domingo, 11 de abril de 2021

Recuerdoplastia



- Por favor siéntese, me dice el médico con sospechosa amabilidad, y usted también siéntese le dice a mi esposa acercándole otra silla, lo que es más sospechoso todavía. Verá, añade con una larga pausa rascándose la barbilla…


Suéltalo ya pedazo de cabrón me estoy cagando encima. 


- Su marido…


Ese soy yo. ¡Eeoo, estoy aquí! ¿en qué piensas? ¿Acaso crees que si te diriges a ella a mí me dolerá menos?  


- Su marido ¿qué?, contesto indignado.


- Su marido es usted, me replica -como si yo no supiera quién se acuesta con mi mujer-Su marido; es decir usted -bien vamos avanzando- tiene el cerebro hinchado.


- ¿El cerebro hinchado? ¿Qué mierda de diagnóstico es ese? ¿Acaso es usted un vendedor de globos de helio?


- Tranquilícese señor. Verá, es algo raro. Su cerebro se está extendiendo demasiado y corre el riesgo de explotar, añade mientras pone una radiografía de mi culo en una pantalla iluminada. 


- ¿Eso no es un culo?


- Sí, es su culo.


- ¿Y qué tiene que ver el culo con mi cerebro?


- ¿Ve usted esas volutas que hay alrededor del orto? dice señalando con un puntero una nebulosa de contrastes. Pues es su cerebro que se ha ido extendiendo poco a poco por su cuerpo…hasta llegar al culo. Corre usted el riesgo de expulsarlo todo por el ano. 

De inmediato aprieto las piernas antes de que se me escape un gas y pueda perder masa encefálica. Pero para eso está la cirugía, continúa para tranquilizarme.


- Oiga y esas volutas ¿no podrían ser los gases de mi intestino?, pregunto.


- Podría ser, pero hasta que no abramos no podremos averiguarlo.


- Cariño, no te inquietes, interrumpe mi mujer. Creo que el doctor tiene razón. Siempre he sospechado que piensas con el culo. 


- Cielo…no estoy para chistes. 




Voy a entrar en el quirófano. Mi mujer y mis dos hijos me acompañan hasta una puerta batiente que se abre con el empuje de camilla. Al cerrarse, siento el frío y la intensa luz de los quirófanos. El cirujano me saluda. 


- Todo irá bien, me dice dándome un suave golpe en las manos.


- Un, dos y tres...el grupo de auxiliares me levanta en volandas trasladándome a la mesa de operaciones. 


- Puedo andar, protesto. 


- Es el protocolo. 


- ¿Protocolo?, ¡pues menudo traje de etiqueta me habéis puesto!, me quejo. Tengo frío. 


- No se preocupe, estará usted nervioso. Ha venido el anestesista con una jeringuilla enorme, como de caballo. El pinchazo es más bien un rejonazo.  


No siento nada, pero veo y oigo. Algo no funciona del todo bien. ¿Debería ver y oír? La enfermera me afeita la cabeza con una maquinilla y luego aparece el médico con una mini sierra circular. Oigo la sierra atacar el hueso y un ligero olor a carne quemada. 


- Ya está, dice el cirujano -siento más frío, sobre todo en la cabeza-. ¡Buf, esto está infectado por completo!, añade. Trae los botes Mariele, ordena a la enfermera. Un montón de botes de cristal con tapa y una etiqueta, blanca o negra, hacen su aparición en un carrito. Empecemos a extirpar. 


- ¿Cuáles? Pregunta con escepticismo la enfermera. 


- Solo los blancos y los negros.


 Como en una nebulosa recuerdo cuando íbamos mi padre y yo a la calle Juan de Austria a comer un bocadillo de blanco y negro en el bar Mundo. En el escaparate las morcillas y las longanizas flotaban en una paella repleta de aceite de no se sabe el año. El camarero escogía una pieza de cada, como en una pecera, y las depositaba sobre la mullida miga de un panecillo abierto. 


- Un” blanc y negre” para el chaval, anunciaba el camarero antes de dejar correr el plato por la barra.  


-“ Che que bó”, respondía el otro camarero al recepcionarlo y depositarlo en la bandeja de aluminio junto con una de bravas, y dos cervezas. 


- ¿El chaval puede tomar cerveza?, preguntaba extrañado a mi padre el camarero. Claro que puede, demuéstraselo Rafita. Y yo de un trago me bebía media caña, dejando escapar un enorme eructo que hacia girar cabezas. “Che que bó”, repetía de nuevo el camarero al alejarse, mientras mi padre me daba…


Eh, ¿qué coño pasa? ¿Por qué no sigo recordando?


