Inanimado rostro. La boca es una gran puerta de madera, los ventanales ojos. Hamelin sin flautista. Mathaussen de los niños con viejos carceleros de alzacuellos. Decenas de orlas atestan las paredes, columbario de rostros color sepia. ¿Cuántos habrán ya muerto? Viñetas inanimadas que cobran vida al pasar rápido las hojitas de un pequeño libro. Ese gordito es indigno de esta institución, dice un Juez del Tribunal Supremo. No llegará muy lejos, no parece muy listo, comenta una cirujana. En un segundo mil sentencias. Todas condenatorias.
En un inmenso patio de cemento niños uniformados se alinean. Yo solo en el centro cual cagada de mosca en mantel blanco. Miro a mi alrededor y veo otra cagada. Me acerco. Leo en sus ojos la misma pregunta que me hago. ¿Qué delito he cometido? Los dos nos acercamos como dos gotas de aceite que se buscan para formar una más grande. Hemos dejado de ser invisibles. Cabezas que se giran.
- ¡Eh, vosotros alinearos! -¿Alinearnos a quién?- Pregunto a mi eventual compañero por si tuviera un manual de instrucciones. Un pálido agente, carcomido de granos se me acerca. Alto, flaco, desgarbado agita sin compás ambos brazos. Abre su boca acorazada por refulgentes hierros. Antes que sus palabras nos llega un inconfundible olor a sudor y ajo. Pende de su manga un retal verde con una letra G bordada en rojo. ¿Será de gilipollas? ¡Alumno de guardia!, se presenta. Vale descansa, le respondo intentando eludir aquel aliento. No descansa y las puntas de sus enormes zapatos pisan mis inmaculadas zapatillas. ¿A qué clase vais? -escupe y grita-.
-Primero de BUP, respondo aparentando firmeza. Mi compañero sigue mudo. ¡Habla coño! antes de que nos manden a aislamiento. Yo también, por fin responde. Me invade cierto alivio. Un destino compartido siempre es más llevadero.
-¡En esa fila! nos indica un torcido brazo que no ayuda. Por intuición nos dirigimos a la que tiene más caras vueltas. Nos sonríen. Carnaza nueva. Nuestra altura nos hace situarnos al final de aquel trenecillo extrañamente aerodinámico. El último rey de la línea ha sido desbancado. Pasan lista....¡Presente!, van gritando. No escucho mi nombre. Me vuelvo a casa. Mamá no estoy, se han olvidado y regreso con los amigos de mi antiguo colegio, que más que colegio era un patio de recreo; como deberían ser todos.
-¡Rafael Gómez! Yo callo, por no decir “ausente” ¡Rafael Gómez! repiten. ¡Presente! digo al fin, con un enorme gallo.
-¡Cayetano Canela!...¡Presente! grita mi compañero a mis espaldas. Sonrío...CA-CA. Es curioso como sólo el nombre te condena. Suena un silbato y la estación va tomando vida y se disuelve por distintos ramales. Nuestro tren reposa en vía muerta en el centro del patio.
-Los nuevos aquí al frente. ¿Al frente? le digo a Cayetano intuyendo la inminente guerra. ¿Y quienes son los nuevos? Para mí son ellos. Yo sigo siendo el mismo que hace 13 años y me atornillo al suelo. Cayetano también guarda silencio. Bien hecho chico, ni te muevas. El silbato me revienta los tímpanos y sendas collejas resuelven nuestras dudas.
-A ver qué sabéis hacer, susurra el dueño del silbato. Es un tío cuadrado como de hormigón prieto. Las piernas dos columnas, sus gemelos palpitan, quieren salir corriendo. Su cabeza pedida sobre un inmenso cuello. Mirada de sargento que te arruga por dentro.
- ¿Jugar al fútbol? respondo.
- ¡Chaval esto no es un juego, esto es G I M N A S I A! Casi me desmayo.
Cayetano primero comienza una carrera. Tiene la espalda fuerte, los brazos de un guerrero. Yo escondo la barriga y miro mis zapatillas con dos lazos perfectos. Cayetano se eleva llevado por el viento y deja atrás al monstruo que ahora espera en el centro.
Un nuevo golpe de silbato. Vuelvo a mirar mis zapatillas. ¿Obrarán el milagro? ¿Me harán salir huyendo? ¿Quién puso allí ese monstruo? Cuatro patas y un lomo. Las patas de madera con el lomo de cuero pulido de mil golpes de rabadillas muertas. No volveré a sentarme, mi voz será de eunuco. Tras de mí, abanico de sádicas sonrisas. Yo sudo y no me muevo. Aferrado a la vida y atornillado al suelo. El ruido del silbato, patada en el trasero. La adrenalina fluye. Cayetano me anima desde el extremo opuesto. En el último instante, corro, me impulso y vuelo.
He derrotado al monstruo que ahora yace en el suelo con las patas arriba y el lomo hecho un muñeco. El profe se ha acercado. Corro de compañeros que miran admirados que levantarme puedo. Yo busco mis zapatillas con los cordones sueltos.
Aferrado a la vida, atornillado al suelo, siento mi rabadilla y aún conservo mis hue...sos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario