ECOSISTEMAS
Escribir sobre uno mismo es un poco incómodo. Yo por eso generalmente prefiero escribir sobre una mesa (Dalmiro Sáenz)
Mi mesa del despacho de casa es una mesa blanca de DM, de 120 x 80. Sirve para soportar un ordenador con pantalla blanca con su ratón y teclado, también blancos y con cables. Uso cables porque soy viejo y porque me pone histérico el coitus interruptus de quedarme sin pilas a mitad de una faena creativa. Y son blancos porque el papel es blanco y la tinta es negra. Este hecho tan evidente es ignorado por la empresa Logitech, que se empeña en castigarnos con esos horribles teclados negros con letras blancas. Algo anti ergonómico, conceptualmente absurdo y estéticamente imperdonable. Pero en mi mesa mando yo y, buscando, es posible conseguir el relajo de un teclado completamente blanco.
Sobre la mesa hay otros elementos, accesorios pero fundamentales. Un flexo de los de tubo flexible, recuerdo de mis años de estudiante, con su bombilla incandescente de luz azul. Unos altavoces Harman & Kardo, feos y caros, pero que se oyen realmente bien. Y todos esos nuevos artefactos que el teletrabajo ha instalado en nuestras vidas. A la parte superior de la pantalla le ha crecido una cámara para el chateo, y en el frontal me he puesto un micro de sobremesa. No tengo vocación de telefonista ni de radio operador (se me escucha, se me escucha), así que prefiero no usar auriculares. Y un teléfono fijo que siempre está desconectado, porque hoy tampoco estoy interesado en cambiar de compañía telefónica, probar ese sistema de agua envasada tan bueno ni hacerme un seguro de decesos. El conjunto lo remata un pequeño colibrí -con cuerpo de esmalte policromado y pico, alas y cola de plata- que compré en Ecuador y que siempre revolotea sobre el borde superior izquierdo de la pantalla. No tiene nada que ver con el teletrabajo, pero me recuerda que Quito es una ciudad preciosa, a la que pienso volver cuando lo normal deje de necesitar calificativos.
Por la pradera blanca de mi mesa pululan diferentes especies de objetos. Los instrumentos de escritura, que a veces duermen en cubiletes metálicos o en tazas con reconocimientos tontos o filosofía barata; cuántos años de amigo invisible. Y las inevitables grapadora, desgrapadora y taladradora de papel. Se usan poco y están tan pasadas de moda como una escribanía de cuero repujado, pero siguen por ahí como paquidermos moribundos que se dirigiesen a un cementerio de elefantes.
También pastoreo un rebaño de cachivaches tecnológicos cuya posesión, contemplación o tacto me producen un extraño placer, me relajan cuando estoy cansado o me distraen si me aburro. La rótula de cerámica de una prótesis de cadera. No te voy a contar de dónde ha salido, pero es un objeto prácticamente perfecto. Color de pedernal nacarado y superficies durísimas, pero tan pulidas que deslizan suavemente, con un rozamiento ínfimo de naturaleza casi sexual. Un cristal de bismuto de unos 5 cm de largo: un metal de aspecto alienígena con unos colores fascinantes y que no sirve para nada, lo que lo hace todavía más atractivo. Un frasco con bolitas de galio, otro metal curioso que sí se derrite en la mano, como Conguitos de azogue. Mi piedra celta: una especie de barquita, maciza y mágica, que sólo puede girar a la izquierda. Un pequeño giróscopo cuyas rotaciones, incomprensibles para un profano, me recuerdan que nada es evidente. Un reloj de arena lleno de limaduras de hierro, con imanes de neodimio brillantes y poderosos, capaces de deformar el tiempo. Mi motor Stirling, un prodigio termodinámico que funciona con el calor que desprende una simple taza de té. Y una gran bola de cristal, con un azul tan intenso que, al mirarla, me parece vaya a poder adivinar el futuro.
En los huertos de la mesa se cultivan papeles huérfanos, documentación bancaria, informes, circulares… que ya leeré mañana. Y, claro, tazas de café vacías de hace un rato, de ayer, o de anteayer, depende de la última vez que me hayan llamado la atención. Y muchos post-its pegados al azar, recordándome cosas que quiero olvidar: para eso las he escrito en unos trozos de papel tan irrelevantes.
Este el pequeño ecosistema de fetiches inútiles que mi mundo cotidiano ha criado durante años.O, a lo mejor, es al revés y son estos animalitos curiosos los que lo mantienen y alimentan.
Ya no estoy seguro de nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario