Yo pensaba que era imposible que el sol se detuviera y no se hiciese de noche. No es que lo piense: sé que eso es imposible. El Sol no puede pararse porque ya está quieto, nos movemos nosotros, la Tierra gira alrededor del Sol y de su propio eje. Y nadie se imagina qué clase de fuerza podría detener a esta enorme bola de billar.
Bueno, nadie, nadie, no. Mi becario William, Testigo de Jehová, lo tiene muy claro. Ya lo hizo Yahvé una vez para ayudar a Josué a derrotar a los cinco reyes amorreos, y puede repetirlo cuantas veces quiera. Es lo que tiene ser Dios.
Nunca he entendido
qué hace un Testigo de Jehová en la Universidad. Es como poner un puesto de
torreznos en una escuela coránica: está totalmente fuera de lugar. Él se defiende echándome en cara los abundantes dogmas del universo católico: la Santísima Trinidad, la Inmaculada Concepción o el misterio de la
transustanciación. Se equivoca de estrategia y de oponente: eso tampoco lo entiendo.
Ni lo entiendo ni me importa.
Hasta hace dos días.
No es que haya tenido una revelación divina, que se me haya
aparecido un arcángel o una paloma blanca cagando sus dones espirituales como quien
tira caramelos a la salida de un bautizo. Tampoco me he caído de ningún
caballo camino de Damasco. Pero es que tengo que reconocer que el Sol se ha
parado, quiero decir, que la Tierra se ha detenido. Y ahí tenemos al Sol completamente quieto en el sitio en el que sólo debería estar a las 6 de la tarde.
Menos mal que mi piso no está orientado a Poniente.
A eso de las 10 de la mañana de anteayer se notó un temblor. Ni siquiera
un temblor, una especie de rumor. Una pequeña oscilación, casi imperceptible. Y la marea fue un poco más intensa que de costumbre. Y el viento de Levante un poco más fuerte. No es que yo
lo haya visto, estaba trabajando. Lo dijeron en las noticias. Y ya hay miles de
videos en Youtube. A las 10, los sismógrafos detectaron una leve desaceleración
de la velocidad de rotación. Duró 16 horas: despacito, despacito, sin que se notase apenas, la trayectoria del Sol sobre nuestro cielo se hizo más y más lenta hasta pararse del todo en la posición de las 6 de la tarde, las 5 en Canarias.
Y ahora siempre es por la tarde. En América es por la mañana. Y en toda Asia es de noche cerrada . Parece que la
trayectoria de la Tierra alrededor del Sol no se ha alterado. Eso quiere decir que tendremos
una puesta de sol una vez al año, y un amanecer 6 meses más tarde. Eso si Dios quiere, ya no estoy tan seguro de que esa sea una frase hecha.
He revisado toda clase de informes científicos y explicaciones serias sobre el asunto. Mala cosa, muy mala. Después de tres años seguidos de pandemias (¿os acordáis de cuando nos decían que tenían varias vacunas a punto?), nos llega esto. Noches de 6 meses y días de otro tanto. Según la latitud y la distancia al mar , días larguísimos abrasadores y noches árticas. Huracanes y tempestades apocalípticas en las zonas de transición.
Y se ha extinguido el campo magnético. Del todo: cero
teslas. Esto es, posiblemente, lo peor. No sólo porque se han acabado las brújulas y los navegadores
de Google Maps, menuda incomodidad. Y también las auroras boreales, tan bonitas, una pena. No, lo malo es que nos acercamos al fin del mundo en un plazo no muy largo. Los niveles de radiación solar han subido drásticamente,
ya no tenemos un escudo protector. Seis meses seguidos tostándonos con una lluvia imperceptible de partículas mutágenas y cancerígenas . Y el viento solar irá llevándose poco a poco la atmósfera. En unos años seremos
como Marte, un planeta muerto. Ahora mismo los científicos están calculando cuanto
tiempo nos queda.
Pero nuestros políticos lo tienen mucho más claro. A grandes males, grandes remedios.
