Pesadilla inversa
Sueño que estoy enamorado. Todavía peor: que soy joven y estoy
enamorado. Descubro de su mano lugares nuevos en una ciudad vieja y
destartalada. El Portal de la Valldigna, Caballeros, Calle Roteros, En Roda, Plaza
del Carmen. La sombra del toldo imposible de la Virgen, que no alcanza a la
fuente hortera de las falleras desnudas.
Paseos agotadores, inacabables sesiones de banco en
cualquier plaza tranquila. Conversaciones eternas sobre lo creemos que somos, sobre
lo que nos gustaría ser. Todo nos sorprende, todo nos agrada. Las experiencias minúsculas
se vuelven épicas a la luz de las farolas. Postureos intelectuales: a mí me
toca Vicent Andrés Estellés , Llibre de Maravelles, y Alenar, de Maria del Mar
Bonet...; murciano de Jaén, no entiendo ni una palabra pero, viniendo de
ella, me parecen regalos oportunos, necesarios, imprescindibles. Qué fácil se
aprende un idioma a besos. Supero con creces su envite, ventajas de hablar la
lengua del imperio. Días y Flores de Silvio y los Versos del Capitán, para ir
preparando el terreno. Qué ingenuo, el terreno estaba abonado desde el principio,
lo entiendo al llegar a la página 30 de mi libro.
Sesiones de estudio nocturno con final feliz. Muchos finales
felices, y algo de estudio también. Diplomatura en sofás: sofás urgentes en casa de sus padres, sofás indiscretos en mi piso cutre de estudiantes, sofás colectivos en el
hall de la facultad, sofás acogedores en los tugurios del Carmen…
De repente, detalles que no encajan. La gente deja de hablar
y de mirarse y todos empiezan a trazar extraños pases sobre unos objetos mágicos,
como tabletas de chocolate brillantes que iluminan sus caras en la penumbra del
Pub. En la barra, los camareros se trasforman en cirujanos que reprueban nuestros
abrazos detrás de mascarillas verdes.
Me despierto sobresaltado, ahogado. Maldita apnea del sueño.
Miro de reojo la luz del reloj. Las 5 de la mañana, falta más de una hora para que
suene este despertador inútil: ni
siquiera sé si funciona. Lo apago, por si acaso. Supero el impulso de
levantarme a mear, mientras hago el esfuerzo mental de recordar el sueño, quizá me
sirva para un relato. Estos sueños felices me dejan hecho polvo. Evocar experiencias
idílicas no vividas me produce una resaca en el alma que puede durarme días.
Los llamo pesadillas inversas: lo malo empieza al despertarse.
¿Que tal has dormido? Bien; vamos, normal. Estabas inquieto se ve que has tenido una pesadilla. Ah, ¿sí? No lo recuerdo. Desayuno en silencio mientras amanece, y al coche de camino del trabajo. Como siempre. Las mismas curvas, y señales de tráfico, los semáforos en rojo en el mismo cruce y a la misma hora, los mismos conductores, impacientes, malhumorados, tristes. Pero hay algo hoy que no acaba de estar en su sitio. En la radio no se habla del Covid o del Prusés, ni siquiera de fútbol. En todas las emisoras Violeta Parra canta Volver a los diecisiete.
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PD: Sobre Valencia y Vicent Andrés Estelles
http://www.upv.es/entidades/SPNL/info/U0775284.pdf

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