César:
Me gusta tener un espacio propio en compañía, un sitio donde probar y donde
probarme, donde aprender a leer y a leerme, donde estar fuera del mundo para
poder entenderlo. Un lugar donde poder invitar a unos cuantos a que participen
con sus historias, sus alegrías y sus problemas. Donde intentar saber por qué
raspa, por que duele o por qué da risa. Con sus descubrimientos inútiles y sus
errores catastróficos. No tengo ni idea de lo que busco, puede que lo que me
gusta en realidad sea el hecho de buscar.
Rafa:
Todos los años sufro un accidente.
—Cariño voy a arreglar el enchufe de la terraza.
—Te he dicho mil veces que llames a un electricista.
—¿Un electricista? Cincuenta euros más el desplazamiento.
Eso lo arreglo yo en un pis pas.
—Ni se te ocurra ¿estás loco?
—Por cincuenta euros pierdo el sentido.
—Pues deja que quite los plomos, no vaya a ser que lo
pierdas de verdad.
—¿Los plomos? Grita mi hija enchufada al ordenador. Ni se
te ocurra.
—No hace falta que los quites, cielo. Total sólo es conectar
dos hilos, el marrón con el positivo y el azul con el negativo. ¿O era al revés? —pienso.
—BZZZZZ. Clic. Plomos fuera. Casa a oscuras.
—Era al revés —concluyo— al ver tres caritas mirándome desde arriba.
Un dedo chamuscado y un pequeño corte en el labio al
golpearme con una silla. Noto el flujo salado de la sangre en mi mejilla. Lo
limpio con mi lengua.
—¡Hay que ver pedazo de cabestro!.... Ya lo decía mi
madre: “El buey suelto bien se lame”.
Me gustaría que la gente que quiero no cayera en los
errores que he superado. Me doy cuenta también, que llego más a quien no me
conoce que a quien cree conocerme. Y tengo miedo a los que tienen poder, a que
se les escapen las riendas una vez acaban la carrera. Esa carrera escupe a los
de a pie, más aún si las ideas que salpican son negativas. Escribo para cambiar
el proceso de caída de esas fichas de dominó que les lleva a ese miedo... a ese
miedo. Nada me aterroriza más que el miedo.
Josep:
Si aceptamos
que se puede nacer en un color, creo que yo nací en el gris; luego, año tras
año, fui buscando otros colores, aunque a decir verdad todos se mezclaban,
todos se ensuciaban un poco con ese no color, con esa indecisión
cromática. Solo con el paso del tiempo conseguí “desaprenderme” lo necesario
para poder pintar mi comedor de un color gris precioso; al tiempo le debo el
olvido suficiente y ahora solo me gustaría que la gente que quiero no cayera en
los errores que he superado.
No sabía si
ir a misa o a El Corte Inglés. Mi padre me presionaba sin querer con su
silencio beato, mientras descolgaba la chaqueta. Ir a misa me parecía un
verdadero tostón. En realidad, me apetecía mucho más el plan de acompañar a mi
madre a la Semana Fantástica. Podía tratar de sacarle la nueva nave de Lego
Espacial.
—Entonces,
¿te vienes? —quiso saber mi padre bajo el umbral de la puerta.
Por otro
lado, ¿de qué me servía todo el Lego del mundo si luego iba derechita al
infierno?
—Vale.
Tomar
decisiones me ponía nerviosa y triste; era como morir un poquito. Y más si
tenía que decidir entre mi padre y mi madre. Desde la infancia, el género y la
ansiedad siempre me han acompañado.
El buey suelto bien se lame. Mi abuela siempre me lo
decía. Hijo, tienes que ir a tu aire. No te preocupes de lo que digan los
demás. Puedes decir que sí, suele ser mejor que piensen que estás de acuerdo;
pero luego tú haces lo que te parezca. No dejes que te organicen la vida.
Esta opinión tenía bastante mérito, para venir de una
mujer que tuvo ocho hijos y nunca trabajó fuera de su casa. Yo siempre he
intentado seguir este valioso consejo, y eso que no es nada fácil: decirle a
los demás lo que tienen que hacer es el vicio más feo y antiguo de la
Humanidad. Si aceptas lo que te digan, vivirás más tranquilo, es verdad, pero
nunca alcanzarás tus sueños. Yo me he llevado algún disgusto que otro, pero
ahora puedo decir que, cada mañana, sólo mis sueños condicionan mi despertar.
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