domingo, 8 de noviembre de 2020

Ellayella

 

Ellayella

Pasadas las nueve de la mañana, ella irrumpe por la puerta. Apresurada, altiva, digna. Llega tarde, como todos los días, no le importa. Es lo que más me revienta. Hace tiempo que disfruta de la jornada reducida. Yo todavía espero que la dirección me conteste.

Entra estupenda. Bolso a juego con sus zapatos y un vestido ajustado marcando su estrecha cintura. Sus uñas pintadas y perfectas, las mías mordidas. Se gusta. Me saluda y hago como que no la veo. Estoy en la recepción, locura de teléfono, no paran de entrar llamadas. El mostrador es una trinchera, gente, papeles y problemas. Ella repleta de entusiasmo y yo con mi desespero.

Se dirige a su despacho con urgente elegancia. Una coleta perfecta acompaña sus movimientos. Luis la observa desde su pecera. En cuanto se siente, se iluminarán dos pilotos de la centralita y la conversación telefónica de todas las mañanas. Odio tanta complicidad.

Con tanto ajetreo el tiempo pasa muy deprisa, ya son las diez de la mañana. A esta hora él mismo ritual. Luis sale de su reino y se acerca al mostrador, ojea la correspondencia y me dedica unos segundos -si es muy urgente, que me llamen al móvil, me dice. Luego se aproxima al despacho de la princesa para dar dos golpecitos sobre el cristal de su urna, sonríe y sale disparado a su almuerzo.

Sobre las diez y media llega algo de tregua. Ella viene a buscarme para que almorcemos juntas en el despacho de administración. Allí tenemos algo más de intimidad, puedo ver quien entra por la puerta y coger las llamadas.

Hoy trae un sándwich envuelto en papel de plata. Su marido se levanta temprano y le prepara el almuerzo. Me enseña un papelito que pone, “te quiero”. Qué asco.

Yo almuerzo dos piezas de fruta, hoy toca pera y manzana. Esta mañana he tenido que despertar a Carlos antes de irme. Espero que cuando acabe de ducharse recoja la ropa sucia y ponga la lavadora.

Mientras almorzamos ella no para de hablar y reír. Yo muerdo la fruta con rabia y miro su cara. Le quitaría de una buena sacudida esa maldita sonrisa pecosa. No sé cómo tiene tiempo para maquillarse.

Abre la boca orgullosa mostrando su dentadura, le brilla un incisivo. Su amiga dentista le ha incrustado un pequeño diamante en uno de sus dientes. No me fijo en el diamante, solo veo el miembro de Luis entrando en su garganta. Yo, la chupo mejor, estoy segura.

 

No sé qué le pasa estos días, pero la veo molesta conmigo. Creo que me tiene algo de envidia. No creo sepa lo mío con Luis. Yo no tengo la culpa de que ahora esté un poco más gordita y su marido siga en paro. Sí se cuidara un poco, se sacaría mucho más partido. Es atractiva y tiene su encanto. Tiene más tetas que yo. No le hace fala llevar sujetadores con espuma. Si se dejara el pelo más largo podría hacerse una coleta y estaría mucho más guapa.


Terminamos de almorzar y ella se introduce en su ordenado despacho. Tiernas mamparas protegidas por dibujos infantiles. Yo me voy al infierno, al mostrador de recepción. Lidiando cuerpo a cuerpo con empleados nerviosos y a no dejarme violentar por mensajeros y repartidores.

Son las once, Luis llega de almorzar. El ambiente se ensucia con su aliento de carajillo. Se va directo al archivo. Al momento aparece ella marcando tacón, grapadora en mano y con un puñado de papeles para archivar. Que poca vergüenza.

Podría llamar a su mujer y contarle lo cabrones que son. A lo mejor tengo suerte y ella le hace una herida en el glande con el jodido diamante. Me gustaría oír las explicaciones de él.

La mañana se ha consumido y estoy agotada. Todos se han marchado, voy cerrando el ordenador.

Ella ha entrado al cuarto de baño. Estamos solas. Tengo una idea tan loca y deliciosa que no soy capaz de desdeñarla Y si acabo de una vez con toda su tontería. Podría entrar y graparle esos labios lascivos, o podría clavarle el boli en un ojo y dejarla tuerta. También podría estrangularla con la cadena del váter. Que tonterías estoy diciendo. Ahora los váteres ya no tienen cadenas.

Me acerco al cuarto de baño y allí está ella, sentada, vulnerable y frágil. Se sube las bragas sin pudor y con descaro. Por un momento sostengo la mirada a su sexo rasurado, infantil. Pierdo el control y la estrecho tan fuerte que tengo miedo de asfixiarla. Que pequeña es y qué bien huele. Le doy un beso y meto mi lengua en su boca. Busco rozar el maldito diamante.


Estoy en el váter, aturdida. Aprisiona mi cabeza contra sus pechos y puedo sentir la taquicardia de su corazón. Mete su lengua en mi boca y besa mis dientes. Deseo, vértigo y su respiración lamiendo mi cuello. Furia y ternura. Silencio. Que pequeña me siento.


Ocho de la mañana, acabo de sentarme en el mostrador. Juego con la herida de mi lengua y atiendo las primeras llamadas del día. Espero que pase el tiempo y ella entre por la puerta.

Paco Florentino


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