Recuerdo que hacía ya más de cuatro años que no sucedía nada cuando a media tarde, sentada al lado de un montón de silencio, rompí a llorar.
-¿Qué te pasa? me preguntó Ernesto mientras sostenía en su mirada la sorpresa y en la mano derecha, agarrada por el cuello, una gallina quejosa y sucia.
-¿Por qué lloras, acaso te ha sucedido algo?
La pregunta, que ya de por sí no venía oportuna ni tampoco inteligente, se mereció el puñetazo respuesta que yo tanto necesitaba en ese momento para dejar de golpear al vacío.
-En este culo de mundo nunca sucede nada. ¿Cómo se te ocurre preguntarme si me ha sucedido algo?
Tal vez porque la escena le llamó la atención -o quizás sólo fue por el cansancio del vigoroso desacuerdo con quien la había sacado de su impecable rutina de gallo y gallinero-, el grotesco animal dejó de aletear y me observaba como si en su plumado ser cobijara un alma de bolsillo; algo parecido a una conciencia inestable, chiquitina y de tapa blanda. El bueno de Ernesto le conmutó momentáneamente la pena de muerte a la gallina y se puso a rebuscar algo de ternura en los bolsillos de su pantalón de trabajo.
-Lo se, amor, ha sido un invierno muy largo y frío y....
Pero justo cuando Ernesto estaba a punto de construir, con las normales carencias de la improvisación, una frase en la que previsiblemente aparecerían, entre otras, las palabras: primavera, paciencia, paz y confianza, yo le espeté otra ya del todo terminada, precisa y angulosa, en la que figuraban las palabras: mierda, harta, reseca y adiós.
En lo que a mí se refiere, me instalé en el no entender, aunque eso tampoco suponía una gran novedad dada mi precaria forma de ser, y esa noche los dos cenamos escuchando la lenta conversación de las cucharas y el crepitar sigiloso del fuego en la chimenea. Luego, un poco más tarde que de costumbre, nos acostamos con un par de frases almohadilla, esas que amortiguan un poco el accidente del otro; Lisa buscando en la cama el lugar más alejado posible de mí, y yo esperando en vano que el pie o la mano de ella me diera el aviso de que la tormenta había amainado.
El canto innecesario del gallo, dado que las horas previstas para el sueño las utilizamos los dos para girar una y otra vez sobre nuestros propios ejes, levantó una mañana en la que previsiblemente tampoco sucedería nada. Aunque a primera vista las dos preguntas construidas durante el mutuo desvelo podrían provocar alguna confusión por ser muy parecidas, en realidad nada tenían en común. Yo la dejé limpia y acabada en estos términos: ¿qué puedo hacer para que suceda algo sin que nada suceda?, y Lisa la dio por lista y terminada en estos otros: ¿qué puedo dejar de hacer para evitar que de nuevo suceda algo sin que nada suceda? Matemáticas del desaliento, ecuaciones del cansancio, utopías boomerang lanzadas sin la debida protección; y es que un mal día dejamos de buscar la felicidad y cometimos el vulgar error de instalarnos en ella.
Abandonamos nuestro ruidoso y contracturado pisito de la calle Comercio, número tres, segundo derecha, buscando el abrazo respuesta de la más hermosa e indiferente de las madres. Luego, y a pesar de que no hay constancia de lo sucedido, es más que probable que la naturaleza hiciera lo que siempre suele hacer en estos casos: ignorarnos. A la nieve y a los caracoles, a la menta y a los atardeceres, les importaba un bledo que nos hubiéramos instalado allí. Con el paso del tiempo, los caracoles y la menta no cambiaron un ápice su actitud, y en lo que se refiere a la nieve y a los atardeceres, pues a decir verdad, tampoco. Ilusionados y eficazmente innecesarios, nos pusimos a darle forma a nuestro futuro, pero la falta de costumbre y el material tan inestable del que suele estar configurado este, hicieron casi irreconocible el objeto resultante de nuestro empeño.
Después de esa noche esquina vinieron algunas más, no muchas, pero en la superficie que ocuparon todas ellas siguió sin suceder absolutamente nada. Una mañana, aún con la nieve dormida y el frío buscando en vano cobijo de sí mismo, el gallo sólo cantó para mí y para las siete incondicionales gallinas que le hacían compañía. Un lacónico, y tal vez excesivamente escueto, "lo siento" escrito en el reverso de un comprobante de pago de su tarjeta de crédito y sujetado a la puerta de la nevera con un imán en forma de vaca lechera, y un café con leche frío al que sólo le faltaba un sorbo, fue todo lo que dio de sí la despedida.
Lo que pasó entre él y yo, entre nosotros, hace ya tanto tiempo que mas bien parece un relato escrito por un autor del que no recuerdo el nombre y que algunas noches me da por releer. Ahora vivo en el número veintidós, tercero primera, de la calle Arrabal y a veces, mientras alguien duerme a mi lado, me levanto y telefoneo a Ernesto sólo para oírle decir que por allí, desde que me fui, todo sigue igual, y que prueba de ello es que la semana pasada un par de conejos se suicidaron con una sobredosis de aburrimiento; y yo lloro, y rio, y de buena gana, si no fuera porque nunca me gustó ver dos veces la misma película, cogería y me iría al campo con Ernesto, que aunque parece feliz no lo es, ni puñetera falta que le hace.

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