- ¡Ya está el primero! anuncia triunfal el cirujano, sosteniendo una masa informe blanca entre sus manos. Este es de los buenos, por lo menos medio kilo de sueños. Ponlo en los botes con etiqueta blanca. Luego habrá que analizarlo. 


- Escuche doctor, replica la enfermera. ¿No sería mejor quitar solo los negros?


- No seas sentimental. Si quitamos los negros, tan solo quedarían los sueños y recuerdos buenos y su cerebro quedará descompensado, además hay tantos buenos que han desplazado los malos hacia el culo. Caso curioso. Habrá que operarle también por el trasero. 


- Oigan, oigan ¿Por el culo? ¡Dejen mi culo en paz! ¡Nadie me hurga en el culo! ¡Céntrense en mi cabeza! Antes de que me de cuenta han abierto mis piernas y el cirujano nada entre mis posaderas. Nadie me oye. Siento mas frío aún.

- ¡Por Dios Mariluz, no le has puesto la lavativa!, protesta el cirujano - y yo que me alegro, pedazo de cabrón-. Me has dejado como melón; abierto por los dos extremos. Y hablando de melones, recuerdo los de Marijose. 


El verano del 86 un buen año de hormonas. Todos en la pandilla soñábamos con las tetas de Marijose. Corríamos a bañarnos junto a ella, sobre todo los días de levante, cuando entre ola y ola la parte de arriba del bikini cedía ante el ímpetu de la corriente y dejaba a la vista un pecho blanco y redondo; los días de más viento incluso ambos pechos. El agua hervía y no precisamente por la temperatura del agua…


¿Eh qué pasa? He notado como un tirón en mis entrañas. 


- Mira Mariele, otro de los buenos. Este negro, para que no te quejes. Ponlo en los botes con etiqueta negra. Un mal recuerdo.


- Eso parece dice la enfermera mientras lava el pedazo de lóbulo bajo el grifo. Pues no doctor, añade, era también blanco, pero estaba lleno de mierda. 


- Bueno extirparemos mas negros si hace falta. ¿Más negros? ¡Devuélveme mis sueños pedazo de Mengele! Ahora hago un esfuerzo para no recordar, para no pensar en nada bueno, parece ser que mis pensamientos mueven de forma selectiva el bisturí del cirujano. 


Me centro en el accidente, me veo quitándole el patinete a mi sobrino para demostrarle cómo se rueda más ligero en la pendiente. Al final hay un pequeño registro donde se filtra el agua de la lluvia. La rueda ha quedado atrapada y salgo despedido dando con mis dientes en el negro asfalto. No siento nada, solo pequeñas cosas duras en boca. Escupo sangre y dientes. Mi mujer me riñe desde la distancia. “No hagas el tonto” me dice antes de que vuelva el rostro y…


- Este sí Mariele; uno negro -por fin vas acertando, Rompetechos-. 


Vuelvo a pensar; esta vez en la muerte de mi amigo Lillo, de Carlitos, de los abuelos, del tío, de mamá, en el día que me atracaron en los recreativos, en los descerebrados que le dieron una paliza a Aurelio, en la insoportable trepa que en el trabajo siempre se se me comía el queso…


Poco a poco me voy vaciando de recuerdos.


- ¡Este hombre es como una ristra de morcillas! Exclama jubiloso el médico. Creo que hemos terminado, dice mientras me cose el culo. 


- Creo que debería dejarle al menos el ojete o tendrá que hacerlo por la boca el pobre hombre, concluye con paciencia la enfermera. ¡Ah, y el pelo de la cabeza va hacia fuera doctor!


- Ya decía yo que le había vaciado demasiado. Nunca vi una cabeza tan cóncava. – Dios, ¿dónde habrá estudiado éste tío medicina? 




Me llevan a la habitación para que despierte, aunque estoy consciente pero  inmovilizado. Mi mujer y mis hijos se levantan cuando entra el doctor. 


- Bien. Todo ha ido de maravilla. Lo hemos vaciado casi por completo. Sólo le queda "materia gris" en el cerebro. Mi mujer le abraza. 


- ¡Quite, quite mujer no es para tanto, sólo es mi trabajo! Dice mientras se despide. Al abrir la puerta veo que arrastra un carrito repleto de varios botes conteniendo una sustancia informe, la mayoría blancos, sólo unos pocos negros. ¿De quién coño será eso?, me pregunto. 


Cuando salgo del hospital todo es gris.


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