Era extraordinario. Martín había vuelto a recuperar por primera vez en varios meses un sentido que hasta aquel día que entró en el quirófano creía extinto. Por fin podía descansar. El doctor Pitanguy había hecho un buen trabajo y lo que era aún mejor: un trabajo reversible a voluntad propia: una cremallera en los ojos. ¿Quién iba a decirlo? Ahora podía poner fin a aquellos días interminables; desconectarse a voluntad de su vida, de su trabajo, de su familia y porque no decirlo, también de si mismo.
El efecto invernadero disolvió los polos alterando el eje de la Tierra. La gran peonza quedó en equilibrio estático, como una bailarina a la que se le acaba la cuerda y deja de girar sobre si misma. La parte no expuesta al Sol se sumió en una oscuridad permanente. Sin luz, la vida no es posible y las sombras, como en los cuentos, convirtieron en hielo y muerte el reverso de una Tierra que parecía plana. En su anverso no hubo ya más noche. Solo sol. Un sol cálido, un exceso de oxígeno y una vegetación desordenada. El Gobierno fomentó la contaminación a base de combustibles fósiles, había que producir el CO2, suficiente para que la vida pudiera continuar. Una fábrica por cada cien mil árboles; ese era el equilibrio. Trabajo y más trabajo para una población menguada. Polución y humo, contrapunto mortal que generaba vida. Ese fue el final de las energías alternativas. ¿Quién necesitaba calentarse en un verano constante? ¿Quién querría encender una bombilla en un día eterno?
- ¿Papi, porqué no vamos a jugar al parque? preguntó Carlitos.
- Cariño, son las tres de la mañana. Tienes que descansar y papá y mamá también. Llevamos todo el día trabajando…
Martín, sabía cómo iba a continuar la conversación:
- ¡Pero si aún no es de noche! ¡Los demás niños están jugando!
- Los demás que hagan lo que quieran pero nosotros debemos descansar. Carlitos le dio la espalda en la cama y ocultó su cabeza bajo la almohada en señal de protesta. Martín cerró del todo la persiana evitando el paso de la luz y se fue a acostar a su habitación. Cristina le esperaba destapada.
- ¿No puedes dormir?, le preguntó Martín.
- No puedo. Estoy empapada y esa maldita luz no me deja pegar ojo. La mesilla de noche amenazaba desbordarse: Orfidal, melatonina, una taza con media tisana aún humeante, un antifaz, tapones, varillas de incienso y buda en miniatura, un rosario y un ejemplar del Ulises de Joyce.
- ¿Y no sería mejor que cerraras la persiana del todo?
- Sabes que no puedo dormir totalmente a oscuras. Me agobia. ¡Ven, abrázame! le susurró mientras se quitaba un camisón pegado por la humedad al cuerpo. En la penumbra de la habitación se dibujó en blanco sobre su piel tostada la tentadora marca del bikini. Aquel negativo de lo erógeno catapultó la sexualidad de Martín, como en un adolescente que por primera vez observa a hurtadillas la desnudez de una mujer. Para Cristina aquello tenía más de tratamiento contra el insomnio. El móvil sonó.
- ¿Otro mensajito?, protestó ella.
- Es mi jefe…Tengo que cogerlo, se excusó Martín mientras se trastabillaba al ponerse los calzoncillos. Salió a la terraza. El sol le quemaba las pupilas. Su jefe escupió por el aparato una retahíla de órdenes diversas que Martín apenas tuvo tiempo de asimilar…¿Entonces tengo que ir para allá?¿Ahora? Aún es de noche…quiero decir de día, pero debería ser de noche.
- Lo siento cariño, me tengo que ir. La máquina ha vuelto a pararse . Martín se acerco para darle un beso en los labios y de inmediato sintió la lengua de ella fluir dentro de su boca. En apenas unos segundos tenía otra vez los calzoncillos enrollados en uno de los tobillos. Notó las ligeras contracciones del orgasmo de…. Cristina.
- Cariño me das calor, dijo esta bostezando. Una vez más Martín no pudo seguir. Se sintió como la mitad de una pastilla que se abandona en el blister cuando uno es incapaz de tomársela entera. Se puso de nuevo los calzoncillos
- Prepararé un café mientras te duchas, ¿ó prefieres un té?, dijo Cristina.
- Un café basta, ¿Y tú no vas a intentar dormir un poco?
