Una chica con un aro de plata enorme colgado de la nariz le preguntó qué hora era y, de pronto, la joven se vio incapaz de responder a esa pregunta. No entendía las palabras, el concepto de hora ni por qué esa persona esperaba atenta, mirándole a la cara. Las luces estroboscópicas apuntaban sobre ella, como linternas policiales. Le dolían tanto las pupilas, que tuvo que huir hacia el bosque nocturno. A medida que se alejaba del gentío, la música electrónica se iba haciendo más tenue hasta que ya solo se escuchaba como a través de una almohada. La oscuridad se apoderó de todo. Las cañas le acariciaban las mejillas con su cabeza de plumas y el suelo era de terciopelo frío. De repente sus pies se mojaron. Estaba entrando en un lago. El agua helada la estimuló y le dieron ganas de nadar. Pero, ¿a dónde? No lo sabía. No sabía nada. Ni siquiera nadar. El agua empezó a llenarle la boca, la tráquea, los pulmones y le inundó una avalancha de pánico. Un grito agudo, que se parecía mucho a la voz de mi madre, salió del fondo del lago gritando su nombre. Su cuerpo protestó violentamente dando manotadas en la lisa y negra superficie, mientras avanzaba penosamente hacia la orilla removiendo el fango arenoso con las puntas de los pies, como una bailarina colgada de un árbol. Su tórax se curvaba en convulsiones por la tos y el agua salía vomitada a intervalos entre sus dientes apretados. Una vez fuera del agua, la joven empezó a gatear muy rápido, alejándose del lago, igual que una lagartija en peligro de muerte.
Al salir de la espesura del bosque, el viento volvió a traer los acordes electrónicos que se difuminaban con el color del cielo encapotado. Encontró una carretera y se puso a bailar en medio. Unas luces se fueron acercando y luego se escuchó el brusco frenazo de un camión. Apareció a contraluz la silueta de un hombre muy bajito en comparación con su vehículo. Preguntó algo que ella no pudo descifrar, pero se abalanzó sobre su cuello musculoso y le dio un beso húmedo en la frente, como si con ello firmara la cesión de su entera confianza. El tipo la cargó al hombro y la subió al camión. Seguía balbuceando cosas que ella no entendía y el calor de la cabina la empezó a relajar. El hombre le tocaba por todas partes. Le arrancó la ropa y metió las manos ásperas por todos los huecos de sus pantalones vaqueros mojados hasta que encontró lo que buscaba: un rectángulo de plástico con la foto de ella en la esquina superior. Le echó una manta encima y se puso en marcha. A los lados de la carretera las sombras negras de los pinos alargaban sus brazos e intentaban cerrarles el paso. Pero el hombre no les prestaba ninguna atención y seguía conduciendo valiente. A la joven le empezó a entrar sueño y se fue escurriendo hasta dar con la cabeza en el cambio de marchas. El hombre le puso debajo un cojín y siguió concentrado en ese trozo de carretera que abarcaban los faros, como la espalda rugosa de una ballena, sobre la que circulaba en bucle una infinita línea discontinua.
Estuvo durmiendo durante semanas, sepultada por el cadáver inflado de una mujer ahogada, que no le permitía moverse ni abrir los ojos. Su cerebro guionizaba aleatoriamente todo aquello que más ansiedad le podía provocar: persecuciones, laberintos sin salida, precipicios. Los breves ratos que conseguía atisbar la superficie, flotaba en una nada absurda, opaca y sin eco, hasta que se volvía a desmayar en otra pesadilla.
Cuando desperté eran las cuatro de la tarde y estaba tumbada en un sofá verde, envuelta en una manta a cuadros con un pastor alemán encima, que me vigilaba.
Al tratar de ponerme en pie, se me tragó un agujero negro y me vino la primera oleada de imágenes, como cuando te acuerdas de un sueño. Una chica bailando en la carretera y dos faros juguetones que la alumbraban por detrás. La chica se dio la vuelta y debajo de una maraña de pelos, reconocí su rostro: era yo.
Mi cuerpo era de cemento, pero conseguí llegar hasta la cocina. Tenía la boca muy seca. Dejé el grifo abierto mientras vaciaba el vaso en un par de tragos. Lo volví a llenar. Alguien entró a mis espaldas.
—Ya te has levantado. Parece que tienes mejor aspecto.
Espié mi reflejo en el cristal de la ventana, toda despelucada y con la manta enrollada por debajo de los sobacos. Luego me giré hacia él y sin quitar la vista de un desconchado en una de las baldosas del suelo, le pregunté si me podía quedar una noche más en su sofá.

Hola, Sara!
ResponderEliminarComentar un texto, en lo que a mí se refiere, sería como si me hubiese obstinado, en su momento, en enseñarle a tocar la trompeta a Miles Davis: un severo despropósito. Me faltan conocimientos y no llego a tener suficiente descaro, por lo que solo me atrevo a decirte que he leido tu relato como el que come palomitas, con placer y avaricia, que me ha provocado desasosiego-y de eso creo que se trataba en este ejercicio- y que hay algunas imágenes que me han sacado a bailar
Gracias, Josep, por tu generoso comentario :)
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