domingo, 11 de abril de 2021

Peleas de dragones

 

El día de la muerte de mi padre sentí un gran alivio.

De pequeña, lo admiraba muchísimo, a mi padre. Era como un galán de cine. Delgado, con el pelo engominado hacia atrás, con gafas de sol. No era como los otros padres. No trabajaba en el campo, de albañil o en algún taller, como la mayoría de ellos; así que su piel no estaba quemada por el sol ni envejecida por ríos de grasa o sudor. Y solía regalarme cuadernos de anillas, ceras Manley, rotuladores, compases, calculadoras, hasta una máquina de escribir, y libros, muchos libros. Y me enseñó a dibujar. Y a resolver ecuaciones. De mi padre también aprendí quién era Unamuno, que Pascua es el primer domingo después de la primera luna llena de primavera, y el nombre de los doce hijos de Jacob. Y un montón de acertijos. Y cómo cambiar las marchas del coche. Mi padre era muy generoso, con sus pertenencias y con su tiempo. Mi madre decía que si él hubiera nacido mujer habría sido puta, porque no sabía decir que no. Era muy abierto y se llevaba bien con todo el mundo. Mi abuelo me contaba que, de pequeño, era el preferido del maestro. Por ser inteligente, brillante y muy ocurrente; un poco payaso también. En su cuadrilla era el encargado de animar las reuniones y, por lo visto, sus imitaciones de Cantinflas eran muy celebradas. Mi padre fumaba mucho, pero por aquel entonces esto no se veía mal. Yo aprendí a fumar en casa, a escondidas, con sus Ducados. Recuerdo que me quedaba encandilada viendo cómo se afeitaba, a brocha y navaja, mientras su cigarrillo se mantenía en equilibrio inestable en el borde del lavabo. Era un ritual que se repetía todos los días con una extraordinaria precisión. La misma con la que él trazaba líneas a tinta china en grandes hojas de papel que desplegaba sobre la mesa del comedor. De pequeña, yo estaba muy orgullosa de mi padre. Mi firma, todavía ahora, se parece a la suya. Y él estaba orgulloso de mí, creo. Mi padre jugaba muy bien al ajedrez, y al billar. Era, también, un poco sibarita –demasiado caprichoso, decía mi madre–. Con frecuencia aparecía con algún producto que había adquirido en el mercado central o en alguna tienda de ultramarinos (un queso francés, café de importación, algún salazón). Lo sacaba a la mesa y se deleitaba unos segundos con él –mi padre no comía mucho– y con eso terminaba el recorrido de ese producto exquisito, que al resto de la familia, la mayor parte de las veces, no nos despertaba mayor interés. Conservo de mi niñez más imágenes con mi padre que con mi madre, ocupada en mis hermanos pequeños. A pesar del poco tiempo que los padres –ausentes durante todo el día– dedicaban a sus hijos por aquel entonces, mi padre me dedicó unos minutos preciosos. Como he dicho, no era como el resto de los padres.

Era un padre muy rígido; implacable a veces. De pequeños, nunca nos dio ningún azote en el culo (mi madre, sí), pero cuando nos advertía de algo a mis hermanos y a mí lo hacía mirando de tal modo que sabíamos que la posibilidad de saltarse la norma era nula. Y así fuimos creciendo.

Mi pubertad coincidió con un escenario en casa distinto al de nuestra niñez. Cuando miraba a mi padre o a mi madre empecé a dejar de ver esas figuras protectoras que habían estado ahí durante años. Ya no sonreían tanto y se trazaban nuevas líneas en sus caras que, tan solo en ocasiones, dejaban entrever a los "auténticos", a los de antes. Pero no presté demasiada atención, inmersa en una adolescencia que requería que me centrara en mi misma y en unos problemas que, vistos desde la distancia, parecen irrisorios. Fue una época en la que me recuerdo egoísta, tremendamente egoísta. Con unas orejeras que solo me dejaban ver un trocito del paisaje y, posiblemente, nada de lo que ocurría en casa. No sé en qué momento se produjo el punto de inflexión. Recuerdo una vez el estruendo de unos platos rotos en la cocina. No me asomé para ver qué pasaba pero sí que terminé encontrándome, muy a mi pesar, con la ira de mi padre y la desolación de mi madre. Recuerdo otro momento: mi padre me había prometido subirme al chalet de unos amigos para asistir a una fiesta y pasar la noche. Él tenía un compromiso, una comida, pero a media tarde me recogería. Llegó entrada la noche, oliendo a tabaco y a alcohol. Mi madre me sugirió que no era ya oportuno... yo me empeñé, con mis malditas orejeras. Y ella decidió acompañarnos también. En algún punto del trayecto nos salimos de la carretera y estuvimos a punto de tener un accidente. Finalmente me dejaron en la casa de mis amigos. Mi empeño casi nos había matado y ellos –mi padre y mi madre– todavía tenían camino por delante pero, al cabo de un rato, esta preocupación se había diluido en la fiesta.

Los años posteriores transcurrieron de puntillas, casi sin ruido, temerosos de despertar a la bestia. Creo que mi padre se encontró con sus demonios durante esta época. Empecé a darme cuenta de que la vida, en caso de trazarse con tiralíneas, no solo presenta trazos rectos, finos y sinuosos, también quebrados, retorcidos, irregulares y más gruesos. Y cuando menos lo esperamos se derrama una mancha de tinta. Conservo pocas imágenes en mi memoria (quizás consecuencia de un instinto de supervivencia); intentaba pasar el máximo tiempo posible fuera de casa. Sí recuerdo el miedo atroz que sentía cuando llegaba la noche y oía el ascensor detenerse en nuestra planta y, a continuación, el sonido de una llave en la cerradura, abriendo la puerta de casa, junto al salón. El sonido de esa llave en la cerradura me ponía en alerta, se me encogía el estómago y se me tensaban todos los músculos del cuerpo. Me sentía acorralada en un espacio que se iba estrechando por momentos, en el que el tiempo, muy viscoso, se detenía y nos rodeaba. No solo yo, el mundo entero, aguantaba la respiración. En esos momentos habría preferido hallarme a las puertas del infierno. ¿Con qué versión de mi padre nos encontraríamos esa noche?