- ¿Pero no has visto el día que hace? Es la mejor hora para ir a la playa; no habrá casi gente. Y no te preocupes por Carlitos; cojo el despertador por si acaso me duermo. No me gustaría que entrara tarde al Colegio.
Martín paró su Citröen 2cv frente al semáforo en rojo -el gobierno daba ayudas por utilizar coches contaminantes-. Hacía apenas un año, en ese mismo lugar y a esa misma hora, tuvo que llevar a su padre a urgencias. Silencio y oscuridad en una ciudad vacía en esa especie de duermevela -nebulosa de realidad- que te rodea cuando interrumpes de golpe un sueño profundo. El rostro anguloso y cerúleo de papá, como un busto de César. La cama articulada. El gotero inacabable. La respiración entrecortada. Los ojos abiertos, sin mirada. Descanso. Paz eterna… Por un momento, sintió envidia de la muerte.
El semáforo cambió a verde. La luminosa noche estaba poblada de zombies obsesionados con apurar un día interminable: abuelos en los bancos, jóvenes en pantalón corto y zapatillas limando las aceras con sus monopatines, ejecutivos entrando y saliendo del trabajo y tiendas abiertas. Un exceso de oxígeno; un chute de endorfinas producidas por la constante exposición al sol, cafeína y teína -“¡Red Bull te da aaaaalas!”-, trabajo y más trabajo, dinero y más dinero, casa en la ciudad, casa en el campo, casa en la playa, casa en la montaña, casa dentro de casa, casa de arriba y casa abajo, edificio entero, empujaban a una actividad frenética….y a un ruido inacabable de sirenas.
La ambulancia aparcó junto a él y varios sanitarios le adelantaron precipitadamente. Uno de ellos casi le tira al suelo. Martín no se atrevió a reprochárselo -nunca se sabe-.
Su jefe, camisa y pantalón sudados, se le acercó nervioso y le obligó a seguirle sujetándole del brazo.
-¡Menos mal que has venido! Es el tercero esta semana. Martín se zafó de aquellas garras que le arrastraban fábrica adentro y se detuvo un momento a contemplar la triste escena: en el suelo rodeado de monos color naranja, Felipe era un barullo de cables.
Su compañero de turno, apenas había cumplido los treinta años. Era un joven simpático, de esos con los que basta sólo una breve conversación para saber que siempre será tu amigo. Llevaba meses haciendo horas extra. Y por las noches, quiero decir por el día, pero por la noche, tocaba la guitarra eléctrica en un garito de la playa. Carpe diem, era su lema. Un lema sin contrapunto. Un lema suicida en un día sin noche.
- Un, dos, tres….¡Ya! Con cada descarga el cuerpo de Felipe se despegaba apenas unos milímetros del suelo y quedaba de nuevo exánime, con la misma laxitud que un filete en una plancha. Un, dos, tres… Martín se acercó. Aquella tez morena se había disuelto en dos enormes ojeras desparramadas sobre un rostro de aspecto fantasmal. Sus cuencas de eran ahora dos cráteres blanquecinos en cuyo interior reposaba un ojo amarillento. Dos huevos fritos. A Martín le dio una arcada.
- Nada que hacer, le dijo el sanitario. Cuando las ojeras llegan a los siete centímetros ya es demasiado tarde.
- Vamos, le interrumpió su jefe. Tú a lo tuyo. La máquina no puede pararse. Martín se palpó bajo los ojos intentando medir al tacto el tamaño de sus ojeras. ¿Un centímetro? ¿Dos?
Se cambió despacio. El de mantenimiento estaba vaciando la taquilla de su compañero. No era la primera vez que veía aquel ritual esa misma semana. El ruido de un papel al arrugarse llamó su atención.
- ¡Espera! interrumpió Martín cogiendo de la manga al operario. ¡Dame eso! Este dudó un momento - los enseres del amortizado debían depositarse en una bolsa negra y luego devolverlos a la familia, pero aquello no era más que un recorte de periódico-; así que alargó la mano y le dio el papel a Martín. Este fijó su mirada sobre uno de los anuncios que aparecía enmarcado con rotulador rojo:
“¿NO PUEDES DESCANSAR?
EN LA CLÍNICA “DOYOUWANTOSLEEP?”, VOLVERÁS A SOÑAR”.
Junto al texto, un dibujo en blanco y negro esbozado a plumilla de dos ojos cuyas pestañas habían sido sustituidas por los dientes de una cremallera y en cuyo lagrimal, reposaba como una lágrima misma, el tirador.
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