domingo, 8 de noviembre de 2020

Duelo diario - Sara

Mira lo que has hecho. Has roto el espejo. Eso trae mala suerte. Eres torpe, torpe y bruta. Luego siempre sonríes y te disculpas mil veces con falsa humildad. Yo creo que en el fondo estás algo orgullosa de tu torpeza. Piensas que te da un aire de genio distraído, pero no te engañes, solo pones nerviosos a los demás con tu inseguridad. Es como si no pudieras decidirte entre dos movimientos y al final fallas el cálculo y disparas al agua, como cuando jugábamos a hundir la flota. El resultado es que un objeto inocente acaba pagando el pato. No estás en lo que estás. Y no es que tus neuronas estén entretenidas en descubrir un teorema matemático, ni luchando para descifrar el sentido de la vida, demasiado bien lo sé. Simplemente estás mascando y remascando como un chicle desabrido esa conversación incómoda que tuviste ayer con tu vecina y que no va a tener ninguna trascendencia en tu vida. El problema es que estás demasiado pendiente de lo que los demás piensan de ti, de cómo te perciben. Eres una una yonqui.

¿Por qué eres tan dura? Con los demás eres mucho más... eres tan amable y a la persona que se supone que más deberías querer, la tratas con desprecio y soberbia. Y, aunque tuvieras razón, ¿qué culpa tengo yo? ¿Te crees que me gusta ser así? Yo soy la que más sufro con esto. Es un malgasto de tiempo y de pensamientos. Quiero... quiero cambiar. Quiero ser libre de... claro que quiero dejar de estar pendiente de que todos me acepten, de estar siempre expuesta. Pero no sé... no sé cómo. Es difícil cambiar. ¿Por qué es tan difícil? Estoy muy aburrida de mi misma. No me gusto. Y tú tampoco me gustas.

Bueno, vale ya. Ahora te estás lanzando de cabeza al victimismo. Para. No quiero oírte más. Cállate.

No puedo.

¿Por qué?

No puedo callarme si tú no te callas. Compartimos la misma mente, ¿recuerdas?

Ya, siempre tienes alguna excusa.

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