Recién terminados mis estudios me largué de casa. En aquellos tiempos, el silencio se había instalado entre nosotros. Crecíamos intentando no rozar los límites de los demás, buscando recovecos para escondernos. Más que servirnos de apoyo unos a otros, éramos interferencias. Mi padre no era, definitivamente, como los demás padres. Yo estaba poco interesada en descubrir nuevos rasgos en su personalidad poliédrica y más que harta de las peleas de dragones escupiendo fuego dentro de mi estómago cada noche, cuando oía la llave en la cerradura. Egoístamente dejaba a mis hermanos y a mi madre (que había empezado a presentar serias subidas de la tensión arterial) solos con su dolor y con su terror. Aún en la distancia, cuando pensaba en ellos, se me instalaba un desasosiego difícil de controlar, como si tuviera alguna especie de premonición. A veces les llamaba por teléfono con alguna excusa vana, para asegurarme de que la catástrofe anunciada todavía estaba pendiente. Me sentía culpable. Pero decidí conservar mis orejeras. Decidí sobrevivir. Un día, antes de la aparición de los móviles, vi a mi padre llamando por teléfono desde una cabina pública en la esquina de casa. ¿A quién llamaría? ¿Por qué no lo hacía desde casa? Otra cara del poliedro. Empecé a pensar en mi padre como un personaje atormentado –para justificar su adicción– con un mundo interior al que éramos ajenos sus hijos y su mujer. No lo comprendíamos y no hacíamos ningún esfuerzo por comprenderlo. Creo que una vez estuve preguntando en alcohólicos anónimos y no sé (no lo recuerdo, lo juro) si tuve el valor de decirle alguna cosa a él o, simplemente, lo soñé. Si sé que decidí que nunca (más) le volvería a mencionar el tema. Mi padre me tenía amedrentada. Su salud empezó a presentar problemas y los ingresos hospitalarios se sucedieron. Una vez, recién salido del hospital, lo vi a media mañana –por esa época ya estaba prejubilado– en una terraza, tomando una copa, solo. En ese momento descubrí que mi padre se estaba matando, conscientemente. Me inquietaba su dolor, que él apenas dejaba entrever, pero me inquietaba más su repercusión en la salud de mi madre. Culpaba a mi padre por no estar (con nosotros, de la mano), lo culpaba por estar (de esa forma, sin cuidarnos), después lo culparía por irse (sin ofrecer resistencia).

El día de la muerte de mi padre sonó mi móvil cerca de las seis de la mañana; yo estaba fuera de la ciudad. Cuando descolgué ya sabía que mi padre estaba muerto. Sentí un gran alivio. Llegué a casa momentos antes de que lo retiraran los de la funeraria; yacía encima de la cama, no me atreví a tocarlo y apenas lo miré; eso ya no era mi padre. La despedida de mi padre fue muy rápida, demasiado. Todos necesitábamos que, por fin, el tiempo volviera a correr con normalidad. Hasta los muebles de la habitación se cambiaron, por una oportuna plaga de carcoma. Nada de él –ropa y útiles diversos– quedó: solo su taco de billar, arrinconado detrás de la puerta.

Mi alivio, sin embargo, duró poco. El dolor por la muerte de mi padre encontró grietas por las que emerger. Tardé en reconocerlo, diluido en mi propia culpa; porque me sentía muy culpable. Me había pasado media vida esperando a que muriese. Era peor que si lo hubiera torturado yo misma. No sé cuánto mal le hice, porque apenas sé nada de él. No quise mirarlo de frente: si lo hubiera hecho quizás podría haber reconocido la angustia condensada en sus ojos vidriosos, como la veo ahora en la fotografía que hay en la repisa del mueble del pasillo. ¿Por qué se dejó morir? Todavía hoy no tengo la respuesta; no quiso resistirse. Quizás fue su manera de decirnos que nos quería: se iba para no interferir más. Mi padre sabía que iba a morir esa noche, esa madrugada. Y creo que tenía miedo. Inusualmente conectó la alarma del despertador a las cinco y lo sujetó con sus manos, sobre su regazo. Cuando sonó, él ya no estaba. Él ya no era.

En algún momento pensé que no me esperaría más destino que una larga penitencia. Pero el tiempo se encarga de decantar los sentimientos, separando aquellos que no ha podido apaciguar, los que corroen por dentro. Al final queda un poso que se aprende a llevar en la mochila. Después de casi mil años, he perdonado a mi padre y me he perdonado a mí misma. Y he convertido al abuelo en un héroe ante mis hijos. Les hablo de su generosidad y de lo que hizo por un montón de gente sin esperar nada a cambio. Les enseño sus acertijos matemáticos y les cuento las historias que él me contaba. Y les explico de dónde procede el hoyuelo que también ellos tienen en la barbilla. Y les hablo de su genialidad, de cómo dibujaba. Les digo lo orgulloso que habría estado de ellos y que habrían jugado con él al ajedrez. Pero jamás cito sus caídas, su salidas de tono, sus cambios de humor, su acritud, sus claroscuros, su enfermedad. Tampoco menciono cuando se detenía el tiempo en aquella casa, que se convertía en esa especie de búnker al revés. Ni las peleas de dragones.

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