabía y, sin embargo, la reconocía perfectamente. Era una mirada pegajosa que te envolvía en un líquido pesado y verde. Era una mirada tan elocuente como tratar de avanzar por una ciénaga de madrugada. Entendí que nada de lo que había aprendido en los 22 años anteriores me iba a servir. Nada.
La lluvia seguía golpeando diligente como si formara parte de una ceremonia tribal. Suenan los tambores.
“Llama ya, joder. Coge el teléfono y llama”
“Pero ¿a quién quieres que llame?”
“Pues a la policía”
“¿A la policía? ¿Quieres que llame a la policía? ¿Y qué digo exactamente? ¿Que estoy en un taxi y que el conductor me está hablando? ¿Que me está haciendo preguntas? Explícame qué delito es ese exactamente. Por no hablar de este acentazo de euro con patas que tengo. Estoy la última en la lista de prioridades”.
“Joder, sabías que tenías que haber llamado. Te has metido en esto tú solita. A ver ahora cómo coño sales”.
- Se la ve pollita.
- Perdone ¿cómo dice?
- Es usted pollita, digo. No debe de tener ni 25 años. ¿No le da miedo ir sola?
Es precisamente ahora cuando tiene que ocurrir el milagro. Unos segundos antes del ajusticiamiento es cuando el deus ex machina entra en escena y salva a la víctima tendida sobre el altar del sacrificio. Es justo ahora.
O quizá esto sea solo un hechizo y yo debo pronunciar una palabra mágica para romperlo. Solo se trata de saber cuál es mi abracadabra y todo habrá terminado.
“Joder, ¿por qué nos detenemos justo ahora? ¿Por qué carajo hemos parado? Mierda, mierda, ¿qué me va a hacer?”.
- ¿Dónde estamos? ¿Por qué se para?
Deseé no saber lo que estaba a punto de suceder; deseé poder remediarlo de algún modo. Deseé tener las uñas largas y llevar un abrecartas en el bolso. Deseé no haber cerrado nunca esa puerta amarilla.
- Llegamos, señorita.
(Maura)
No hay comentarios:
Publicar un comentario