Paella, marmitako, olla gitana o podrida. Alquimias metálicas del guiso.
—¡Dos de caldero!
Ya viene humeando por la sala. Caldero negro, casi incandescente. Arroz de infierno. Fundido. Marrón glacé murciano. Lloro cuando reposas en mi plato y lloraré esta noche y lloraré mañana cuando seas tormenta en mis entrañas.
Célula blanquecina, átomo de cocina que tiene mil vestidos. Atragantado en
agua, bronceado de aceite y reposado en jugos.
Dulce papel estraza; momia nonagenaria expuesta al sol poniente, rojo
deconstruido.
· 1 cabeza de ajos.
Medicina de olor. Venida de Siberia escapada de un gulag. Abrigada de
capas, escondes la blanca desnudez de una novicia. Cocaína del pobre y
aflicción del rico.
Corazón de pepitas, sangre de la verdura. Quejido en el aceite, cadáver en
sofrito.
Madrugado en un barco.
Entre un vapor de redes, eres fumet de espinas-espíritus
marinos que nadan en un barrizal de sal y especias-.
Y te llevo a mi boca
pegado a la cuchara, transformado lo cóncavo en convexo. Unicidad de
granos soldados en una bola espesa. Sin masticar discurres, sin respirar te
siento con un ligero picor en las papilas. Y una tras otra -orgía de cucharas-
contracciones y flujos te reclaman en el pozo sin fondo de mi ombligo.
Senderos de azafrán
quedaron en el plato, restos de mil cadáveres, arrojados, sin responso alguno,
a la tremenda panza.
Me derrota la gula, me invade la lujuria, la pereza me grita:
“Acho” ¡Toy perdío!

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