EL PADRE LUIS
Estaba husmeando en Facebook. Es cómo abrir un cajón ajeno y rebuscar entre los objetos la clave de algo inconfesable; lo hago de noche, cuando mi mujer ya se ha dormido. Hace unos días elegí como objetivo a un compañero de pupitre de la época de los Maristas: Alfonso Jiménez, un gran vendedor de chuletas enrollables. Tecleé sus datos en el buscador y apareció su foto de perfil. Cincuenta y dos años, mi edad, aparecía como un tipo de pelo negro ya salpicado de blanco que ocupaba el centro de una narración fotográfica; sugería el ideal de felicidad lineal: dos adolescentes medio guapos, una mujer pasable y al fondo un adosado de esos que se esparcen por las afueras de todas las grandes ciudades.
Escribí en su muro un escueto mensaje que obtuvo una contestación inmediata, – te llamo –; No había salido aun del dormitorio cuando sonó el móvil. – Telepatía– es lo primero que escuché. Buscaba a los estudiantes de la promoción del setenta y dos para organizar la conmemoración de los 25 años como antiguos alumnos; yo, mientras recitaba la lista de los asistentes que ya habían confirmado que acudirían a la cena, buscaba la escusa que le daría cuando finalizara.
–También vendrá el Padre Luís, ¿ te acuerdas?.
– Sí, sí, por supuesto que iré, será un gustazo encontrarme con todos, – le digo–.
En los Maristas yo fui un chico becado, mejor dicho, fui el chico becado, con ropa de becado, cara de becado; ese tipo de chaval feúcho, estudioso y bueno por pura necesidad.
El Padre Luís, en calidad de tutor espiritual, liberaba cada día a uno de los compañeros del estudio de las doce. El afortunado, que había sido nombrado para el largo paseo por el jardín, cerraba de golpe el libro y salía del aula como si fuera el gran premiado del día. Yo fantaseaba con esa intimidad que intuía morbosa y a la que nunca fui invitado.
Soy de esas personas a las que el paso del tiempo mejora. Quizá porque la evolución de los rasgos juega a su favor, o quizá por la belleza que regala el ascenso de clase social; pero aún así sigo teniendo complejo de pobre, de becado de la vida, de un infiltrado que camina con la espalda tocando el suelo, esforzándose en no ser visto.
El día del encuentro me vestí con el esmero de alguien que quiere seducir a una mujer que supera sus posibilidades. El mejor traje, la mejor camisa, la corbata de diseño, la colonia carísima guardada para las ocasiones.
En la larga mesa reservada, el Padre Luis ocupaba la cabecera; fui directamente a saludarlo. Me di cuenta de que no me reconocía. Nunca había existido para él. Desde mi lugar en la mesa, aunque bastante alejado, podía observarlo sin llamar la atención. Los antiguos compañeros hablaban y reían entre ellos, parecían encantados y divertidos del rencuentro, pero ninguno le daba conversación , ninguno le prestaba atención a ese hombre mayor arrugado, venido a nada, que comía en silencio con lascivia y mirada bobalicona proyectada al vacío.
Fui consciente que el Padre había sido invitado como mascota de la clase, como un banderín que se cuelga para simbolizar una época, un puro adorno simbólico. Eso era para la promoción del setenta y dos de los alumnos Maristas.
En ese momento me quite la chaqueta y la corbata, me arremangue las mangas de la camisa y tintineé con la cucharilla la copa de vino, para atraer hacia mi la atención de todos.
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