domingo, 15 de noviembre de 2020

Podía haber sido tiempo de comuniones (Josep Vilaplana)



  Juanito lleva un traje de marinero, casi de almirante si tenemos en cuenta las tres medallitas que las manos temblorosas de su madre le van colgando en la pechera: redonda y de plata la de la Virgen de Lourdes; chiquitina y casi ridícula la de San Francisco de Asís; distinta, simpática y levemente desconcertante la del grupo sanguíneo. Podía haber sido tiempo de comuniones y de almendros en flor, pero en la pantalla HD de 24 pulgadas el Rey, con esa dicción inconfundible que nace no de unas cuerdas sino más bien de unas maromas vocales, desea un feliz año nuevo a casi todos los españoles, a un buen número de españolas e incluso, añade, a otras personas. 

  En el epicentro del comedor, sobre el hule gastado que cubre la mesa, yacen los cuerpos insepultos de una rosa con síntomas de fatiga y de un libro de cocina rápida envuelto en papel de regalo. En ese instante bucle, que incomprensiblemente es uno y el mismo para todo y todos, si alguien se hubiese asomado a la ventana habría visto como agazapados en el portal del nº47 dos jóvenes se besan, algo muy frecuente entre gente enamorada en un día tan señalado como el de hoy, San Valentín. También en este mismo momento torpe y atascado, en este día hueco, sin horas, en el que de una forma incomprensible todo transcurre sin después, los que suben por Vía Layetana se encuentran, a la altura de la calle Manresa, metidos de lleno en los serios altercados que se están produciendo al cruzarse la manifestación que celebra el Día de la Hispanidad, con la que acoge al fervoroso séquito que se dirige al Fossar de las Moreres para depositar las tradicionales coronas de flores. 

  Si las cosas ya son de por sí desconcertantes, la llamada de teléfono las convierte en angustiosas. La abuelita Pilar lloriquea como un pajarillo sin pico por el inexcusable olvido. Siete hijos -seis varones y uno que se dedica a la política-, dieciséis nueras si sumamos las que están en primera linea, las colaterales de un claro perfil sexual, y las que nutren la retaguardia; veintidós nietos y el calzonazos de Pedro, su tercer marido, y nadie se ha acordado de felicitarla hoy, el Día de la Madre. Inconsolable, hipando sin dignidad alguna, asegura, un poco antes -es un decir- de colgar bruscamente, haber incinerado los canalones y regalado el pollo con ciruelas a la Bernarda, diabética, casi amiga y vecina del  tercero segunda. 

  Sin un antes ni un después que nos permita ordenar la secuencia,  y sin noche alguna que las acoja, suenan las tradicionales campanadas sin que año alguna acuda a recibirlas, aunque a decir verdad, más acertado sería decir que suena una y otra vez la misma campanada quedando huérfanas e innecesarias las otras once. Al unísono, Soraya Sáenz de Santamaría, ministra portavoz del gobierno, intenta tranquilizar a la población, cosa que como de costumbre provoca una gran inquietud, asegurando que las leyes están para cumplirlas y que el tiempo deberá atenerse a las consecuencias de sus absurdas e irresponsables indecisiones. Afirma, con la seguridad que da llevar los pantys subidos más arriba de una cintura cercana al suelo, que se están llevando a cabo los reajustes necesarios para que anochezca de nuevo, para que la Navidad caiga como de costumbre en Diciembre y para que los asmáticos padezcan sus molestias como Dios manda, en abril. 

  Informa, con la debida serenidad y a pesar de que un temblor en el párpado del ojo derecho podría hacer pensar en algun amago de duda, que hasta que la crisis temporal no esté del todo resuelta no se tendrán en cuenta los parados de larga duración, por lo que el gobierno en pleno ha tomado la decisión de agruparlos todos en una sola categoría que técnicamente se denominará: Parados Carpe Diem. Añade, con un levísimo esbozo de satisfacción, que no hay bien que por mal no venga ya que gracias al buen hacer de su partido puede considerarse el paro como tema resuelto, dado que nadie estuvo parado ayer ni nadie lo estará mañana. Luego viene una risita, una tos y unas simpáticas disculpas por lo que quiso ser una broma y no pudo. 

  Como es natural, con el paso del tiempo -perdón, quise decir que sin el paso del tiempo- todo volvió a ser como nunca había sido y como nunca más será. Las rutinas y los tedios se comprimieron hasta convertirse en algo parecido a un agujero negro. Un solo y tozudo instante en el que todo, sin decoro alguno, se empujaba para ser ahora y lo mismo. El discurso del Rey no cedía, en la Barceloneta rompía siempre la misma ola y las funerarias hubiesen cerrado si les hubiese dado tiempo para ello. Según parece, y a pesar de no ser lunes ni ningún otro día, en un taller literario de Valencia unos amigos intentaron dejar todo esto por escrito para nunca, dada la intemporalidad vigente, en unas pocas y ejemplares páginas. 


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