El miedo. El terror. El abismo. Una probabilidad, el destello de un pensamiento, la imaginación combinatoria que hace que tu mundo se tambalee. El miedo es quizás una de las pruebas más palpables de que el pensamiento afecta y configura nuestra realidad a través de la percepción que tenemos de ella. De repente empezamos a ver rastros, pistas y coincidencias donde antes no había nada. Aparecen dolores, presiones y nubes negras que magnetizan nuestros polos cerebrales y los llenan de tormentas que nos atenazan y nos obligan a temblar de miedo agarrados a la escota de la suerte o de la fe mientras nos atamos al débil mástil del barco hasta que cese el azote de sus rayos. Todo sonido se vuelve ruido siniestro, todo suceso fortuito torna en funesto augurio, todos los que nos rodean en conspiradores, en elementos catalizadores de la catástrofe. Una catástrofe que sufres mil veces de cien maneras distintas antes de que llegue.
Ahora estáis ahí, de pie en la oscura noche, temblando frente al perro negro; sentados en la oscuridad esperando mientras el cordón umbilical del teléfono se va enroscando cada vez más fuerte alrededor del pecho y del cuello; mirando de frente el cañón de la posibilidad que os apunta a pocos centímetros de la frente, oliendo el metal, la pólvora, el aceite. Notáis los cambios físicos. Sangre densa. Pensamiento lento. Cuerpo rígido. Madera. Piedra. Sin conductividad. Estancos. Estáis encerrados, solos, envueltos en miedo, en lo que deseáis que no ocurra, en lo que ni siquiera os atrevéis a nombrar; cayendo a través del tobogán del tiempo disparados hacia el punto en donde la posibilidad y la realidad convergen, chocan, estallan. El lugar donde se decide hacia que lado cae la moneda. Es a esa cita con el destino a lo que más teméis, pues es allí donde deberéis de atravesar la puerta. El umbral del conocimiento.
He estado allí más de una vez, hermanos. Paseando arriba y abajo pendiente de noticias, llamando como un loco al teléfono de Dios y lo tenía olvidado, sin batería, roto. Quedándome sin respiración, a punto del colapso mientras se abrían puertas batientes en pasillos largos como condenas, esperando unas palabras, unas órdenes, un diagnóstico. Corriendo para evitar el desastre a través de las alambradas de la vida. Esperando el cambio. Deseando evitarlo. He atravesado cientos de veces la puerta de la realidad y ya sé lo que había al otro lado. Y dejadme deciros que vuestras sospechas son ciertas, sí. Nada cambia. Detrás de esa puerta no hay más que otra. Y luego otra. Y entre ellas sólo hay miedo, sufrimiento, desesperanza. Pero la puerta que yo os ofrezco es la última, la definitiva. No habrá más duda, más dolor, más miedo. Se acabó. Tomad las riendas de vuestra vida. No os ofrezco más que la certeza.
Sí, sé como os sentís. Venid. No temáis, Dad un paso. Otro más. Bien. Así. Agarraos de las manos y acompañadme. Estaréis bien. Sólo tenéis que dejaros llevar esta vez. Bebeos todo el contenido de la copa. Ahora descansaremos. Sonreíd. Todo va a salir bien...

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