viernes, 20 de noviembre de 2020

Punto de giro - Sara

Es raro. Todo es muy raro, oigo decir constantemente. Pasar las noches contigo era algo que ocurría repetidamente y ahora ya no sucederá. Ni la noche, ni tú. Miro al cielo y todo sigue igual, pero nada es como antes. Es como si hubiera amanecido en El Show de Truman y de repente me diera cuenta de que el paisaje que me rodea tiene costuras, de que, si tirase del hilito, el escenario se podría desplomar.

El primero en augurar el fin del mundo fue el cambio climático. Y, de repente, le salió competencia. Cuando ya nos habíamos hecho a la idea de que ese sería nuestro final, fuimos sorprendidos con un punto de giro inesperado, como en un guión de Hollywood: una pandemia se hizo con el protagonismo. Una plaga que haría que acabásemos como langostas, formando montañas de caparazones rígidos a los lados del camino, sin palas para tanto entierro. Fue un duro golpe, pero conseguimos acostumbrarnos a nuestras nuevas circunstancias. El ser humano es capaz de adaptarse a cualquier cosa. Eso dicen. Yo no lo he conseguido. He fracasado como especie. Ya no me identifico con ella. El motor aún me hace seguir funcionando, pero no hay nadie al timón. La pandemia lo rompió, cuando se te llevó por delante.

Y ahora resulta que el sol se ha vuelto loco. Otro punto de giro inesperado. Este guión es ya de risa. Bueno, me importa un carajo. Para mí como si explota el mundo y nos vamos todos a orbitar la galaxia. Lo más gracioso del asunto es que no me había dado ni cuenta de que, desde hace dos días, no se hace de noche. Me lo tuvo que decir la panadera. Dice que en el telediario no hablan de otra cosa, con lo machacones que se ponen cuando les da por un temita. Fue ayer cuando me enteré al salir a comprar, después de casi cuatro días encerrada en mi búnquer. Todo el mundo por la calle miraba hacia arriba con ansiedad, hacia la luz, como conejos a punto de ser atropellados por un coche. Hacían quiniela, especulando: que si es la luz de un segundo sol justo al otro lado del nuestro, que si se debe a un cambio de órbita, que si es polvo intergaláctico. El caso es que nadie lo sabe. Para mí, que siento tanta oscuridad adentro, es como una burla, una afrenta. Como si al sol se le hubiera congelado una sonrisa obscena, como si se estuviera riendo descaradamente de nuestra estupidez. Oía el murmullo de la gente calculando las desastrosas consecuencias físicas, químicas, biológicas, ecológicas, metabólicas que tendría esta situación a largo plazo, y pensaba para mis adentros, que incluso a esto se podría adaptar la humanidad.

Por mi como si nos salen cuatro soles más. Ya nada importa. Antes la pena siempre me asaltaba de noche. Ahora tendrá que acostumbrarse a este sol que no se acaba, a esta luz estridente, de manicomio, que te extrae todos los jugos y te deja como una pasa, que acabará secando tus huesos y convirtiéndolos en fino polvo blanco, en arenilla de playa entre mis dedos.

Te preguntarás qué es lo que me motiva a seguir adelante, a levantarme cada mañana. No lo sé. Quizás (y no te rías, que te puedo ver), quizás sea la ridícula esperanza de que vuelvas a mi lado. Con todo lo que está pasando tampoco es una idea tan descabellada, ¿no crees?



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