Vamos a empezar por bautizar al fenómeno: cuando se pone nombre a una desgracia, la gente piensa que ya está medio controlada. Tiene que ser un nombre rotudo, indiscutible: (IJ) Incidente Josué, para eso están los antecedentes históricos. Y hay que buscar una explicación aceptable para la mayoría. La gente necesita certezas, nada de promesas científicas que luego no se cumplen. Es la voluntad de Dios. Y hay que joderse, perdón, quiero decir resignarse. Y si Dios lo quiere así, quizás es el momento de rectificar nuestra actitud soberbia. Hemos confiado demasiado en la técnica, en el progreso, en la ciencia y ¿por qué no decirlo? en la libertad y la democracia. Está claro que Dios nos manda un aviso serio y que debemos dar una respuesta adecuada. El tiempo de los expertos ha pasado, ya hemos visto para lo que han servido en las pandemias. Es la hora de los líderes.
De los
líderes espirituales.
Todo el mundo lo ha entendido a la primera. Y lo ha entendido
muy bien. Las iglesias están llenas, y las mezquitas y los salones del Reino.
Nuestro presidente Iglesias sigue el ejemplo del Presidente Vitalicio Trump y se va a reunir con la conferencia episcopal. Y
con el Dalai Lama, los imanes, obispos evangelistas, rabinos
y Testigos de Jehová. Con todos, que para eso somos progresistas. Y
entre todos buscaremos la mejor solución.
Esta mañana, o sea, esta tarde a las 8 de la mañana, he ido a trabajar con un sombrero de fieltro,
gafas protectoras y medio kilo de crema solar. No sé si será bastante
protección. William ha llegado en camiseta y sin gorra, confiando su salud al Altísimo. Cáncer de piel en tres meses, calculo. No le digo nada, sé que la fe
mueve montañas.
No está aterrado, sino francamente contento. Por fin Dios se ha manifestado. Por fin ha mostrado a todos los incrédulos pecadores su infinito poder. Ahora nos mostrará su infinita misericordia. Pero antes hay que repartir un poco de justicia, corregir a los soberbios, enseñarles el camino recto. Con serenidad pero con firmeza.
Entra en mi despacho sin llamar.
Profesor, estamos organizando un comité de renovación universitaria, para
adaptarnos a la nueva situación. Hay que renovar los temarios, métodos de enseñanza…
¿De eso no se ocupa la Junta de Facultad?, le interrumpo.
Me mira con la seguridad que proporciona jugar en el equipo de Dios y me contesta sonriente y cortés. Sí, ...no me ha dejado terminar, ...como siempre. Le decía que estamos renovando temarios, métodos de enseñanza… y al profesorado. Las nuevas generaciones deben recibir la información correcta de las personas adecuadas. Así lo ha acordado el gobierno con el Consejo Religioso Universal. Para seguir ejerciendo de profesor se necesitará un certificado de aptitud espiritual avalado por alguna Confesión Religiosa. ¿Usted ya tiene su certificado de aptitud? ¿Cree que podrá conseguirlo?
Mira a la puerta abierta del despacho. Fuera hay un grupo de jenízaros de credos variopintos, esperando intervenir en caso de necesidad. No voy a darles
ese gusto.
Mientras recojo mis cosas no puedo evitar una pequeña
venganza. Me imagino que no valdrá una catequesis pastafari, ¿verdad? Participé
en un grupo pastafari cuando tenía tu edad. Comíamos espaguetis, fumábamos porros y montábamos unas orgías estupendas. Con motivación espiritual, se entiende. Seguro que ahí me hacen un certificado de aptitud. Creo que yo era especialmente apto.
El patán no entiende la ironía, la palabra orgía ha disparado sus alarmas antipecado. El chip de control parental que le implantaron en el cerebro parece funcionar bien. Por un momento pienso que me he pasado y que
los otros apóstoles van a lapidarme a la salida, pero prefiere tratarme con desprecio condescendiente y no dice nada. Son tan tontos que hasta es posible que un
certificado así me valiese. Los caminos del Señor son inescrutables.
Me voy a casa más tranquilo de lo que pensaba. Menuda paradoja, ahora que tenemos luz permanente entramos en la oscuridad más tenebrosa. Total, para lo que nos queda, creo que voy a liarme la manta a la cabeza y pasar este tiempo lo mejor que pueda. Voy a llamar a Marta, a ver qué se cuenta. Impía y pecadora, seguro que también la han mandado a casa. Ya se nos ocurrirá algo.
Y menudo
pedazo de idiota este doctorando. Vaya bodrio de tesis que estaba haciendo; que se la dirija el obispo, seguro que le irá mejor. Sonrío al recordar su ridículo nombre
compuesto. Todos le llaman William, pero su nombre completo es William Josué.
William Josué Martínez.
Maldito Josué.
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