Entre las mesas del local serpentean silencios lóbregos. El siete, dice Silvia levantando la mirada solo para cerciorarse de que la soledad la ha entendido. Lentamente, apurando el momento en el que el bombo decidirá de nuevo convertirse en un Dios chiquito, apenas una sisa del azar infinito, le va dando vueltas una y otra vez.
¡La niña bonita, sí, la niña sombra, la niña sueño! y en una suma lívida de recuerdos se enredan unas trenzas, y un pañuelo de seda, y una apuesta: ¡anda, bésame si te atreves después de que muerda este limón!
Hace un siglo, comprimido en tres largos años, que en esta sala se reunía un montón de gente para limarle a la vida los sinsabores. Liquidado el negocio, licuadas las sonrisas, limitado a nadie el aforo, Silvia, la binguera, regresa todos los sábados por la noche para limpiar un poco y también para solapar la tristeza, ese lastre que permite el puerto pero se obstina en omitir cualquier mar.
El sesenta y seis, y Silvia se ríe al ver su edad deslizándose alocada por el pequeño tobogán. ¿Los sentimientos saben silbar? ¿El sexo es un licor que se vende sin licencia? ¿El amor es siempre un lance lacerante? y Silvia casi sonríe de nuevo al verse a ella deslizarse alocada por el pequeño tobogán.
Es evidente de que nadie sacará la línea, de que nadie saltará de su silla, eufórico, vociferando “bingo”, y a pesar de ello los números van sedimentando una extraña expectativa en la sala, como el charco que espera un improbable salto en una calle solitaria. Una tras otra, las pequeñas bolas se van buscando, se acomodan, y se diría que andan en la sospecha de algo inaudito, algo parecido a un destino que no debe de andar muy lejos de la ternura.
A un lado de lo que no sucede, sigilosas, las horas se serenan para dar las doce. Esta noche, como todas las otras, la fortuna se quedará sola y en bares cerrados hace mucho tiempo se celebrarán en silencio los premios no obtenidos. Silvia recogerá minuciosamente los cartones, las bolas, el bombo y regresará a su casa por calles livianas, tal vez un poco más aliviada, como un seminarista lascivo al despertar de un sueño seminal (dicen los síntomas que eso sucederá hasta que cualquier Mercadona compre el local y ensucie la memoria al trastocar suerte por alambre).

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