lunes, 12 de abril de 2021

UNA HISTORIA DE PROGRESO

Eran inicios de los noventa y la España de los desahucios y los pelotazos inmobiliarios no era más que un futuro desconocido, aún por denunciar. Éramos sólo chavales de colegio de unos doce o trece años. Mocosos imberbes que frecuentaban la calle Obispo Viejo para ir a los billares. A pesar de que dicha calle estaba frente a nuestro colegio, cruzando la avenida, siempre había sido una calle solitaria que no tenía más que el poco tránsito vecinal de acceso a los portales. Así había sido, al menos, hasta que abrieron unos billares en la esquina. Era un barrio de edificios típicos del desarrollismo franquista de treinta años antes, con sus fachadas de ladrillo visto y sus pequeños balcones. Casas de largos pasillos, techos bajos y estrechos patios de luces donde conversar y tender la ropa con pinzas de madera que se guardaban en cajas de galletas vacías. 

No obstante, en la esquina contraria a los billares, como si de una aldea gala se tratara, resistía desde hacía más de 40 años una casa baja y vieja de paredes ligeramente abombadas y desconchadas, con una puerta de chapa pintada de verde. Una casa a la que el tiempo y la modernidad habían desplazado del extrarradio al centro y la habían vestido con barrotes en las ventanas y cerraduras de seguridad, aunque si os hubierais acercado por la noche, cuando candaban, todavía podríais haber oído, tras los giros de la llave en la cerradura, el sutil roce de un cerrojo antiguo deslizándose contra el metal y el chirrido al entrar rozando en las armellas. 

Siempre se contó que aquella casa la había levantado un matrimonio: Juana y Francisco, que habían comprado las tierras y elegido ese sitio en una colina cercana al río para sembrar su familia. La siembra tuvo como único fruto una hija a la que no tuvieron problemas en sacar adelante. Desgraciadamente el tiempo y las cosas siempre terminan mudando de piel y Francisco tal y como había visto crecer las casas a su alrededor hasta convertirse en aburridos e imponentes edificios, vio menguar la suya propia. Primero fue su hija, Adela, la que emigró a la capital tras casarse con uno de allí. Un buen muchacho, hijo de obreros de fábrica, trabajador y honrado. El primero de su familia en ir a la universidad, cuando eso aún valía para algo. Vino a estudiar a la ciudad, conoció a Adela, y acabaron casándose en la parroquia de Santo Tomás apenas a un par de calles. 

Pocos años después justo cuando Francisco acababa de jubilarse, se fue Juana. Nunca supo exactamente lo que le pasó. Estaba bien, como siempre, y un día empezó a encontrarse rara. Algún tipo de infección que no lograron controlar dio cuenta de ella en tan sólo siete días de ingreso en el hospital. Durante aquella semana, Francisco salía temprano por la mañana a visitarla. Iba atónito por la calle con una bolsa de plástico blanca con un par de manzanas y unas servilletas de papel, por si Juana las pudiese comer. Por aquello de que una manzana al día mantiene al médico en la lejanía, ya se sabe, y sobre todo, por que eran del árbol que habían plantado juntos cuando empezaron a construir la casa. Lo habían plantado en lo que ahora era el pequeño patio trasero y hasta ahora, todos los años había dado fruto. Pero Juana, se fue sin volver a probar otra vez las manzanas de su patio. Cuando la semana terminó y Francisco volvió a casa, taló el árbol. Empezó por arriba, con las tijeras de podar, cortando las ramas más finas y luego fue bajando poco a poco hasta entrada la tarde. Trabajó sin descanso, ausente. Sentía alivio cuando le ardían los músculos y los tendones mientras talaba el árbol en trozos pequeños. Cuando llegó casi al suelo, miró el tocón medio enterrado en la tierra oscura, pálido como un hueso y por fin, se puso a llorar. Estuvo tentado de comer una última manzana, pero no le pareció justo y las metió en una de las bolsas de basura de plástico negro en que había metido las ramas y las apiló junto a la pared del patio. El tampoco volvió a probarlas.

Adela, tras la muerte de la madre, intentó llevar a Francisco a vivir a Madrid, con ella y con su marido. Acababan de comprarse una casa nueva en una urbanización de las afueras. Allí podrían cuidarle mejor, tendría su propia habitación, y además la asistenta era majísima. Así estaría atendido hasta que llegaran los niños del colegio y ellos del trabajo. Habían montado una empresa y trabajaban mucho pero les iba bien. Francisco agradeció el gesto, pero se caló la boina y tras el funeral despidió a todos y se fue a su casa. Cuanta tristeza y soledad desprendían ahora sus muros. Cuanto silencio. Ahora, para él sólo, ya no cocinaba. Comía un par de veces algo de puchero en una tasca cercana y el resto de los días se arreglaba entre el pan, la fruta, la leche, los embutidos y los huevos fritos. Total, ya no tenía para quien cuidarse. Así que así día a día, casa e inquilino se fueron abandonando. 

Con el paso de los años, Francisco, al que ahora toda la chiquillería del colegio llamamos Quico, salía a mediodía y se sentaba en un taburete en el quicio de la puerta verde y la acera entreverando sol y sombra según el tiempo. Se cubría el pelo ralo con una boina negra hecha de migajas de polvo y tiempo mientras trajinaba con la navaja algún palo tallando figuras y matando el tiempo. Navaja con la que se le podía ver en cualquier momento pelando fruta, cortando las cuerdas con las que ataba las rejas de la ventana que estaban a punto de caerse o los cartones que amontonaba en casa. Esa navaja de cachas oscuras que nos erizaba hasta la nuca, era la misma con la que hacía ademán de amenazarnos cuando le gritabamos: ¡Quiiicooo! desde la esquina y salíamos corriendo como si fuese un ogro.

