Rita oteaba el horizonte desde el Monte Comisión. Estaba orgullosa. Se sentía plena. Satisfecha. Al sur, las placas solares se multiplicaban más allá de donde le alcanzaba la vista; al este, los campos de golf teñían de verde la llanura, pero por lo que sentía verdadera predilección era por su Marina y su regata anual. Allí, en el puerto deportivo, estaba atracada la niña de sus ojos: la Bribona. Había ocasiones en las que le gustaba sacar a relucir su vanidad.
Era un día importante. Muy importante. Hoy, 19 de marzo, se celebraba el aniversario de la creación de Terra Mítica, la tierra prometida que había levantado con tanto sudor y adonde, con las mismas dosis de esfuerzo, había conducido a su pueblo. Pero este 19 de marzo era especial. El futuro de Terra Mítica estaba en juego.
Su mirada chispeaba siguiendo el ajetreo de los preparativos. El altar, los troncos de madera, la leña, el afilador... Chasqueó la lengua. Estaba inquieta. Su sexto sentido le decía que se estaba avecinando una desgracia. Eduardo advirtió su preocupación. Se entendían sin hablarse: “Rita, todo está controlado allí abajo. Francisco está al mando. Lo conseguiremos. Todo saldrá bien, estoy convencido. Venga, vamos a ir preparando la leña para el arroz” le dijo Eduardo mientras le pasaba una mano por el hombro y con la otra le servía un generoso vaso de J&B.
Brindaron. La sonrisa de Eduardo la tranquilizaba. Siempre supo mantener el buen humor, aún en los momentos más duros. Si no hubiera sido por él, Terra Mítica, tal y como existía ahora, no habría salido de los planos de Calatrava. Aunque habían tenido desencuentros importantes, le estaba agradecida. Ella, que siempre había sido más de cremaet que de smoothie, más de puro que de porro, más de destilería escocesa que de Red Bull, las rarezas new age de su amigo Eduardo nunca le habían convencido. Y, sin embargo, gracias a ellas pudieron hacer realidad lo que solo había sido una fantasía.
El ingreso de Eduardo en los “Adoradores del Sol” fue visto como una más de las numerosas excentricidades de las que hizo gala durante años.
Después de conseguir que le fabricaran a medida un solárium portátil y del tan ansiado diagnóstico de tanorexia, sus viajes a Sudamérica se hicieron cada vez más frecuentes. Recorrió todas las ceremonias de ayahuasca que se celebraban desde lo más alto de la Cordillera andina hasta lo más profundo del Amazonas como una groupie enloquecida. En una de ellas conoció a un tal Josué, un chamán del que se decía que podía controlar los elementos y las estaciones.
Le dio un sorbito al J&B y encendió el fuego para el sofrito. El olor de la cebolla dorándose le hizo revivir tiempos pasados, cuando Abascalia aún existía y la virilidad de Santiago estaba en su apogeo. Ya no quedaban hombres como él, hombres con un par de huevos bien puestos, sin miedo a llamar a las cosas por su nombre. Le echaba de menos. Tuvo que contener las lágrimas al recordar cómo se alejaba a lomos de Babieca, su miura, rumbo al exilio.
Guardaba un buen recuerdo de cómo empezó a forjarse su amistad. El proyecto político de Santiago casaba a la perfección con los planes empresariales de Terra Mítica. Las canteras de Abascalia se pusieron de inmediato a disposición del levantamiento de esta nueva tierra prometida, que preveía medio millar de viviendas con piscina y gimnasio y todos los servicios básicos para sus residentes: casinos, prostíbulos, puerto, pistas de Fórmula 1, campos de golf, hipódromo y el Museo de la Prevaricación, que quedó inacabado por el precoz agotamiento de las canteras.
Santiago quería una patria blanca y reluciente y, para conseguirlo, lo primero que quiso fue vaciarla de escoria. Dio comienzo así la Operación Pantone #000c. Más inteligente que los Reyes Católicos, en vez de expulsar a moros, negros y panchitos, los puso a trabajar: había una ciudad que construir. Cuánto se había divertido viéndolos doblar el espinazo bajo el sol. El contraste entre la piedra blanca y las pieles negras se la ponía dura.
