Quiero ser lo que no soy y haber sido lo que no fui, es por eso que miento. ¿Acaso no os pasa lo mismo a todos? Normalmente mantenemos esa frustración velada y nos conformamos con cavilar sobre las oportunidades que la vida nos quitó, o las que no nos dio directamente; pero siempre habrá una noche oscura, en la que el deseo de intercambiar identidades con ese otro yo en el que podríamos habernos convertido, aflorará con la intensidad con la que surgen los dolores de muelas, y todos los nervios de nuestro cuerpo se estremecerán y sentiremos la necesidad de solucionar nuestro malestar.
Muchas personas, en momentos así, navegan por internet, el lost-and-found de los futuros malogrados. Entran en las webs de universidades a distancia, en páginas de concursos de talentos, buscan oposiciones, dietas rápidas, barajan cambios de vida en InfoJobs o Linkedin. Los algoritmos de la red también nos dan la oportunidad de generar nuevas fantasías.
Se ofrece trabajo de vigilante en una pequeña isla paradisíaca.
Oferta publicada hace tres semanas.
Ocho millones de inscritos.
Y el sentimiento de pérdida nos invade, aunque no se pueda perder lo que nunca se ha tenido.
En esas andaba yo el sábado noche en el que comenzó la historia que voy a contaros, cuando un chico moreno de pestañas tupidas se acercó a mí y comenzó a hacerme preguntas. Soy psicóloga, le dije. E incluso me inventé, dispuesta a correr riesgos, que estaba en aquel concierto de Corazones Eléctricos porque era la terapeuta del manager de la banda. Él sonrió mostrando unos dientes blanquísimos. Se llamaba Mariano. Se acercó más a mi cuerpo y me dijo: debe ser muy duro cargar con las penas de tantas personas.
_ ¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
_ Soy abogado. Civil. Ya sabes, divorcios y herencias.
_ Entonces también cargas con penas.
_ Sí, el trasfondo es complicado.
Qué bonita la palabra trasfondo -pensé- Cuánto significado contienen sus nueve pequeñas letritas.
Mariano y yo abandonamos el bolo en la penúltima canción; salimos del local cogidos de la mano, borrachos. La ebriedad es magnífica cuando quieres ser psicóloga por una noche.
Lo que más me cuesta es no poder compartir con mis amistades lo que me cuentan los pacientes, le dije, son historias interesantísimas que me tengo que guardar para mí. Por ejemplo, hace poco, tuve en la consulta a un adolescente que había intentado suicidarse por un tema de bullying escolar, pero no puedo hablar de ello; y como no soy de las que se cree sus propias mentiras, me repetía para mis adentros: qué buena psicóloga sería, y qué buena actriz. Cuánto talento desperdiciado.
Las confesiones nos llevaron a los besos, y los besos a mi casa, donde tuve la cautela de entrar en avanzadilla en mi habitación y esconder mi cordón identificativo.
Marta. Higienista dental.
Los empleos correctos son como las parejas a las que nunca querremos pero tampoco nos atreveremos a dejar.
Mariano era esbelto, y sus formas rectas contrastaban con mis curvas. Ponía su mano derecha de lado y me daba unos golpes graciosísimos en las nalgas, diciendo entre risas que de mi cuerpo se sacarían muy buenas chuletas. Y yo me sentía feliz, deseada, una psicóloga segura de sí misma, en paz con su destino.
No era aún de día cuando él dijo que iba a pedirse un Cabify. Sentí una punzada de decepción pero se esfumó casi antes de aparecer.
Un paracetamol y dos vasos de agua después, caí en el sueño profundo que solo alcanzo con la ingesta de alcohol, y desperté sin cuentas pendientes.
A ratos, pensaba en Mariano. Sus manos grandes, sus dientes alineados. Voy a pedir un Cabify. Claro, ya es tarde.
Y el lunes llegó, y con él el regreso al trabajo, a los gritos de mi jefe, al desdén de las recepcionistas, a la vida aséptica, las batas y los sonidos estridentes. ¿También a vosotros os duelen los lunes?.
Vencida y hambrienta, superé la jornada soñando con volver a mi hogar, abrir una lata de cerveza y prepararme una hamburguesa. Y fue esa decisión la que me llevó hasta una carnicería cercana a la clínica, en la que nunca antes había entrado, como si algo me atrayese. Y es que allí estaba Mariano, muy guapo, cortando pechugas de pollo detrás del mostrador.
Cuando se giró para preguntarme qué quería, sus ojos me parecieron los de un perro desorientado.
_ Estoy estudiando Derecho -dijo- La carnicería es de mi padre, es un trabajo temporal.
_ No me debes ninguna explicación -respondí-. ¿Qué hamburguesa me recomiendas?
Antes de despedirnos, le pedí su teléfono.
Por unas horas, viví convencida de que le llamaría y cenaríamos juntos unos buenos solomillos, y volveríamos a hacer el amor bajo mis sábanas y, hasta podía llegar a convertirme en la novia del carnicero, y mi relación tendría nombre de novela de Mariana Enríquez, de película de los Coen.
Pero la verdad es aburrida, perenne; difícil de condimentar. Por eso, para cuando me fui a la cama, ya lo había descartado. Con el estómago lleno y la radio encendida, abrí mi tableta como cada noche, con la esperanza de encontrar, por fin, en las profundidades de su pantalla rectangular, la ilusión que se me había perdido.
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