Lo miro y me agarra una pena muy grande. Ahí, tirado en el sofá de tres plazas, mirando el gotelé del techo, paralizado, melancólico, desgarrado. Un hombre que no se reconoce, un deportista que ha representado todo. Acostumbrado a ganar, a vivir con la prensa y las grupis arracimadas a la puerta del hotel, persiguiéndole por todo el globo. Pero retirarse del trabajo, sobre todo cuando uno ha sido el más grande en su campo, es un momento ingrato muy difícil de llevar. Aunque al principio disfrutó de su celebridad, con el tiempo la vida social le aburría, así que se agarró a la cerveza por la mañana y al gin por la noche que le permitía retirar la negra soledad de su mente como si fuera aguarrás. Pero esa no fue la solución, sólo le llevo a cavar un enorme agujero, grada tras grada, para construir un anfiteatro profundo dónde enterrarse en vida a representar su rabia y a glorificar su depresión; dónde regodearse hasta morir pobre y aguachinado gastando su menguante fortuna en carísimos Glenrothes Gold Reserva de 12 años.
En medio de esa guerra interna, a veces, cada vez menos, dirige una mirada hacia mi rincón, dónde guarda los trofeos, los recuerdos, los días felices. Los días que está algo mejor y puede soportarlo incluso pone los antiguos vídeos de los grandes momentos. Hoy, son ya lejanos recuerdos, como el que nos une. Pero aún, a veces, me mira y sonríe soñador. Se levanta agarrándose al brazo del sofá tambaleante y se arregla el pelo corto con las manos temblorosas. Se pone en posición de golpeo, mira sin ver la gran pared de la sala y se transporta al campo verde para revivir su mayor día de gloria. Y recuerda. Recuerda los tres primeros días, en los que jugó desganado pero en los que su calidad le permitió agarrarse a la tabla de clasificación. Y recuerda el genial último día de torneo. El mejor recorrido de todos los tiempos sobre un campo de golf. “La Gran Remontada” lo llaman aún. Pagaría con su alma por volver a vivirlo. Volver a sentir su brazo guiado por algo mágico, por la perfección. El día entero fue brillante, pero a pesar de todo, en el último hoyo necesitaba algún milagro para ganar.
Aún respiro rápido cuando me gana el recuerdo. Veo su cara goteando sudor por la concentración previa al golpe que podía salvarlo, al golpe ganador. La mirada arriba, al cielo, encomendándose a quien quisiera ayudar. Veo el puño dentro del guante, abriéndose y cerrándose nervioso, poniendo a prueba la elasticidad de la piel de gamuza. La mirada que me dirigió al posarme suavemente sobre el tee del dieciocho. El agarre del palo, con un suave grip al principio, más duro luego hasta que se cerró como una garra para propinarme un férreo golpe que me hizo volar atravesando el aire hacia la gloria.
Y contra todo pronóstico, el milagro sucedió: ¡Qué golpe, señores! El aterrizaje en la hierba alta del final de la calle, el rebote ganando el green, el rodar rápido por la hierba cortada al ras, el amplio giro para coger la caída correcta, la suave deceleración, la parada ante el agujero. Una parada breve, el tiempo justo para que el público contenga la respiración, se inclinara hacia delante y por fin, como si me pegara un mareo, la caída en el hoyo como si me desmayara. El sonido hueco del bote sobre el hormigón en aquel tenso silencio fue como el disparo de salida. Gritos, incredulidad, abrazos, fotos, celebración... El estallido de aplausos y el rugido de la victoria. La marea humana agarrándolo para subirlo a hombros y pasearlo en procesión por el campo como una imagen sagrada.
Ojalá pasase la mayor parte de su tiempo recordando aquel día. El último día que pudimos salir. El día más grande, el de su retirada del deporte en lo más alto. El último logro de su carrera conmigo, con su primera bola. La única que le regalo su padre. Reviviendo un gran sueño. Por que es mejor que el sueño lo mate antes que la pena.

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