- ¿Se encuentra usted bien?
Eran las nueve de la mañana de un martes cualquiera y la palabra pan ya no nombraba nada. Luis probó en inglés, que lo hablaba con alguna que otra impureza, pero eso sólo añadió perplejidad al desconcierto en los ojos de la dependienta. Cuatro mujeres y un par de señoras esperaban su turno. Aun no se entendían, pero mezcladas con el olor peculiar del cansancio recién levantado ya se escuchaban palabras de desapruebo. Para un ciego empeñado en ver sería evidente que alguna que otra mirada ya se buscaba para la complicidad de la burla. Sin color en la cara que justificase sangre alguna, apenas le dio el alma para balbucear:
- Póngame un croissant, por favor.
En la mitad del tiempo que solía tardar, y sin percatarse de si las calles eran las mismas de siempre, se sorprendió al reconocer el portal de su casa. Ni se quitó el abrigo ni el frío que colgaba de él para manotear torpemente en el segundo tomo del María Moliner, ese montón de palabras ordenadas una tras otra que le acompañaban desde que fracasó en periodismo, unos años antes de que fracasara en todo lo demás. El dedo índice resbaló por encima de la palabra pánico. Leyó ya sin entender: "del griego "panikón", aplicado al miedo causado por lo desconocido…"; justo debajo le esperaba, no a él sino a cualquiera que quisiera saber, la palabra panal: "conjunto de celdillas fabricado por las abejas con o sin la miel…". Se tomó dos whiskys -en realidad fueron tres apretujados de cualquier manera en el espacio de dos- y se acostó, naturalmente sin sueño, cuando el campanario del convento de las Madres del Divino Pastor mentían las once de la mañana.
Los días que quisieron seguir a ese fatídico martes, Luis se demoraba a propósito en la cola del supermercado del barrio sólo por ver si algún cliente pronunciaba esa palabra huérfana.
-Pase usted.
-No, gracias, me espero.
Cuando el guardia jurado cruzaba los brazos sobre la barriga y la situación parecía resuelta a vestirse de escándalo, él se alejaba de las cajas de pago para recorrer de nuevo los pasillos y leer ansioso las innumerables etiquetas que se usan para fijar precio y nombre a su cosa. Todo en vano, ninguna referencia, ninguna similitud, ningún recuerdo, nada que remotamente tuviera alguna semejanza con lo que esas tres letras habían dicho y tal vez significado. Con el croissant en una bolsa de papel y la angustia de visita en la boca del estómago, regresaba a casa cada vez un poco más extraño.
También probó, sólo por probar y en los bares que ya no frecuentaba, de pedir un bocadillo que, invariablemente y a la pregunta -¿de qué?, él respondía: -de lo que usted quiera. El camarero, barruntando algunas conjeturas de extrañeza y estupidez, alternaba el jamón con el queso y este con la tortilla, aunque eso sí, todo servido incomprensiblemente solo y yerto sobre el plato. Ni el más mínimo rastro de lo que tiempo atrás solía aprisionar, como boca desdentada, esos sencillos y agradables alimentos.
Con lo poco que le quedaba de la última esperanza, algo que sucede a menudo cuando el miedo nos traduce mal, abrió el Nuevo Testamento que consoló a su madre hasta dos días antes de su muerte -sus últimas cuarenta y ocho horas fueron de evidente escepticismo y gran desconsuelo- y buscó en Génesis 3:19. Allí ya no decía lo que siempre había dicho, allí ahora se podía leer: "Ganarás lo que no tienes, ni previsiblemente tendrás, con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Polvo eres y al polvo volverás".
Si eso era una señal, no dudó ni un instante en que era la última. Salió a la calle, esta vez sin abrigo pero tampoco con zapatos. El cielo giraba y con él los pisos, las farolas y las señales de tráfico. Quiso sentarse en un bar para calmar el mareo pero no pudo dado que nada había para hacerlo. Los pocos clientes que a esa hora compartían su forma de ignorarse, desayunaban de pie y en silencio. Añadiendo estupefacción al mareo pidió una silla. Nadie supo de qué estaba hablando.
Lo último que hubiese podido recordar, si a partir de ese instante algún recuerdo hubiese sido posible, sería su espalda apoyada en la pared y sus ojos mirando fijamente su buzón ya sin su nombre. Dios y ayuda les costó a los de la ambulancia arrancarle la bolsa con el croissant de su mano azulada y fría.

Hola, Josep, me ha encantado tu relato. Demoledor. Me gusta mucho tu original forma de expresarte, aunque a veces se acumulan tantas metáforas/figuras, que tengo que leer el texto un par de veces para enterarme de lo que quieres decir.
ResponderEliminarDestaco aquí algunas expresiones que me han gustado especialmente:
"Ni se quitó el abrigo ni el frío que colgaba de él"
"regresaba a casa cada vez un poco más extraño"
"cuando el miedo nos traduce mal"
"compartían su forma de ignorarse"
La fotografía intervenida con una cuerda, me parece también muy ingeniosa.
Hola, Sarita!
ResponderEliminarEs cierto que una de las muchas cosas que a menudo se me va de las manos al escribir es esa tendencia a abusar de las metáforas/figuras, cosa que puede provocar algún que otro "ahogo" severo al lector. En lo que a la fotografía se refiere -esa literatura de la luz-, se trata de una de mis viejas y queridas obsesiones.
Muchas gracias por la lectura y por el comentario.