Abro los ojos. Giro lentamente mi cuerpo bajo las sábanas. Mi gato reacciona a mi despertar y me premia haciéndome cosquillas en la mejilla con sus bigotes. Mi balcón, hasta hace pocos días inundado de oscuridad, se deja acariciar tímidamente por los primeros rayos de sol de la primavera. Tomo conciencia de la fecha en la que estamos, de que este día será siempre el día después, de ese vestido negro y discreto que me espera dentro del armario para que me lo ponga y salga de casa con el temple que se espera de mí; tacho el cuadradito del calendario con el deseo de borrar esta jornada antes siquiera de que haya tenido lugar. Los fragmentos de lo acontecido el día anterior me parecen irreales, como una de esas películas que cuesta asimilar y deja imágenes flotantes. Y sin embargo, sin embargo, hay algo en el ambiente, una ligereza desconocida en mi cabeza que me empuja a alargar el disfrute de la serenidad matinal, un grado de sosiego que ahora comprendo que añoraba. Con solo un camisón cubriendo mi cuerpo y la lata de cocacola que acabo de sacar de la nevera en la mano, salgo a la terraza y dejo que los rayos de sol me acaricien a mí también. Bidón se pasea entre las macetas.
Mi vecino Héctor surge en su balcón. Ronda los 40 como yo y está particularmente atractivo cuando está recién levantado. Es posible que adivine la forma de mis pezones bajo mi camisón de color rosa y no me importa lo más mínimo. Pienso en Mariola, en su risa nerviosa ante este tipo de actitudes ¿Estás bien? me pregunta Héctor, anoche me pareció oírte llorar, dice con cierta incomodidad. Estoy bien, le respondo sonriendo con la clara conciencia de estar diciéndole la verdad.
El resto de la conversación solo tiene lugar en mi cabeza. Pienso en decirle, verás, es que tenía una relación patológica con alguien que quería ser como yo sin dejar de ser ella ¿Ella? Contestaría él ¿Entonces no hablamos de un novio? No, de una amiga. Mi jefa. No se puede ser amigo de tu jefe. Pero es que yo no lo sabía, y mis problemas de autoestima me llevaron a creer que siendo su amiga, mi persona cobraría más importancia ¿entiendes? Como si pasara a formar parte de su estatus solo por pegarme a ella, como si la ropa cara que me prestaba pudiera de repente comprármela yo si quería, y sus amigos famosos fueran los míos también ¿Y sabes lo que quería ella? Mi libertad, mis amistades desinteresadas, emborracharse, aprender a reírse muy alto, a masturbarse, a decir palabrotas ¿Y qué pasó? Empezó a llamarme a todas horas, a seducir a mis parejas, a comprar a mis amigos, a beber incluso en el trabajo. Entonces tuvimos esa discusión terrible, el alcohol en nuestros alientos y en nuestras palabras. Dardos llenos de veneno cocinado a baja temperatura. Y es terrible porque yo no consigo recordarla, mi memoria ha seleccionado piezas sueltas, como las de un tetris que no puede hacer línea por más que hagas y deshagas la composición. Y sé que debería estar descompuesta y temblorosa; pero mírame, estoy guapa, casi exultante, no sé en lo que esto me convierte, solo siento que he librado una batalla y he salido victoriosa ¿Será verdad que en todas las guerras uno se alegra secretamente de la muerte del otro?
¿Lucía? Héctor me devuelve a la realidad, me dan ganas de decirle que acabamos de tener una conversación ficticia y que dentro de mi mente, termino de confesarle cosas importantes que no seré nunca capaz de admitir. En su lugar, le pregunto si le apetece quedar para desayunar el fin de semana, que hay un sitio nuevo donde preparan un brunch delicioso. Me mira de arriba a abajo con poco disimulo y accede. Que tengas un buen día, lo mismo te deseo.
Con una toalla abrazando mi cuerpo y otra mi pelo, saco el sobre que me entregó Mariola la última vez que nos vimos. Me tumbo de nuevo en la cama y desdoblo la hoja, idéntica a otros cientos que me entregó en tantas otras ocasiones. Su voz aún me llega con claridad, aunque sé que irá desdibujándose. Al menos, en estos tiempos contamos con los audios del whatsapp.
Querida Lucía,
Yo nunca he tenido una amiga como tú. Un alma gemela. Siempre he sido muy exigente y no me ha valido cualquiera, por eso a lo largo de la vida me he sentido muchas veces sola. Amiga, yo no escribo como tú, repito las palabras aunque tú me enseñaras a no hacerlo. Además la palabra amiga me gusta mucho. Mi amiga. Mía.
Amiga (otra vez) te escribo porque sé que te he dicho cosas que has malinterpretado. Por ejemplo, cuando te dije que me extrañaba que tu vecino, siendo tan guapo, te prestase tanta atención, y que no deberías deja pasar la oportunidad de quedar con él, no quería decir que tú fueras fea. Es solo que él es mucho más llamativo. Tú eres una persona que gustaría a cualquiera después de conocerte. Además, sabes que siempre te he dicho que eres más bonita de lo que crees, y que se te nota tantísimo cuando tienes un poco de cuidado con lo que te pones. Cuando a ti te pareció que “tonteaba” con él, solo estaba intentando echarle un cable para relajar el ambiente.
De la misma forma, yo admiro que puedas ser lo feliz que eres pese a tener un salario tan básico y una posición laboral que ni siquiera es acorde a lo que estudiaste. Te admiro porque has sabido conformarte. A mí nunca me han permitido ser del tipo conformista, he tenido que ser ambiciosa a la fuerza y sacar lo mejor de mí en nombre del apellido que con tanto orgullo sigue a mi nombre, pero tú eres tan auténtica, tan alegre, que solo puedo envidiarte por vivir de la forma en la que lo haces. Eso es lo que quería expresarte y no lo que tú entendiste.
Nunca antes de conocerte me había emborrachado, de ahí los desagradables episodios en los que me has visto fuera de mí o me has tenido que llevar a casa. Te pido por la amistad que nos une que esto quede entre nosotras, pues no podría vivir con la conciencia de que los demás saben que estoy dejándome llevar y aligerando mis convicciones. Te pido perdón también, aún sabiendo que no me lo deberías tener en cuenta porque las cosas que te digo cuando he bebido no las pienso de verdad.
Amiga, estoy sufriendo mucho. Necesito que me contestes el teléfono, que las cosas vuelvan a ser como antes. O no sé lo que haré.
Te-quiero-amiga-mía.
Al tiempo que rompo la carta, me permito sentir el hueco que ruge en mi estómago; el apetito se ha abierto paso allí donde debería encontrarse el sentimiento de culpabilidad. Ya enfundada en el vestido negro que la propia Mariola me regaló, me dirijo a su funeral con el firme propósito de pedir comida para llevar en cuanto haya terminado con este incómodo trámite. Liviana y quijotesca, levanto la barbilla como ella me enseñó a hacer y emprendo mi camino.
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