domingo, 28 de febrero de 2021

La loca del gorrito


 

Puedes eliminar los recuerdos, pero no a las personas que los habitan.”

Aurelia Campos


Hoy ha vuelto a venir al bar la loca esa que dice ser mi madre. Lleva siempre un gorrito de visón apolillado que le está pequeño. Parece una peluca mal puesta, de los mismos tonos que su pelo, entre marrón y color nicotina. Asegura que era mío, de cuando era pequeña y no se lo quita ni en verano. A mí me da asco y pena. Dicen que perder a una hija es lo peor que te puede pasar. Yo sé lo que es perder a un ser querido. Mi madre murió en un accidente cuando yo tenía once años. Era una actriz de cine guapísima y mi única familia.


No soporto a esos zombis que suelen venir al bar. Esos yonquis de la felicidad, que antes lo fueron de la cirugía estética. Primero se hacen solo un pequeño retoque. Borran una nimiedad, una pareja que les ha dejado, la traición de una amistad. Luego se van aficionando y acaban eso, como zombis. Seres planos, sin identidad. Como si hubieran triturado toda la literatura de Tamaro, Coehlo y Bucay y se la hubieran inyectado en vena. Me pregunto si ellos serán conscientes o si también se sentirían auténticos, como me siento yo. ¿Pero, y si yo también soy como ellos y no me doy cuenta? Ese pensamiento me produce escalofríos. La única razón por la que me sometería a un cambio, sería para olvidar que vivo en un mundo donde estas cosas son posibles. Para olvidarme de que hay gente sin escrúpulos que, por ganar dinero, es capaz de crear una sociedad tan enferma y paranoica.

Dicen que a las personas a las que les cambian un recuerdo, también les hacen olvidar el motivo por el que fueron intervenidos (lo cual nos convierte a todos en posibles zombis). No les dejan salir del coma hasta que el nuevo recuerdo ha cicatrizado. Si se despiertan antes por accidente, se pueden producir recuerdos inestables. La gente que los sufre, acaba enloqueciendo. Es como si vivieran en varias realidades y en varios tiempos a la vez. Corren el riesgo de entrar en un bucle infinito que brinca de forma intermitente del presente al pasado, del recuerdo real al trasplantado.


Me he preguntado muchas veces cómo habrá sido el drama de la mujer del gorrito. Hablar con ella es imposible. Tiene el cerebro podrido por las pastillas y el alcohol. Imagino que en su época aún no era posible cambiar los recuerdos. Quizás se volvió loca antes de poder hacerlo. O quizás no tenía dinero suficiente. Aunque hoy en día es muy barato y hay un montón de sitios clandestinos, que dan un miedo que para qué.


He decidido preguntar en el Banco General de Recuerdos si tengo ficha. Según me ha explicado una clienta del bar, si quieres saber si has sido intervenido y por qué, te permiten el acceso a la última grabación que se hizo antes de iniciar el proceso, donde el paciente mismo explica la experiencia traumática que ha motivado su solicitud. Pero solamente te envían la grabación, si antes pagas una cuantiosa suma y firmas un documento que les exime de la responsabilidad por posibles daños psicológicos. Esta clienta también me ha contado el caso de una persona que acudió al BGR para abrir su ficha y le informaron de que ya había escuchado la grabación sobre su pasado anteriormente y se había vuelto a intervenir para cambiar el recuerdo.


Me han contestado esta mañana. He recibido un audio con la grabación, pero me quiero esperar a que llegue Rober para escucharlo. Me da miedo estar sola. En las instrucciones pone que el audio se eliminará en 24 horas, si no lo abro. Me ha recordado a las pelis de James Bond y me ha entrado la risa tonta. A juzgar por los kilobytes, no parece demasiado largo. También me han enviado tranquilizantes, por si acaso. Pero yo no los pienso tomar.


Al principio la echaba del bar sin miramientos. Me espantaba a la clientela. Huele mal, apesta. Es un cóctel de alcohol, excrementos y carne podrida. Pero se ve que me he ido acostumbrando a su presencia, porque cuando hoy ha llegado, hasta me ha parecido que no olía tan fuerte. Hacía ya mucho tiempo que no se pasaba por el bar, semanas. De hecho, algún que otro día, me he descubierto a mi misma preocupada por si le había sucedido algo.


He tenido que pulsar varias veces el play en la pantalla táctil. Tenía los dedos tan fríos que no respondía el archivo y ya empezaba a pensar que todo había sido una estafa. Pero al final, se ha abierto. Me ha dado mucha impresión escuchar mi propia voz y percibirme, sin embargo, como otra persona. He sentido una angustiosa nostalgia o incluso algo de envidia de ese ser que fui, atormentado, supongo, pero real.