Se sometió a toda la población a análisis de pureza de sangre y a oposiciones de bailes regionales. A quienes los superaron, se les otorgó la certificación D.O.A (Denominación de Origen Abascalia), establecida de acuerdo con criterios estrictamente científicos; a quienes no, se les envió a las canteras. Paralelamente, se creó un mercado negro de todo tipo de blanqueantes y la multinacional Tippex empezó a cotizar en el IBEX.
El agotamiento de las canteras puso a Abascalia al borde de la quiebra, pero no disminuyó la ambición de Santiago porque fuera la nación más blanca y reluciente. Las mujeres D.O.A, cada vez con menos nutrientes a su disposición, ya que toda la tierra fértil había sido consagrada a las canteras, eran incapaces de concebir pequeños abascalios y la hemofilia estaba diezmando a la ya escasa población D.O.A. No quedó otra opción que mejorar la raza repoblando con teutones y, en algún caso, con sajones, pero en el estado de profunda desolación en el que Abascalia se encontraba, las negociaciones para convencerlos no estaban siendo tan fáciles como había supuesto.
Santiago nos convocó en su coto de caza para hacer un brainstorming. Fue entonces cuando Eduardo tuvo la gran idea: “Necesitamos sol y lo necesitamos 24 horas al día, 365 días al año. Eso es lo único que los podrá convencer”. A Santiago le encantó: “Un Imperio, chavales. Claro, joder. Un Imperio donde nunca se ponga el sol. Eso es lo que necesita Abascalia”. “Josué lo puede hacer sin problemas. Y luego, este va a ser el plan: cogemos el terreno de las antiguas canteras y lo petamos con placas solares a cholón. Ahí, todo el día funcionando a tope, dando bien, bien de energía. Para ti y para nosotros, claro. Y, Santiago, a ver si se te ocurre qué podemos hacer con esos pieles oscuras que han sobrevivido”. “Eduardito, me ofendes, hombre. Pues ¿qué vamos a hacer? Ponerles a currar de camareros y friegaplatos para los nuevos colonos”.
Cerramos el trato. Había mucha pasta en juego y gracias a esta nueva gesta, quizá no solo se podría terminar el Museo de la Prevaricación, sino quizá construir otra ciudad más grande aún… Ay, cuántos proyectos bullían sin cesar en su cabeza…
Así fue cómo Josué entró en las vidas de todos y en el reparto de beneficios de Terra Mítica. Heredero de una legendaria estirpe de chamanes, era también el cerebro en la sombra de Caloret S.A., un complejo entramado empresarial que, si bien se había especializado en sostenibilidad climática para algunos gobiernos progres, también hacía algún trabajito bajo cuerda, principalmente eclipses y grandes catástrofes.
Josué fijó la fecha de la Ceremonia de Insolación para el 19 de marzo. Basó sus cálculos en el calendario de una antigua civilización levantina, la cual, según lo que se pudo saber por los escasos restos arqueológicos, celebraba un extraño ritual los días cercanos al comienzo de la primavera. Este ritual, muy arraigado entre la población, consistía en encender cientos de piras donde quemaban figuras gigantescas de aspecto humano. Parecía que era una forma de purificarse y de alargar los días dándole, simbólicamente, más fuerza al sol.
Los ladridos de Saqueo y Blanqueo, los yorkshire de Francisco, la sacaron momentáneamente de su ensueño. Llegaban justo a tiempo. Era el momento de añadir el arroz, tarea que habitualmente llevaba a cabo la mano firme de Francisco, echándolo en cruz con gracia y precisión. Con una señal hizo entender que todo estaba preparado allá abajo.
Junto a él estaba Josué, a quien saludó con afecto. Entre las plumas de su chaleco, se dejaba entrever el recipiente para el sacrificio. Verlo aún le producía escalofríos.
