domingo, 8 de noviembre de 2020

Dos soldados

Intento taponar la herida. Noto el líquido denso como se escurre entre los dedos calentando mis manos. Es trágico, pero reconforta sentir algo de calor por primera vez en varios meses. Meses grises y húmedos. La bayoneta ha hecho bien su trabajo. Solo pude oír un grito de sorpresa dibujado en una cara casi de chica. Luego una punzada de dolor en las entrañas y un retorcerse de intestinos. Tengo las piernas heladas y un sabor intenso a sangre en la garganta. Apenas puedo verle, pero entre el humo oigo una respiración entrecortada, casi un estertor. ¡Malditos boches! grito mientras siento un nuevo retortijón en el abdomen y algo viscoso se escurre en el pantalón dejando el aire un intenso olor a óxido y mierda. Mariscales, generales, ridículos mostachos engominados de champan y vino, pertrechados de cálidos uniformes repletos de  estrellas y banderas. Estrategas de un sucio juego de mentiras, dictaminaron que tú eras mi enemigo. No los he vuelto a ver en las trincheras. Solo abren sus pequeñas bocas para escupir órdenes, mientras sorben ruidosamente la carne viva de una ostra como si fuera nuestra propia vida. Yo me muero por un trago de agua. Vuelvo a escuchar tu voz. Tu voz de niño. Supongo que llamas a tu madre. Quizás rezas. Estás lejos de casa y tienes frío. No quiero oír más tu dolor y vuelvo a disparar sobre tu sombra. El olor a pólvora me reconforta como el incienso en una catedral vacía; una cripta de barro donde pronto reposarán nuestros cuerpos.


¿Qué cojones hago aquí si hace apenas un mes estaba en Munich con una jarra de cerveza entre las manos? Recuerdo que cuando era un niño me gustaba jugar a los soldados. Soldadito de plomo con un casco. Casco con pincho, mochila y una pala. Pala corta, botas altas y un fusil entre las manos. Soldadito que descansa sobre la repisa de una chimenea, a refugio de un invierno helado. Y ahora soy un saco de tripas, una fuente de sangre, un barril carcomido por las balas de ese  gabacho mal nacido. ¡Y tú dale que dale, sigue disparando! Yo ya estoy muerto - soldadito de plomo despintado, sin mochila y con una pala inútil que sólo sirve para remar en las trincheras- . Pero a ti aún te quedan unas cuantas horas de agonía, y lo siento. Sólo soy  un niño buscando un refugio entre las balas. Me bastaba una zanja en la que sepultarme hasta que terminara esta maldita guerra. Pero ahí estabas tú. Un fantasma de odio en mi camino. No quise herirte, ni siquiera rozarte. Apenas te vi el rostro, pero me recordaste a mi padre. Siempre discutimos, aunque él nunca me habría disparado; me habría enviado a dormir sin probar la cena -odio el chucrut-. Tampoco yo le habría hundido un cuchillo en la barriga. Vi arrugas en tu frente. Al menos has vivido. Yo me voy virgen, casi desnudo. Dicen que no hay vírgenes en el infierno, entonces ¿por qué demonios estoy aquí? Yo he matado a un padre. Tú has matado a un hijo. ¿Estamos en paz?

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