Ha llegado muy callada. Sin el gorro y sin la cantinela esa de “Ay, mijita, hija mía querida, qué niña más hermosa tengo. Eres mi sol, mi única alegría.” Le he preguntado si se encontraba bien. Pero sólo ha contestado con un sonido árido, mezcla de gruñido y lamento.


El teléfono sonó de madrugada y me desperté asustada. Quería cogerlo, pero tenía las piernas que parecían hechas de arena. Cuando por fin conseguí poner un pie en el suelo, dejó de sonar. Pensé que habría contestado mi madre desde su dormitorio. Sería uno de sus clientes. Me sentía tentada de ir hasta su cuarto de puntillas y escuchar lo que hablaba detrás de la puerta, pero mientras lo visualizaba, me venció el sueño. Al día siguiente, mi madre se levantó de muy buen humor. Estaba como cambiada. Me acerqué a darle un beso y no olía a alcohol. Me dijo que me pusiera el bañador. Nos íbamos a pasar el día a la piscina municipal, que era una piscina descubierta con un inmenso jardín, donde podías tumbarte en el césped.



Esta mañana, al venir en el metro una chica se me ha quedado mirando fijamente. Me miraba como si me conociera de algo. A mí su cara no me sonaba. A veces sueño con rostros de gente que no conozco y me lo pregunto. Uno nunca sabe. También he soñado con ella. Pero luego pienso: no puede ser. Aunque yo hubiera olvidado todo lo ocurrido, ellas, mis células, lo sabrían. Ellas recordarían el sufrimiento. En alguna parte, mi cuerpo seguiría guardando la sospecha de que tuvo otra vida. De eso estoy segura.



No me podía creer que fuéramos a pasar todo el día juntas, que la fuera a tener para mi sola, nadando, tomando el sol o compartiendo la sombrilla, jugando a ver quién lanza la pepita de sandía más lejos. Era el día más bonito que podía imaginar.

Después de comer, mi madre se quedó dormida y yo me fui corriendo al zambullirme en el agua. Nadar era lo que más me gustaba en el mundo. Podía pasar horas a remojo sin sentir ni frío ni hambre. Estuve chapoteando hasta que empezó a atardecer y pensé que sería mejor volver por si me estaba buscando. Me costó encontrar nuestro sitio, porque ya no estaba la nevera portátil, ni el bolso de mimbre, ni su toalla, ni tampoco ella. El sol ya se había escondido detrás del colegio que había enfrente. Busqué por todos los sitios un bañador rojo, mientras tiritaba de frío, envuelta en una toalla de la sirenita que me había regalado por mi cumpleaños. No la vi. Al final, acudí llorando al socorrista y él envió un mensaje por megafonía que reverberó en todo el recinto. Me moría de vergüenza al ver que pasaba el rato y nadie venía a buscarme. Ya iban a cerrar.

Ese día fue el último que la vi. Así es como pensaba que la iba a recordar siempre. Joven y atractiva aún, casi como una actriz de cine, enfundada en un escotado bañador rojo, riendo nerviosa y tirando una y otra vez de su cigarrillo. Me vino a la cabeza lo que decía mi abuela cuando a mi madre le dio por quemar mi habitación porque estaba muy desordenada o cuando me tocó dormir en el rellano de casa porque había cerrado la puerta con la llave, antes de irse a dormir la mona con un cliente: “No se lo tengas muy en cuenta a la pobre. Es la enfermedad.” La dichosa enfermedad que la hacía tan vulnerable y, a la vez, tan especial. Que me hacía sentir a mí como su ángel de la guarda, pero también como su sirvienta, una copia vulgar de ella, una persona desdichada y corriente.



Hoy la he mirado por primera vez a los ojos. Los tiene del mismo verde oscuro que mi hijo mayor. Aunque su mirada era opaca, mate.


—¿Quieres un café, mamá?


Ella ha reaccionado asustada, como si hubiera escuchado un disparo. Luego ha fruncido las cejas para verme mejor y me ha contestado en un tono cortante.


—Qué dices, loca, yo no soy tu madre.


Le he servido un carajillo cargadito, como a ella le gusta. Estaba distinta. Llevaba puesto un vistoso anorak rojo, aunque pasado de moda y muy rozado en las mangas. Ha estado un buen rato escarbando en la infinidad de bolsillos de su anorak, como a cámara lenta. Por fin ha encontrado unas monedas y las ha depositado una a una sobre la barra con sus rígidas manos de callos amarillentos y dedos como pezuñas. Me daba impresión de que lo único que quería era que la siguiera mirando, tan orgullosa de su nuevo atuendo como una niña vestida de domingo. De pronto, me ha asaltado una profunda tristeza y el impulso de protegerla como a un frágil polluelo.


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