lunes, 18 de enero de 2021

Ojo al parche

 Ojo al parche

Tengo nueve años cuando el médico dice que me van a poner gafas y lo primero que pienso es que me voy a quedar sin amigos. Mi madre sonríe nerviosa y a mí me da por llorar.

El médico dice algo de que tengo un ojo vago. No entiendo nada. No hago más que guiñar un ojo y el otro imaginando que hacen gimnasia. Busco alguna señal en un intento de descubrir quién de los dos es el dichoso ojo vago. Cierro el derecho varias veces y confirmo al final que con el izquierdo no veo bien. Pero lo peor está por llegar, el médico saca de un cajón unas horribles gafas de montura negra con uno de sus cristales opaco.

Él médico le muestra las gafas a mi madre indicándole que unas como esas son las que tendré que llevar ahora y que además me deben colocar un parche en el ojo derecho.

El doctor intenta explicar a mi madre que en mi cerebro hay una mala coordinación nerviosa que da preferencia al ojo que ve mejor, lo que hace que el otro no se estimule ni trabaje lo suficiente. A partir de ahora tendré que llevar un parche en el ojo bueno para forzar al débil a trabajar correctamente. Para que mi ojo izquierdo trabaje hay que sacrificar la visión del derecho. “Castigar al bueno para que el malo trabaje”, esas fueron sus palabras.

La visita al médico marcó un antes y un después en mi vida. Mi madre tuvo que ir al colegio para hablar con el tutor sobre mi ojo vago. Le explicó, qué al taparme el ojo derecho, la visión con el izquierdo sería deficiente.

Sin más, me trasladaron a la primera fila de la clase para que pudiera ver mejor la pizarra. Deje de sentarme al lado de mi buena amiga Maria para colocarme en primera línea de fuego. Totalmente expuesto, ya no era un ser invisible y diluido en medio de la clase como a mí me gustaba. Dejé de pasar desapercibido. Ahora era el chico de la primera fila de gafas raras y un parche en él ojo. Cerca de la mesa del profesor y al lado de los que habitualmente se portaban mal, Javi “el grande” y Manolo “el cabolo”.

Fueron semanas duras en las que tuve que aprender a sobrevivir. Debía estar siempre muy atento y no descuidarme para que esos dos energúmenos no me quitaran los lápices o rallaran mis libretas. En el patío la cosa era todavía peor, cuando no me robaban el bocadillo acababan escupiéndome y llamándome tuerto de mierda.

Yo siempre me quedaba quieto y paralizado hasta que un día ya no pude más. Javi el grande me quitó las gafas y se las dio a Manolo el cabolo. Me cogió de una oreja y la estiraba mientras repetía una y otra vez “tuerto de mierda, tuerto de mierda,,,”.

De repente, mi ojo izquierdo tenía delante a un estúpido gigantón con su mano en mí oreja y sin parar de reír. La rabia brotaba dentro de mí junto con el sándwich de nocilla que me subía por la garganta y me lo volví a tragar. No sé cómo, pero de un salto saqué un puñetazo y conseguí acertarle en un ojo. Javi el grande cayó desplomado al suelo tapándose la cara, pero yo no dejé de golpearle hasta que de su nariz salió un chorro de sangre.

Fue entonces cuando el director apareció por patío y me cogió del brazo. Mi madre vino a buscarme, me metió de un empujón en el asiento trasero del coche y se sentó a conducir. Mientras ella lloraba y se lamentaba, yo me chupaba los nudillos. Los trozos secos de sangre se disolvían en la boca convirtieron mi saliva en el algo más espesa. Todo el camino hasta casa seguí lamiendo mis manos. Quería más. Supe que siempre querría más.

 

Paco Florentino


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