El juego era una ceremonia de paso, y como todo juego tenía algo de cruel. Al salir del colegio, rodeábamos los edificios de enfrente por las calles de detrás hasta llegar a la trasera de su casa. Entonces los más valientes, se arrimaban a la pared e iban con la espalda pegada andando hasta la esquina. Había que tener cuidado y evitar el ventanuco agachándose, no fuera que estuviera en esa habitación y al cortar la entrada de luz se oliera la jugada. Los que no eran tan valientes se escondían tras los coches agachados para ir hasta la esquina a mirar. Luego ya dependía de si Quico estaba en la puerta sentado o estaba trajinando con los cartones o las cosas que recogía de la calle, o estaba dentro. Si estaba saltaba uno hasta ponerse enfrente y le gritaba ¡Quicooo! Si estaba dentro, había que pasar corriendo y dar un puñetazo con el canto de la mano en la puerta de chapa verde para que retumbara por toda la calle mientras gritabas su nombre. El resto miraba escondido tras los burladeros improvisados de los coches y las esquinas desde donde se podía tener buena vista. Si todo iba bien se volvía al grupo henchido como un pavo. 

Como en todo juego, con la práctica y la repetición, la emoción se fue apagando. Al año siguiente, cuando Quico nos gritaba enfadado o nos amenazaba nos reíamos menos, quizá fue que nos empezamos a dar más cuenta. Dos cursos más tarde casi no se le entendía hablar sin dientes y la forma en que sus labios se precipitan hacia su boca le da un aspecto grotesco bajo la sucia boina negra. Adela y sus nietos, cada vez venían menos. Los niños se hacen mayores, tienen sus vidas, los amigos… aunque intentan llamarle por teléfono. Quico sabe que en el fondo lo que les pasa es que les da vergüenza verle, que han intentado mil veces convencerlo para que se mude con ellos o para que coja a alguien que le ayude, pero no quiere que nadie entre en su casa, en la casa de su Juana. De hecho, últimamente ha recibido suculentas ofertas por su parcela que ha rechazado. Los malditos constructores han llegado incluso a llamar a su hija a Madrid para que le convenza. Lo peor es que ella ha tenido la desvergüenza de intentarlo. Parece que la empresa no les va tan bien como debiera.

Al final sólo habla ya con tres o cuatro chavales de quince o dieciséis años que se detienen a la salida de los billares o cuando van y vuelven al colegio por las tardes. Sabe que lo hacen por pena, porque no les gusta lo que le hacen los otros chicos que le insultan y le gritan Quico. Estos le caen bien, aunque recuerda cuando eran ellos los que le gritaban. Les cuenta su vida, algunas veces les habla de su hija, pero siempre les habla de su mujer. Les enseña alguna vieja foto y lo que él llama sus pequeños tesoros, cosas que ha ido recolectando por ahí, todos estos años para entretenerse. Ve sus caras de pena y preocupación. Le preguntan muchas veces si necesita algo, pero él sólo les contesta con su sonrisa sin dientes y su voz aguda y desinflada. La última tarde que pasaron a verlo estaba limpiando pescado en la puerta de la casa, sobre un cubo, en su taburete, cuando se acercaron. Mientras rascaba las escamas de una lubina con la vieja navaja y sus manos temblorosas, rasgó la piel y los chicos vieron como surgían en la superficie enroscándose unos pequeños gusanos blancos. Al verlo, todos se apartaron hacia atrás un poco y se quedaron en silencio lanzándose miradas de asco. “Francisco, por Dios, no vaya a comerse eso” “Sólo es la caspa del pescado, esto está bueno” les decía con vergüenza sin darle importancia. Por la cara que pusieron Quico supo enseguida que no iban a volver por allí.   

Desde aquel día, los chavales siguieron frecuentando los billares, pero pasaban más a menudo por la otra acera que por la suya. Lo miraban de reojo, a veces lo saludan, pero ya no se paran a hablar. Poco después los billares cerraron por problemas con la licencia y dejaron de pasar por allí. Llegó el verano y el colegio se cerró por vacaciones. Unos meses después, ya en Septiembre, a la salida de las clases, los chicos vieron al fondo de la calle de enfrente una excavadora. Sin decirse nada, se acercaron y se pararon en silencio junto a una mujer que miraba la obra. Tras el primer golpe de la pala, la pared principal se derriba y deja al aire un laberinto de periódicos, cartones, cacharros y bolsas negras de basura. La excavadora va cogiendo montones de escombros en su pala y lanzándolos a los contenedores de obra, esparciendo el olor picante y dulzón de la basura. Todos miran con gravedad, en silencio recogido como el pasado deja lugar al futuro. Al dejar caer una palada en el contenedor, una de las bolsas se engancha y se raja dejando caer un montón de ramas de árbol. Unas manzanas petrificadas se rompen al rodar por la acera. La mujer abre los ojos y las mira con la mano apretada en la boca. Las lágrimas suben por sus nudillos y ruedan por la mano. En la otra mano lleva una carpeta del notario apretada contra el pecho. Dos días después en el periódico dice que el pleno del ayuntamiento aprueba una remodelación del plan parcial de desarrollo urbanístico donde se le concede a esa parcela dos alturas más.

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