-Mi querida Rita. ¿Cómo se encuentra? Noto cierta inquietud en su mirada. El sacrificio saldrá bien, como de costumbre. Los vientos son favorables. Confíe en mí. ¿O es que les he fallado alguna vez en todos estos años?
Era cierto. Nunca nos había fallado. La Insolación había sido todo un éxito, al igual que la instalación de los paneles, por los que, además, nos hizo un buen descuento. Los teutones y sajones estaban felices, hacíamos buena caja.
También había estado a nuestro lado en los momentos más duros, como cuando el comercio de ketamina y MDMA disminuyó hasta desaparecer -pues en una nación sin noche ya nadie necesitaba ponerse- y los inversores decidieron marcharse a otros mercados más viciosos; o cuando empezaron a aparecer los primeros casos de cáncer de piel entre los teutones y fueron muriendo lentamente. Caloret S.A. inyectó crédito a Abascalia, e incluso renegoció su deuda, pero no fue suficiente para Santiago.
Abascalia se tiñó de negro. Los pieles oscuras, los únicos que resistían las altas temperaturas, estaban invadiéndolo todo. Santiago, repugnado, no pudo soportarlo y, aunque tratamos de hacerle entrar en razón, marchó al exilio. Abascalia quedó así descabezada y fue despoblándose poco a poco.
-No, Josué, bonico. Nunca nos has fallado. Y claro que confío en ti, pero estas manchas en el brazo me preocupan. También me están empezando a salir en el cuello. Mira, acércate. Aquí ¿las ves? No sé si el brebaje y los injertos están perdiendo eficacia, si es la edad o si es que no bebo suficiente J&B, jajaja. Eduardo aún no tiene síntomas, pero Francisco ya tiene algunas en el empeine y las manos. Estoy asustada, Josué.
Francisco llevó la paella a la mesa y Eduardo vertía el vino en las copas. Los cuatro, ajenos a lo que se estaba fraguando en la ladera oriental del Monte Comisión, brindaron por el futuro. Mientras tanto, los Caminantes Negros, agazapados, esperaban la orden para el ataque.
-Tranquila. Eso no es nada, querida, una pequeña descamación. Hoy he traído un emplasto de calidad superior que os aplicaré en cuanto terminemos el sacrificio. Vamos a comer y a relajarnos un poco, ¿sí?
Aunque hacía lo posible por ocultarlo, la palabra “sacrificio” le revolvía el estómago. Gritó como una histérica la primera vez que Francisco, entre bromas, se lo explicó: “Mujer, si es como la morcilla. ¿No te comes también la morcilla que es sangre de cerdo? Pues esto es igual. Luego lo bajamos bien con unos gin tonics y a otra cosa”.
Beberse la sangre de los pieles oscuras fue una de las cosas más desagradables que había hecho en toda su carrera política, pero había funcionado.
Cuando las altas temperaturas comenzaron también a hacer mella en sus cuerpos, Josué preparó un brebaje para hacernos inmunes. Cada año, en el aniversario de la Insolación, un piel oscura era sacrificado y despellejado. Josué con su sangre y su piel preparaba el brebaje y los emplastos que aplicaba en nuestros cuerpos en una dolorosa ceremonia.
No tuvieron tiempo de reaccionar. Los Caminantes Negros se abalanzaron sobre ellos y rodearon la mesa antes de que hubieran terminado la paella. Su líder, Prometeo, apuntaba con un afilado puñal la yugular de Santiago que, amordazado y maniatado, los miraba aterrorizado. Francisco y Eduardo yacían degollados sobre las clótxinas; Josué se tropezó con las plumas de su chaleco y fue alcanzado por la espalda con una lanza envenenada.
Condujeron a Rita y a Santiago hasta la pira. Las llamas se elevaban infinitas, un humo cada vez más negro y espeso empezó a envolverlo todo hasta que cubrió completamente el cielo. La hoguera permaneció encendida durante días y días.
(Maura)
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